Hay líneas que los seres humanos no deberían cruzar. Algunas son legales,

algunas son morales y algunas son espirituales. Cirilo Montoya estaba a punto de cruzar

las tres en una sola noche y descubriría que cuando profanas lo sagrado, lo

sagrado responde de maneras que ningún hombre puede soportar. Cirilo tenía 37

años. No era criminal de carrera, no era hombre malvado por naturaleza, era

electricista, padre de dos hijos, esposo de Verenice, que lo amaba a pesar de sus

fallas, hombre que pagaba sus cuentas, que iba a trabajar, que vivía vida

honesta hasta que todo se derrumbó. El colapso comenzó 6 meses atrás. Despedido

de empresa donde había trabajado 12 años, reestructuración corporativa,

reducción de personal, palabras elegantes para ya no te necesitamos,

buscó trabajo, envió 100 currículos, asistió a 20 entrevistas, escuchó 50

variaciones de te llamaremos, que nunca se convirtieron en llamadas. Mientras

tanto, las deudas crecían. Hipoteca atrasada 3 meses, tarjetas de crédito al

máximo, préstamos de día de pago con intereses que parecían diseñados por el

mismo. Y lo peor, lo que realmente lo estaba destruyendo. Su

hija, lucero, de 9 años, necesitaba tratamiento médico para diabetes tipo 1,

insulina, tiras de prueba, visitas al endocrinólogo, gastos que nunca terminaban, que no

podía pagar, que significaban diferencia entre su hija viviendo saludablemente o

muriendo lentamente. Berenice trabajaba doble turno en restaurante. Llegaba a

casa a medianoche con pies sangrando, con espalda que no podía enderezarse completamente, con ojos que lloraban

cuando pensaba que nadie veía y cada día preguntaba lo mismo, “¿Conseguiste

trabajo?” Y cada día siíilo mentía, “Tengo entrevista mañana, se ve

prometedora.” Pero no había entrevistas, no había promesas, solo había desesperación

creciendo como tumor maligno en su pecho. Desesperación que lo hacía pensar

cosas que nunca había pensado, considerar acciones que nunca había

considerado, cruzar líneas que nunca había imaginado cruzar.

La idea llegó una noche mientras caminaba por el vecindario.

Había pasado frente a Iglesia de Santa Catalina 1 veces, pequeña, antigua,

hermosa en su simplicidad. Pero esa noche la vio diferente. No vio

lugar de adoración. Vio oportunidad, vio solución, vio dinero. Sabía que

iglesias pequeñas guardaban donaciones en cajas fuertes. Sabía que padre Anselmo era anciano de 80 años que vivía

solo en casa parroquial. Sabía que el sistema de seguridad era básico, alarma

simple que podía desactivarse si sabías dónde cortar cables. Y Cirilo sabía, era

electricista, entendía sistemas, podía entrar, podía tomar lo que necesitaba, podía salir.

Nadie se lastimaría. solo tomaría dinero que iglesia usaba para quien sabe qué, dinero que él

necesitaba más para su hija, para su familia, para sobrevivir. Esa

racionalización es peligrosa porque una vez que justificas primera inmoralidad, segunda

es más fácil, tercera casi natural y pronto estás planeando robar casa de

Dios sin sentir ni pisca de remordimiento. O al menos eso es lo que Cirilo se decía

a sí mismo. Pasó dos semanas observando, aprendiendo patrones. Padre Anselmo se

iba a dormir a las 9 pm. Luces se apagaban. Vecindario quedaba silencioso.

Patrulla de policía pasaba cada 2 horas. Ventana de oportunidad de hora y 45

minutos más que suficiente. La noche del 18 de marzo, Cirilo se preparó. Vistió

ropa oscura, guantes, linterna, herramientas para cortar cables de

alarma. mochila grande para cargar dinero. Se miró en espejo antes de

salir. Vio extraño. Vio hombre que no reconocía, vio criminal.

¿A dónde vas?, preguntó Verenice desde sala donde remendaba ropa de niños.

Ah, caminar. Necesito pensar, mintió.

Verís lo miró con ojos que veían más de lo que él quería revelar.

Cirilo, sea lo que estés considerando. No lo hagas. Encontraremos otra manera.

No hay otra manera. Respondió con voz más dura de lo que pretendía. Llevo se

meses buscando. No hay trabajo, no hay dinero y Lucero necesita su insulina la

próxima semana. ¿De dónde va a salir? No lo sé, susurró Verenice. Pero robar

no es respuesta. No dije que iba a robar. No tuviste que decirlo. Veo en tus ojos.

Por favor, Cirilo, no cruces esa línea. Una vez que lo hagas, nunca serás el

mismo. Pero Cirilo ya había decidido. Salió sin mirar atrás, sin despedirse de

lucero, que dormía en cuarto con monitor de glucosa parpadeando en la oscuridad,

sin besar a su hijo Matías de 6 años, que todavía creía que su papá era héroe.

Llegó a la iglesia a las 11:15 pm, calle desierta, negocios cerrados, silencio

pesado de ciudad dormida. Rodeó edificio hasta panel de control de alarma. Abrió

caja con herramienta que había traído. Cortó cables correctos. Alarma murió con

pitido final. Demasiado fácil. probó puerta lateral cerrada obviamente, pero

ventana de sacristía tenía cerradura vieja, 5co minutos con ganszúa

improvisada y estaba dentro. Su corazón latía tan fuerte que estaba seguro de

que alguien lo escucharía. Pero no había nadie, solo silencio sagrado de templo

vacío. Encendió linterna. El as de luz cortó oscuridad, revelando interior

familiar. Había estado aquí antes, años atrás, cuando Verenice insistió en ir a