El grito desgarró el silencio del mediodía como cuchillo en carne viva. No

era un grito cualquiera, era el aullido de dolor de una madre mientras el acero frío de los alicates mordía el nervio

expuesto de su tercer diente de oro. La sangre corría por su barbilla, manchando

el vestido negro de viuda, que llevaba desde que los federales le volaron la

cabeza a su marido 6 meses atrás. Sus tres hijos, Joaquín de 12 años,

Carmelita de 9 y el pequeño Miguel de apenas seis estaban amarrados con mecate

grueso en el rincón de la casa de Adobe, forzados a presenciar como el delegado municipal Esteban Villagrán arrancaba

los dientes de su madre uno por uno. Para que aprendas, [ __ ] India, que en

este pueblo nadie le dice que no al gobierno. Escupió Villagrán mientras

sacudía los alicates ensangrentados y examinaba el diente de oro con la codicia brillando en sus ojos de cerdo.

Era abril de 1916 en el pueblo de San José del Progreso,

Chihuahua. Y lo que este hijo de perra no sabía, lo que su arrogancia de

funcionario corrupto no le permitía imaginar, es que ese crimen imperdonable

iba a sellar su destino de la forma más brutal que el norte de México jamás

había presenciado. Déjame pintarte la imagen completa de

este demonio con traje de autoridad. Esteban Villagrán tenía 42 años y el

cuerpo hinchado de quien roba comida del pueblo para engordar mientras niños pasan hambre. Su bigote grasiento estaba

siempre torcido hacia abajo, como si el asco le viviera permanentemente en la

cara. Ojos pequeños, hundidos, del color del lodo podrido.

Usaba sombrero de fieltro caro que no se ganó con trabajo honesto, sino robando

impuestos inventados a viudas y campesinos. Sus manos, esas manos malditas, eran

gordas, con anillos de oro en cada dedo. Anillos que también habían sido

recaudados de familias desesperadas. Vestía traje gris. que apestaba a sudor

rancio mezclado con whisky barato, y cuando sonreía, lo cual hacía cada vez

que causaba sufrimiento, mostraba dientes amarillentos y separados con

restos de tabaco atorados entre ellos. Este cabrón había llegado al pueblo dos

años antes con credencial del gobierno carrancista y se había autoproclamado

delegado de Hacienda y Justicia Municipal. Justicia. Qué palabra más

profanada en su boca podrida. Su trabajo supuestamente era recaudar impuestos

para la causa revolucionaria, pero todos sabían que la mitad de ese dinero

terminaba en sus bolsillos y la otra mitad la compartía con el coronel federal Servando Uribe, su cómplice en

la explotación del pueblo. Escúchame bien, compadre. Dale like a este video

ahora mismo si quieres conocer cómo Pancho Villa y sus dorados cobraron esta

deuda con sangre. Suscríbete al canal porque aquí no contamos cuentos,

contamos verdades de cuando México tenía hombres de honor y comenta desde qué

ciudad nos estás viendo para saber dónde están los que todavía valoran la

justicia verdadera. Villagrán había convertido San José del

Progreso en su reino personal del terror. Inventaba impuestos por el

burro, por el arado, por el pozo de agua, por respirar el maldito aire del

desierto. Las familias que no podían pagar eran desalojadas. Los hombres que

protestaban amanecían colgados del mesquite con letreros que decían enemigo

de la revolución. Las mujeres jóvenes que llamaban su atención desaparecían por días en la

casona que había confiscado como oficina gubernamental y regresaban destrozadas

con miradas vacías y almas rotas. Pero lo que le hizo a María Contreras ese día

de abril superó toda su crueldad anterior. María era viuda desde noviembre de 1915

cuando su esposo Tomás, ranchero honrado y trabajador incansable, fue fusilado

por federales bajo acusación falsa de ayudar a villistas. La verdad era más simple y más cruel.

Tomás se había negado a vender sus tres yuntas de bueyes al coronel Uribe por un

precio de robo. Por esa osadía lo mataron. María quedó sola con tres

niños, un rancho pequeño que apenas daba para sobrevivir y los cinco dientes de

oro que su difunto esposo le había mandado hacer cuando tuvieron años buenos como símbolo de amor y

prosperidad. Esos dientes de oro eran todo lo que le quedaba de valor, eran su seguro para el

futuro, su plan de emergencia, la herencia que pensaba dejar a sus hijos.

Pero más que eso, mucho más que eso, eran el último pedazo de dignidad y del

amor de un hombre bueno que ya no estaba. Villagrán los había visto brillar en la

boca de María tres semanas atrás, cuando ella fue a suplicarle una prórroga para

pagar el impuesto extraordinario por viudez que el hijo de perra había

inventado específicamente para joderla. 50 pesos de oro, una fortuna imposible

para una viuda con tres bocas que alimentar. María ofreció pagar en plazos. Ofreció trabajar limpiando la

oficina. ofreció todo, excepto lo único que Villagrán quería, los dientes. “Esos

dientes valen más que tu [ __ ] ranchito completo”, le dijo con sonrisa de

tiburón. “Tú decides, viudita. O me los das por las buenas o te los quito por

las malas.” María intentó resistir. Vendió sus dos gallinas, vendió la silla

de montar de su difunto marido, pidió prestado a vecinos que tampoco tenían

nada. Juntó 23 pesos en tres semanas de sacrificio brutal, pero no era

suficiente. Nunca iba a ser suficiente porque Villagrán no quería el dinero.

Quería humillarla, romperla, demostrar su poder absoluto sobre los indefensos.