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En Siderry Rry, un pequeño pueblo fronterizo de Montana en 1873,

todos parecían tener una opinión sobre Marta Sulyan, no importaba cuánto trabajara y lo

indispensable que fuera su tienda general para la comunidad, las burlas sobre su apariencia siempre iban por

delante de cualquier reconocimiento a su esfuerzo. Desde niña había escuchado la misma

frase cruel. Nadie la querrá nunca. Y aunque con los años aprendió a moverse

con dignidad, esas palabras nunca dejaron de acompañarla. Marta tenía 28 años y vivía

prácticamente sola, rodeada de estantes repletos de harina, granos de café,

jabón casero y rollos de tela. Su tienda era su refugio, pero también

la prisión, donde día tras día enfrentaba miradas de desprecio o sonrisas fingidas.

Había convertido el orden y la eficiencia en un escudo contra la crueldad, cada frasco colocado con

precisión, cada rollo de tela medido al milímetro. Para ella, mantenerlo todo impecable era

más que un hábito, era una forma de resistir. Siderry había crecido rápido.

En apenas 10 años pasó de ser un campamento minero a un pueblo con iglesia, escuela y hasta un salón

comunitario. La civilización había traído cierta comodidad, pero también un nuevo tipo de

violencia, la del juicio constante. Si alguien no encajaba en lo que se

esperaba, la comunidad encontraba la manera de recordárselo. Y Marta, con su carácter reservado y su

cuerpo fuera de los estándares, se había convertido en el blanco más fácil.

Aún así, no todos compartían esa visión. Uno de los pocos que la trataba con

amabilidad era el Dr. Samuel Henly. Esa mañana entró a la tienda con el

sonido de la campana de la puerta, trayendo con él un aire de respeto poco común en el pueblo.

Mientras pedía café y unos dulces para los hijos de una familia enferma. Su mirada revelaba lo que muchos ignoraban,

que detrás de la coraza de Marta había una mujer fuerte, inteligente y compasiva.

Ella agradeció en silencio su gesto, aunque su corazón se resistía a creer que esas palabras amables pudieran ser

algo más que cortesía, estaba acostumbrada a protegerse, a no permitir que la esperanza la hiciera

vulnerable. Lo que Marta no podía imaginar era que a pocos kilómetros de allí un hombre se

preparaba para irrumpir en su vida y cambiarlo todo. Jacob Bear MC Kinnon, conocido

simplemente como Bear, encendía el fuego en su cabaña de montaña mientras empacaba pieles para vender.

Medía casi 2 m. Tenía las manos endurecidas por la caza y las cicatrices de un pasado de guerra que prefería no

recordar. Vivía aislado, visitando Sider Rí apenas unas cuantas veces al año y siempre con

la intención de volver cuanto antes a la soledad de los bosques. Ese día, sin embargo, el viaje sería

distinto. Lo que comenzó como una simple búsqueda de provisiones se transformaría en un

encuentro capaz de desafiarlas. reglas no escritas de todo un pueblo.

Porque cuando la mirada de Bear se cruzara con la de Marta, lo que él vería no sería lo que todos repetían.

Vería fortaleza, vería bondad, vería a la mujer que nadie más había

sabido reconocer. El Dr. Henley siempre había tenido un instinto especial para detectar el dolor

detrás de las sonrisas. Por eso, cuando vio a Marta evitar su mirada mientras le entregaba el paquete

de café, supo que algo no andaba bien. Pero como buen médico y mejor amigo,

eligió no presionar. Solo dejó caer una frase que resonó más de lo que ella estaba dispuesta a

admitir. “Marta, no olvides que tienes verdaderos aliados en este pueblo.”

Ella asintió con una sonrisa cortés. En su interior, sin embargo, una voz

insistente le recordaba que cada palabra amable podía ser efímera, que el juicio colectivo siempre pesaba más que el

apoyo de unos pocos. Aún así, cuando el doctor se marchó, se

permitió un instante de gratitud. Aunque viviera rodeada de chismes y desconfianza, no todo estaba perdido.

Mientras tanto, lejos del bullicio del pueblo, Bear terminaba sus preparativos en la cabaña.

Su vida estaba marcada por rutinas simples y necesarias: encender el fuego, revisar trampas, leer un pasaje de la

Biblia heredada de su madre. Esa disciplina era lo único que lo mantenía en paz.

Había servido 4 años en la guerra civil y lo que había visto allí lo convenció de que los hombres eran mucho más

crueles que cualquier oso o lobo de las montañas. Por eso eligió retirarse, cortar lazos

con un mundo que le parecía corrupto y entregarse a la soledad. Pero la soledad tiene un precio.

Y aunque Bear jamás lo admitiría en voz alta, a veces el silencio de la montaña se volvía insoportable.

preparó su caballo y cargó las pieles que servirían como moneda de cambio, café, harina, quizás un poco de tabaco,

si quedaban en la tienda de Suyiban, esos palitos de menta que recordaban la dulzura perdida de la infancia.

El sendero hacia Sidrill estaba cubierto de hojas doradas. Bearlo recorrió en silencio, observando

huellas en la tierra y ramas quebradas que revelaban el paso de ciervos. Era un

hombre atento, acostumbrado a leer señales, pero aquella mañana había algo más en el aire, una especie de

anticipación que no sabía explicar. Al llegar a la colina desde donde podía

ver el pueblo, se detuvo desde lo alto. Siderry parecía

tranquilo, humo en las chimeneas, niños corriendo entre las casas, gente ocupada en sus labores.

Pero Bear sabía que las apariencias engañaban. Los pueblos pequeños tenían la capacidad

de concentrar lo mejor y lo peor de las personas, y en demasiadas ocasiones lo peor era lo que predominaba.

Mientras acariciaba la cruz de madera que siempre llevaba en el bolsillo, respiró hondo y espoleó a su caballo

para descender hacia el pueblo. Su plan era simple, comerciar y marcharse antes del mediodía.

No tenía idea de que ese viaje marcaría el inicio de algo mucho más grande,

porque al igual que Marta en su tienda, él también estaba a punto de descubrir que el destino rara vez pide permiso

antes de alterar una vida. Esa misma tarde, en Siderry, el salón

comunitario hervía de murmullos. Era la reunión social del mes, uno de esos