El llanto de un bebé resonaba desde el fondo de un pozo oscuro mientras dos mujeres huían en la noche, dejando atrás

el crimen más despreciable que jamás había presenciado la hacienda Sanibáñez.

Pero para entender cómo se llegó a ese momento de horror, debemos regresar tres semanas atrás, cuando todo parecía

perfecto en aquella mansión de Guadalajara. La hacienda Sanibáñez se

alzaba majestuosa en las afueras de Guadalajara, Jalisco, como un palacio colonial rodeado de campos de agabe azul

que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Sus muros color terracota

brillaban bajo el sol mexicano y las fuentes de cantera rosa adornaban los

jardines donde crecían bugambilias de todos los colores. Era el símbolo del

éxito de don Ricardo Santibáñez, un hombre de 45 años que había convertido

una pequeña destilería heredada de su abuelo en el imperio tequilero más

grande de Jalisco. Ricardo caminaba por los pasillos de su mansión con paso

firme pero cansado. Su traje del himno blanco contrastaba con su cabello negro

apenas salpicado de canas. Era un hombre apuesto, de rasgos marcados y mirada

profunda, pero en sus ojos había una tristeza que ninguna fortuna podía borrar. Llevaba dos años sin su esposa

Elena, quien había perdido la vida en un terrible accidente automovilístico cuando regresaban de la Ciudad de

México. El dolor había sido devastador, pero lo que lo mantenía con vida era el

pequeño milagro que Elena le había dejado. Mateo, su hijo de 10 meses. El

bebé era la viva imagen de su madre. tenía los mismos ojos color miel, el mismo cabello castaño claro y esa

sonrisa que iluminaba cualquier habitación. Mateo era la razón por la que Ricardo se levantaba cada mañana,

por la que seguía luchando y por la que la mansión aún conservaba algo de calidez a pesar de la ausencia. Aquella

mañana de septiembre, Ricardo entró a la habitación del bebé y lo encontró despierto en su cuna, jugando con sus

pies y balbuceando alegremente. El millonario sonrió, una de esas raras

sonrisas genuinas que solo su hijo podía provocarle. “Buenos días, campeón”,

murmuró mientras lo levantaba en sus brazos. Mateo soltó una risita y extendió sus manitas hacia el rostro de

su padre. “Hoy es un día importante, ¿sabes? vienen las nuevas niñeras,

espero que sean mejores que las anteriores. En los últimos dos años, Ricardo había contratado y despedido a

seis niñeras diferentes. Algunas eran incompetentes, otras demasiado entrometidas, y una hasta había

intentado vender fotografías del bebé a las revistas de sociedad. La confianza se había convertido en un lujo que

Ricardo ya no podía permitirse con facilidad. Bajó las escaleras con Mateo

en brazos hacia el comedor, donde lo esperaba el desayuno preparado por doña Carmen, la cocinera que llevaba 20 años

trabajando para la familia. Era una mujer robusta de 60 años, de manos

expertas y corazón noble. Don Ricardo, que Dios lo bendiga. Saludó Carmen

mientras servía café de olla y pan dulce. Ya desayunó el niño aún no.

Carmen, ¿puedes preparar su papilla de manzana? Le encanta la tuya, por

supuesto, patrón. Y dígame, ¿es cierto que hoy llegan las nuevas niñeras?

Ricardo asintió mientras acomodaba a Mateo en su silla alta. Sí, vienen

recomendadas por la señora Gutiérrez, ya sabes, la presidenta del club social. Dice que son primas muy profesionales,

estudiaron en España y tienen excelentes referencias. Carmen frunció el ceño

ligeramente, ese gesto que siempre hacía cuando algo no le convencía del todo,

pero no dijo nada. No era su lugar cuestionar las decisiones del patrón. Mientras Ricardo alimentaba a Mateo, una

camioneta negra se detenía frente a la reja principal de la hacienda. De ella descendieron dos mujeres elegantemente

vestidas. La primera era Valeria Ochoa, de 32 años, alta y delgada, con cabello

negro lacio que le caía hasta la cintura y unos ojos verdes que sabían cautivar.

Llevaba un vestido entallado color beige y tacones que resonaban con autoridad sobre el empedrado. La segunda era su

prima Sofía Reyes, de 28 años, rubia teñida con mechas californianas, de

figura voluptuosa y labios siempre pintados de rojo intenso. Vestía un

conjunto de falda y blusa que resaltaba su figura y cargaba un bolso de diseñador que probablemente costaba más

que el salario mensual de las demás empleadas. Ambas sonrieron al ver la

magnificencia de la hacienda. No era admiración lo que brillaba en sus ojos,

sino codicia. “Mira esto, Sofí”, murmuró Valeria mientras esperaban que el guardia de seguridad les abriera. Es

mucho mejor de lo que imaginaba. Te lo dije, prima. Este tipo está podrido en

dinero. La señora Gutiérrez no exageró, respondió Sofía retocándose el lápiz

labial. y está viudo, guapo, solo. Esto va a ser más fácil de lo que pensábamos.

Recuerda el plan. Primero nos ganamos su confianza, luego la del bebé y finalmente Valeria hizo un gesto con los

dedos simulando contar billetes. Nos aseguramos de que parte de esa fortuna

termine en nuestras cuentas. El guardia don Martín, un hombre de 50 años de

complexión fuerte y bigote prominente, las escoltó hasta la entrada principal.

Las puertas de madera talladas se abrieron y las primas entraron al recibidor, quedando impresionadas por el

lujo que las rodeaba. Pisos de mármol, una escalera imperial con barandal de hierro forjado, cuadros de pintores

mexicanos reconocidos en las paredes y un enorme candil de cristal que colgaba

del techo de doble altura. Ricardo apareció con Mateo en brazos. El bebé

tenía restos de papilla en las mejillas y sonreía ajeno a todo. “Bienvenidas”,

dijo Ricardo con tono profesional. “Ustedes deben ser Valeria y Sofía.”

“Así es, señor Santibáñez”, respondió Valeria con una reverencia exagerada. “Es un honor estar aquí. Esta es mi

prima Sofía. Venimos muy recomendadas y estamos ansiosas por cuidar de su hermoso bebé.” Sofía se adelantó con los

brazos extendidos. Oh, pero qué niño más precioso. Puedo cargarlo Ricardo dudó un

momento, pero finalmente le entregó a Mateo. El bebé observó a la extraña con curiosidad, mientras Sofía lo mecía

exageradamente. Es un ángel, exclamó Sofía con voz melosa. Le prometo, señor Santibáñez,

que cuidaremos de él como si fuera nuestro propio hijo. Eso espero,

respondió Ricardo con seriedad. Mateo es lo más importante en mi vida. No toleraré negligencias ni errores. Las