Se hizo justicia. Cuando el capitán federal arrastró a la

viuda por la plaza, nadie imaginó que ella encendería el fuego que Villa
vendría a proteger. Bienvenido al canal Cuentos de Villa. Dinos desde dónde nos
estás escuchando, compadre. Déjanos tu like y agárrate, porque lo que viene te
va a herizar hasta los huesos. No todos creen, pero en Parral se cuenta
que hubo un tiempo en que una mujer arrastrada por la plaza, como si fuera nada, le devolvió al mundo el peso de su
nombre. Dicen que allí nació la frase murmurada de cantina en cantina. La
viuda humillada se vengó del federal. Villa llegó y observó en silencio. Todo
comenzó cuando el capitán federal Rangel tomó la ciudad como si fuera su hacienda particular. llegó con órdenes de limpiar
la región de simpatizantes de Pancho Villa y cualquier campesino que respirara diferente ya era sospechoso.
Rangel no era de esos oficiales que se conforman con cumplir órdenes. Era un
hombre delgado, de bigote recortado y ojos que parecían medir el valor de las personas, como quien pesa monedas
falsas. Vestía uniforme impecable, incluso bajo el sol, que derretía el
polvo de las calles, y caminaba erguido con esa arrogancia de quien cree que el
mundo le debe reverencias. Los primeros días fueron de pura intimidación. Llegó
con 50 hombres armados, todos fogueados en combates contra zapatistas y
carrancistas. instaló su cuartel en la casa más grande de la plaza, una
construcción de adobe que había pertenecido a un comerciante de ganado.
Desde el balcón, Rangel observaba el ir y venir de la gente, anotando nombres,
marcando rostros. Mandó colocar carteles en las esquinas. Cualquiera que ocultara
rebeldes sería tratado como enemigo de la patria. La palabra patria en su boca
sonaba a látigo. Tomás Belarde era pequeño propietario de Milpa, un hombre
callado que trabajaba de sol a sol para mantener a su familia. Tenía manos
gruesas de tanto agarrar a Sadón y un modo de hablar pausado que inspiraba confianza. Por eso, cuando un mensajero
villista llegó tocando a su puerta una noche de lluvia, empapado y tiritando,
Tomás no dudó en dejarlo entrar. Le dio ropa seca, un plato de frijoles
calientes y un rincón donde dormir. Al amanecer, el hombre se fue sin dejar más
rastro que un Dios se lo pague, don Tomás, murmurado con gratitud. Pero en
Parral las paredes tienen oídos y el miedo afloja lenguas. Alguien vio la
sombra del jinete llegar. Otro notó la luz encendida más tarde de lo normal. En
menos de una semana, Rangel tenía el nombre de Tomás en su lista. no mandó
llamarlo en privado. Eso hubiera sido demasiado simple, demasiado limpio. El
capitán federal necesitaba ejemplos públicos, espectáculos que grabaran en
la memoria colectiva el precio de la desobediencia. Una mañana de sol
inclemente, cuando la plaza se llenaba de vendedoras de tortillas y niños
descalzos, los soldados irrumpieron en la casa de Tomás.
Lo sacaron a empujones sin darle tiempo ni de ponerse el sombrero. Jacinta, su
esposa, salió corriendo detrás, gritando que dejaran a su marido, que él no había
hecho nada. Era una mujer de poco más de 30 años, de piel morena, curtida por el
trabajo al aire libre, cabello oscuro, siempre recogido en trenza apretada.
tenía ojos grandes, expresivos, de esos que no saben mentir.
Rangel esperaba en el centro de la plaza, montado en un caballo tordillo,
rodeado de sus hombres. Cuando Jacinta llegó corriendo, descalsa y descompuesta, el capitán bajó del
caballo con movimientos calculados, teatrales. Tomás fue arrojado de
rodillas frente a él, con las manos atadas a la espalda. El sol caía
vertical sin piedad, haciendo brillar el metal de las armas.
Este es el hombre, preguntó Rangel a uno de sus informantes, aunque ya sabía la
respuesta. Sí, mi capitán, dio refugio a un mensajero de Villa. Rangel asintió
despacio, saboreando el momento. Se acercó a Tomás, puso la bota sobre su
hombro y lo empujó hacia adelante, haciéndolo caer de bruces en el polvo.
¿Sabes lo que le pasa a los traidores, campesino? Tomás levantó la cabeza escupiendo
tierra. No soy traidor, solo di comida. a un hombre con hambre.
Un hombre con hambre que trabaja para un bandido. Corrigió Rangel. En mi libro
Eso te hace cómplice. Jacinta se lanzó hacia adelante, pero
dos soldados la detuvieron sujetándola por los brazos. Ella forcejeó intentando
liberarse. Mi marido es hombre de bien. Trabajamos honrado toda la vida. Rangel
se volvió hacia ella con una sonrisa fría. Honrado. Entonces, explícame por qué tu
honrado marido ayuda a los que quieren destruir este país. Él no sabía quién
era. Solo el capitán levantó la mano silenciándola. Mentiras. Todos son
mentiras con ustedes, la gente de campo. Se hacen los tontos, pero saben perfectamente a quién sirven. Ordenó con
un gesto seco que llevaran a Tomás afuera de la ciudad. Jacinta gritó, se
retorció, rogó. El capitán la ignoró, pero antes de marcharse se acercó a ella
tan cerca que pudo oler su aliento a tabaco y aguardiente. Tú pagarás también, mujer, para que
aprendan todos. Y cumplió su palabra. Mandó rasgar el vestido de Jacinta con
el cabo del fusil, desgarrando la tela en girones que dejaban al descubierto su
espalda, sus hombros. Los soldados rieron. Algunos gritaron cosas que
hacían arder las mejillas de las mujeres presentes. Rangel ordenó que la
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