Laimxta niñera renunció llorando en el vestíbulo de mármol y esta vez dejó algo

más que su carta de renuncia. Dejó al bebé solo en su cuna, gritando como si el mundo se acabara. Sofía Mendoza nunca

imaginó que su vida cambiaría el día que llegó a la imponente mansión de las lomas de Chapultepec, con su uniforme de

empleada doméstica recién planchado y sus manos temblorosas. Tenía 28 años, un

título de preparatoria y una necesidad desesperada de mantener a su abuela enferma en Guadalajara. El salario que

ofrecía el señor Sebastián Ruiz Castellanos era tres veces lo que ganaba limpiando oficinas, 15,000 pesos

mensuales, más alojamiento y comida. La reja eléctrica se abrió lentamente

mientras Sofía observaba los jardines perfectamente cuidados que se extendían como un campo de golf. Fuentes de

cantera, esculturas modernas y una entrada con columnas blancas que parecía sacada de una revista europea. El taxi

que la había traído desde la terminal de autobuses se veía diminuto y fuera de lugar en aquel entorno de lujo. Carmen,

la ama de llaves principal, una mujer de unos 50 años con el cabello recogido en un moño apretado, la recibió en la

puerta de servicio. Tú debes ser la nueva muchacha de Guadalajara”, dijo sin sonreír, evaluándola de pies a cabeza.

“Espero que dures más que las anteriores. Llevamos tres empleadas en dos meses. Haré mi mejor esfuerzo,

señora”, respondió Sofía, apretando su pequeña maleta. No me digas, señora. Soy

Carmen. Y otra cosa, aquí no te metas donde no te llaman. El señor Ruiz es un

hombre muy ocupado y muy privado. Haces tu trabajo, cobras tu quincena y mantienes la boca cerrada sobre lo que

veas o escuches. ¿Entendido? Sofía asintió, aunque una punzada de inquietud

comenzó a formarse en su estómago. La mansión era más grande por dentro de lo que parecía desde afuera.

Pasillos interminables con pisos de mármol italiano, obras de arte que probablemente costaban más que toda su

vida y una escalera central que parecía flotar en el aire. Carmen la guió

rápidamente hacia el ala de servicio, donde estaría su pequeña habitación, simple, limpia, con una cama individual,

un armario y un baño privado. Para Sofía, que había compartido un cuarto con su abuela y dos primas en

Guadalajara, aquello era un palacio. Empiezas mañana a las 6 de la mañana. Tu

trabajo es limpiar las habitaciones del segundo piso, la biblioteca y ayudar en la cocina cuando sea necesario, explicó

Carmen mientras dejaba un manual de normas sobre la cama. Ah, y mantente alejada del ala norte. Esas son las

habitaciones privadas del señor Ruiz y del bebé. ¿El bebé? Preguntó Sofía.

Carmen suspiró profundamente como si esa simple pregunta le causara un cansancio infinito. El pequeño Matías tiene 18

meses y es complicado. El Señor tiene una niñera especializada para él, pero

nunca duran mucho. No es asunto tuyo de todas formas. Esa noche, mientras Sofía

intentaba dormir en su nueva habitación, escuchó algo que le heló la sangre. Un llanto. No era un llanto normal de bebé.

Era un grito desgarrador, desesperado, que parecía venir desde algún lugar profundo del alma. Se prolongó por

horas, atravesando paredes y corredores hasta que finalmente cesó cerca de las 3

de la mañana. A la mañana siguiente, con ojeras decidida, Sofía comenzó su

rutina. La casa era una máquina bien engrada. El jardinero llegaba a las 5.

El chóer preparaba los autos a las 6. La cocinera empezaba el desayuno a las 6:30.

Todo funcionaba con precisión militar, excepto por un detalle, el constante cambio de niñeras. Van 16 en un año”, le

susurró remedios la cocinera. Una mujer regordeta y cálida de Oaxaca mientras

pelaba papas. 16 mi hijita y todas con certificados, diplomas, referencias de

familias importantes. Pero ese niño las vuelve locas. Llora día y noche, no come

bien, no duerme, rechaza el biberón, rechaza los brazos de cualquiera. ¿Pero

por qué? Preguntó Sofía genuinamente preocupada. Remedios bajó la voz aún

más. Su mamá murió cuando él tenía 6 meses. Parto complicado, infección, todo

muy rápido. El señor Sebastián se cerró como una ostra. Después de eso, se metió en su trabajo y básicamente le entregó

el niño a las niñeras. Pero Matías lo siente, ¿sabes? Los bebés sienten cuando

no hay amor verdadero. Sofía pasó toda esa semana cumpliendo sus tareas sin cruzarse con el dueño de la casa ni con

el bebé problemático. Limpiaba, organizaba, ayudaba donde era necesaria,

siempre discreta, siempre eficiente. Pero cada noche escuchaba esos llantos

que le partían el corazón. El viernes por la tarde todo cambió. Sofía estaba

limpiando la biblioteca del segundo piso cuando escuchó pasos apresurados y voces alteradas en el pasillo. Se asomó

discretamente y vio a una mujer joven con uniforme de niñera, el rostro manchado de lágrimas y rímel corrido,

prácticamente corriendo hacia las escaleras. No puedo más. Ese niño está

poseído o tiene algo mal en la cabeza. Me renuncia. Me voy hoy mismo gritaba la

mujer mientras Carmen intentaba calmarla. Señorita Patricia, por favor. El señor

Ruiz todavía está en su reunión de negocios. No puede irse así. Pues que busque a otra tonta que aguante esto.

Llevo dos semanas sin dormir. El maldito niño no para de llorar. Me ha vomitado encima cuatro veces y cuando intento

cargarlo me araña. Esto no vale ni 100,000 pesos al mes. La niñera bajó las

escaleras como un huracán y salió dando un portazo que resonó por toda la mansión. Carmen se quedó en el pasillo

con las manos en la cabeza, visiblemente desesperada. Entonces, desde el ala norte comenzó el

llanto. Ese llanto que Sofía ya conocía, pero esta vez sonaba diferente, más

desesperado, más solo, más roto. Carmen corrió hacia las habitaciones privadas y

Sofía, sin pensarlo dos veces, la siguió. Carmen, no puedes dejarlo solo,

gritó Sofía. No puedo cargarlo. Tengo que llamar al señor Ruiz, avisar a la agencia, conseguir una niñera de

emergencia. Sofía llegó a la puerta de la habitación infantil. Era hermosa.

Paredes pintadas con nubes y aviones. Una cuna de madera tallada que probablemente costaba más que un auto.

Juguetes educativos por todas partes, alfombra mullida. Pero en medio de toda

esa perfección material había un bebé diminuto de pie en su cuna. aferrándose

a los barrotes con la cara roja de tanto llorar. Mocos cayendo por su nariz