La rechazaron en la entrevista por ser madre soltera. Las palabras fueron frías, directas, sin piedad. Ella salió

con la cabeza baja, aguantando las lágrimas hasta que el millonario dueño de la empresa se enteró y lo que hizo

sacudió toda la compañía. ¿Tiene hijos, señorita Méndez? La voz de la entrevistadora cortó el aire como un

cuchillo afilado y Valeria supo en ese instante exacto, que todo había

terminado antes de empezar. No fue la pregunta en sí. sino el tono, ese tono

que había escuchado tantas veces antes, cargado de juicio, disfrazado de profesionalismo. Valeria cerró los ojos

por un segundo, apenas un parpadeo largo, y en ese fragmento de tiempo vio

el rostro de Sofía esa mañana, preguntándole si hoy sí conseguiría el trabajo, si hoy sí podrían comprar las

crayolas nuevas para la escuela. Su hija de 5 años no debería preocuparse por el dinero. Pero los niños perciben todo.

Absorben el estrés como esponjas, aunque una intente ocultarlo con sonrisas forzadas y promesas de que todo estará

bien. Sí, respondió Valeria y su voz salió más firme de lo que esperaba,

aunque por dentro sentía cómo se le retorcía el estómago. Tengo una hija, 5

años. Valeria no añadió nada más. No explicó que Sofía era la razón por la

que se levantaba cada mañana con fuerzas renovadas a pesar del cansancio. No

mencionó que la niña dormía abrazada a un peluche gastado mientras ella pasaba las noches en vela buscando empleos,

enviando currículums, rogando por una oportunidad. No dijo que su hija era lo

más hermoso que le había pasado en la vida, que no se arrepentía de nada, que ser madre soltera no la hacía menos

capaz, menos profesional. menos humana. La entrevistadora. Una mujer de unos 40

años con el cabello recogido en un moño perfecto y lentes de diseñador, intercambió una mirada rápida con su

colega, un hombre de traje gris que hasta ese momento había permanecido callado tomando notas. Valeria conocía

esa mirada, la había visto demasiadas veces. Era la mirada que decía todo sin

palabras, la que confirmaba que su experiencia de 7 años en administración, su título universitario obtenido con

honores mientras trabajaba de mesera en las noches, sus certificaciones en sistemas de gestión, todo eso dejaba de

importar en el momento en que pronunciaba la palabra hija. “Entiendo”, dijo la entrevistadora y su sonrisa

profesional se volvió aún más artificial. Verá, señorita Méndez, este puesto requiere disponibilidad completa,

horas extras, viajes ocasionales, reuniones que pueden extenderse hasta tarde. Tenemos que asegurarnos de que la

persona que ocupe este cargo pueda comprometerse al 100% con la empresa. Valeria apretó las manos sobre su

regazo, clavándose las uñas en las palmas para mantener la compostura. Cada palabra era un golpe calculado envuelto

en la hipocresía de la corrección corporativa, disponibilidad completa, compromiso al 100%. como si tener un

hijo significara automáticamente que no podía ser responsable, dedicada,

eficiente, como si los hombres con hijos no ocuparan los puestos más altos de esa

misma empresa, llegando tarde a casa todas las noches, mientras sus esposas

se encargaban de todo y nadie cuestionaba su compromiso. Tengo una red de apoyo sólida, respondió Valeria,

odiándose a sí misma por tener que justificarse, por tener que defender su maternidad como si fuera un defecto. Mi

hija está en un excelente preescolar con horario extendido. Puedo cumplir con todas las responsabilidades del puesto.

El hombre de traje gris dejó la pluma sobre la mesa y se reclinó en su silla,

estudiándola con una expresión que Valeria no supo descifrar. No era exactamente hostilidad, pero tampoco

comprensión. era indiferencia y eso era peor. Apreciamos su sinceridad, señorita

Méndez, intervino él usando ese plural corporativo que diluye la responsabilidad individual. Pero debemos

ser honestos con usted también. Hemos entrevistado a varios candidatos para este puesto y algunos de ellos tienen,

digamos, menos complicaciones en sus situaciones personales. Complicaciones.

Esa fue la palabra que usó, como si Sofía fuera un problema a resolver, un obstáculo en el camino, una complicación

que restaba valor a su madre. Valeria sintió una ola de calor subirle por el cuello, una mezcla de humillación y

rabia contenida que amenazaba con desbordarla. Quiso gritar que su hija no era una complicación, que era la razón

por la que luchaba cada día, por la que se levantaba después de cada caída, por la que se había convertido en una

profesional más resiliente, más organizada, más determinada que cualquiera de esos candidatos, sin

complicaciones. Pero no dijo nada porque sabía que no serviría de nada porque

esta no era la primera vez y probablemente no sería la última.

Entiendo”, murmuró Valeria poniéndose de pie con una dignidad que le costó cada gramo de fuerza que le quedaba. Gracias

por su tiempo. No esperó a que le extendieran la mano. No forzó otra sonrisa falsa. No prometió mantenerse en

contacto. Simplemente salió de esa oficina con la espalda recta y la cabeza en alto, aunque por dentro sentía que

algo se quebraba. Caminó por el pasillo de mármol del piso 18. Pasó frente a las

oficinas de vidrio, donde empleados concentrados tecleaban en sus computadoras, ajenos a la pequeña

tragedia que acababa de desarrollarse en la sala de juntas. El edificio era imponente, moderno, con ventanales que

iban del piso al techo y ofrecían una vista panorámica de la Ciudad de México.

Era exactamente el tipo de lugar donde Valeria había soñado trabajar, el tipo de empresa que podría darle la

estabilidad que tanto necesitaba, el salario que le permitiría darle a Sofía

más que lo básico, quizás unas clases de ballet que la niña tanto deseaba o un

cuarto propio en lugar de compartir el sofá cama en el departamento de su abuela. Llegó al elevador y presionó el

botón con más fuerza de la necesaria. Las puertas se abrieron de inmediato y Valeria entró volteándose hacia el panel

de botones para ocultar su rostro de cualquier empleado que pudiera entrar. Presionó el botón de planta baja y se

recargó contra la pared fría del elevador, cerrando los ojos y permitiéndose por fin exhalar ese aire

que había estado conteniendo desde que salió de la entrevista. No lloraría, no aquí, no ahora. Llorar era un lujo que

no podía permitirse en público, un signo de debilidad que el mundo usaría en su contra. Había aprendido a reservar las

lágrimas para las noches cuando Sofía dormía y nadie podía verla desmoronarse.

El elevador comenzó a descender y Valeria abrió los ojos, encontrándose con su propio reflejo en las paredes

espejadas. Ahí estaba ella, 32 años, ojeras apenas disimuladas con corrector,