Bienvenido a Cuentos del Tiempo. ¿Desde qué ciudad? ¿Desde qué país nos estás

escuchando? Escríbelo ahora mismo en los comentarios porque aquí queremos saber
hasta dónde viajan nuestras historias. Antes de comenzar tu viaje, ponte
cómodo, baja las luces si puedes, deja el mundo afuera por unos minutos y
suscríbete al canal. Activa la campanita para que no te pierdas ninguna historia.
Aquí vas a escuchar relatos que cruzan épocas, familias, secretos, venganzas,
milagros y decisiones que cambian vidas para siempre. Si te gustan las historias
que te dejan pensando mucho después de que terminan, este es tu lugar. Respira
hondo, ajusta el volumen, porque en cuentos del tiempo el reloj se detiene,
pero las emociones no. Dicen que aquella madrugada en el rancho El Silencio,
cerca de Parras, Coahuila, hasta los muertos contuvieron el aliento. Ningún
gallo cantó, ningún perro ladró, ni una sola hoja de mezquite se atrevió a rozar
el aire. En medio del patio, un montículo de tierra fresca seguía tibio,
respirando como una herida abierta. Nadie quería acercarse. Nadie se atrevía
a preguntar a quién habían dejado ahí abajo. Solo se veía un trozo de reboso
negro asomando entre el polvo, manchado de sangre seca y rosario roto. Algunos
peones murmuraban que era una viuda. Otros juraban que habían oído su voz
rezar mientras la tierra caía, pero uno, con la cara desencajada lo dijo en voz
baja. No era cualquier mujer, era la madre de Villa en la hacienda La
Esperanza. Esa misma noche, el coronel Ignacio Zaragoza brindaba riéndose,
seguro de que el centauro del norte nunca cruzaría esos muros. Lo que no
sabía era que a unos kilómetros un jinete avanzaba solo con la mirada vacía
y las manos llenas de polvo reciente. Cuando Francisco Villa llegó al rancho y
clavó la vista en ese montón de tierra caliente, nadie se atrevió a hablar. se
arrodilló, tocó el reboso enterrado y murmuró, “Tráiganme al que hizo esto.”
Pero respirando, después levantó la cabeza y en sus ojos no había lágrimas,
había sentencia. Si quieres saber cómo se paga el pecado de enterrar viva a la
madre de un hombre como Villa, quédate. Lo que vas a escuchar ha hecho temblar
al norte durante generaciones. Suscríbete, ajusta el volumen y escucha
cada palabra, porque esta noche la tierra va a contar lo que vio y cuando
el corrido termine entenderás por qué nadie volvió a pronunciar el nombre de
Zaragoza. Sin sentir frío en la espalda esa noche en Coahuila, en el rancho El
Silencio, a las afueras de Parras, Coahuila, la tarde anterior parecía
comenzar como cualquier otra. El polvo flotaba sobre los surcos del maíz. Los
peones terminaban la jornada con la mirada baja y desde el jacal de doña
María, refugio Arámbula, salía el olor humilde de frijoles y café recalentado.
Nadie imaginaba que esa noche la tierra misma iba a convertirse en verdugo. A lo
lejos, un grupo de federales apareció levantando una nube seca, avanzando en
formación desordenada, con risas gruesas y cantos mal afinados.
Al frente, con el sombrero ladeado y las charreteras brillando con un orgullo podrido, venía el capitán Lucio Herrera,
lugar teniente del coronel Ignacio Zaragoza, el hombre que movía hilos desde la seguridad de la hacienda La
esperanza. Herrera ya venía borracho. En la mano llevaba una botella de tequila
casi vacía y en la boca un coraje ajeno alimentado por las órdenes que había
recibido. Registra ese rancho. Esa vieja esconde algo de villa. Cuando el caballo
se detuvo frente al portón de madera, los peones dejaron caer las herramientas. Nadie se atrevió a hablar.
Doña María Refugio salió al umbral con el reboso negro sobre los hombros y el
rosario entre los dedos. Sus ojos cansados no tenían miedo. Tenían
cansancio de tanta guerra, de tanto uniforme que pasaba, prometiendo paz y
dejando luto. “¿Busca a alguien, capitán?”, preguntó con voz firme. Herrera se rió,
dio un trago largo y señaló el jacal con el cuello de la botella. Busco armas,
vieja. Dicen que tu hijo te manda rifles, que escondes balas debajo de las
imágenes de santos. Hoy se acaba el chisme. Sin esperar respuesta, empujó la
puerta de un manotazo y entró al interior, seguido por dos soldados
tambaleantes. Voltearon colchones, tiraron ollas, rompieron fotografías,
patearon sillas. Cada ruido retumbaba en el pecho de los peones que miraban desde
afuera con los puños apretados. Doña María Refugio no se movió de la entrada,
solo apretó el rosario hasta clavarse las cuentas en la palma, murmurando una
oración corta. Madre mía, cuida a mi muchacho donde esté. Cuando no
encontraron nada, la embriaguez de Herrera se mezcló con la vergüenza. Los
soldados comenzaron a burlarse, diciendo que ahí no había más que pobreza y olor
a tortilla. El capitán, con la cara roja y los ojos vidriosos, salió otra vez al
patio y se plantó frente a la mujer. Si no aparecieron las armas, es porque las
escondiste mejor. Escupió. Habla, ¿dónde guardas los fusiles de villa? Ella lo
miró fija, sin bajar la vista, y contestó despacio, aquí no hay fusiles.
El único arma de mi hijo es la rabia que ustedes sembraron en este país. Esa
frase fue gasolina sobre el fuego torcido del militar. Sin pensarlo dos
veces hizo una seña. Dos federales se abalanzaron sobre la anciana, la
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