El amanecer apenas despertaba cuando un silencio extraño cayó sobre el rancho de
la soledad, un silencio tan profundo que ni los pájaros se atrevieron a romperlo.

Pancho Villa cabalgaba a paso lento, con el rostro endurecido por un
presentimiento que le helaba la sangre. Habían llegado rumores en la madrugada.
Un federal había enterrado viva a una mujer indefensa, pero no era cualquier
mujer, era su madre. La mujer que le enseñó a caminar, a pelear contra el
hambre, a mirar al sol sin bajar la cabeza. La mujer que había empujado a
Doroteo Arango a convertirse en Pancho Villa. Y ahora un cobarde con uniforme
había decidido sepultarla en tierra ajena como si fuera un animal. Villa
apretó las riendas hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No habló, no respiró fuerte, no ordenó
nada, solo avanzó con una furia muda que era más peligrosa que cualquier grito. A
su lado, Fierro miraba el horizonte buscando señales del federal. General,
¿está seguro de que quiere ver esto con sus propios ojos? Villa no respondió. Las respuestas
habían muerto dentro de él desde que escuchó la palabra enterrada. Cuando
llegaron al rancho, los campesinos estaban reunidos alrededor de un montículo de tierra recién removida. El
llanto de una mujer se escuchaba a la distancia, mezclado con súplicas rotas.
Pancho desmontó lentamente y cada paso que dio hacia ese montículo retumbó como
un disparo en los corazones del pueblo. Un joven se acercó temblando. General,
yo intentamos sacarla, pero no nos dio tiempo. Villa lo apartó con una mano sin
brusquedad, pero con una determinación que helaba el alma. Se arrodilló frente
a la tierra aún húmeda y empezó a acabar con las manos desnudas, sin pala, sin
ayuda, sin palabras. Los campesinos lloraban. Fierro apretaba los dientes
como si quisiera arrancarse el corazón para no sentir lo que veía.
Cuando Villa encontró el pañuelo de su madre bajo una capa de tierra, sus manos temblaron. Era el pañuelo que ella
siempre llevaba al cuello, blanco, con flores bordadas,
ahora manchado por el barro y por el crimen de un cobarde. Pancho cerró los
ojos un instante. El viento sopló moviendo su sombrero y el desierto
entero pareció guardar silencio para escuchar lo que estaba por venir.
Cuando finalmente terminó de desenterrar el cuerpo, Villa se quedó arrodillado. sosteniendo la cabeza de su madre sobre
sus piernas como si el tiempo se hubiera roto. No lloró, no gritó, no cayó, solo
dijo con una voz tan baja que el aire tembló alrededor. ¿Quién lo hizo? Un
campesino señaló hacia el sur. El federal Gutiérrez, general, vino
borracho. Dijo que ella escondía armas, no le creyó, la arrastró y la enterró
viva. Fierro bajó la cabeza. General, murmuró, “Denme la orden, yo lo traigo
en pedazos.” Pero Pancho se levantó despacio, dejó el cuerpo en brazos de
las mujeres y limpió sus manos en la tierra misma que había sido usada para
cometer el crimen. Su mirada se encendió oscura, “Letal, Rodolfo.”
Fierro enderezó la espalda. “Diga, general.” Villa dijo solo dos palabras.
Tráemeo vivo. Y el desierto mismo pareció estremecerse. Suscríbete a Furia
del Desierto. Aquí contamos las historias donde la injusticia arde y donde la venganza de villa se escribe
con fuego y honor. Fierro montó de un salto, sus botas golpeando los estribos
como si el propio desierto lo empujara hacia delante. El nombre Gutiérrez le
ardía en los oídos, pero más aún le ardía la imagen de Villa arrodillado
sobre la tierra removida, sosteniendo a su madre sin vida.
Rodolfo apretó las riendas y partió con la violencia de un rayo, dejando una
nube de polvo que apenas podía seguirle el paso. Los campesinos se apartaron al
verlo salir disparado. Sabían que cuando Fierro cabalgaba así, alguien iba a
encontrarse con la muerte de la manera más lenta y dolorosa posible. Mientras
tanto, Panchovilla permanecía de pie junto al cuerpo de su madre. Sus manos,
todavía manchadas de tierra, temblaban con una ira contenida que solo los que
conocen el desierto saben reconocer. No era furia descontrolada, era el tipo de
silencio que precede al crujido de un árbol antes de partirse. Una mujer del
rancho se acercó con pies temblorosos. Llevaba un rosario en la mano y los ojos
hinchados por el llanto. “General.” Ella murió rezando. Nos dijo que que usted
vendría. Villa cerró los ojos un instante, no para llorar, sino para
contener un dolor que hubiera derribado a cualquier otro hombre. Gracias, dijo
él con voz ronca. Cuídenla. Trátenla como lo que es, una santa de este
desierto. Los pobladores se apresuraron a cubrir el cuerpo con mantas limpias y
preparar un espacio digno para velarla. Pero aunque el duelo era profundo, el
pueblo entero sabía que no podían llorar en paz hasta que la justicia fuera
servida. Villa dio unos pasos hacia el horizonte, mirando la línea amarillenta
donde Fierro había desaparecido. El sol comenzaba a subir y con él la promesa de un castigo que marcaría la
memoria del norte. Un joven campesino se acercó con cautela. General, ¿quiere que
lo acompañemos? Villa negó con la cabeza. Este camino lo recorro yo. El joven tragó saliva. Dicen
que Gutiérrez se esconde en la hacienda del olvido, que tiene hombres, armas.
Pancho lo miró. Una mirada que decía, “Aunque fueran 100, no me importa. El
miedo es de ellos”, respondió. “No nuestro.” A kilómetros de distancia,
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