Aquella mañana llevó a sus suegros por un camino de tierra hasta una casa vieja en las afueras del pueblo. Les dijo que solo quería mostrarles algo importante, algo sobre el futuro de la familia.

Don Esteban caminó primero. Doña Marta lo siguió con cierta inquietud.

La casa parecía abandonada desde hacía años. Las ventanas estaban rotas, la madera del porche crujía y el viento silbaba entre las grietas de las paredes.

—Entren un momento —dijo Lorena con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

Los dos ancianos cruzaron la puerta.

Y entonces ocurrió.

La puerta se cerró de golpe detrás de ellos.

Se escuchó el sonido metálico de una llave girando.

Doña Marta corrió hacia la puerta.

—Lorena… ¿qué estás haciendo?

Desde el otro lado llegó la voz de la mujer, tranquila, fría.

—Estoy resolviendo un problema.

El silencio dentro de la casa se volvió pesado.

Don Esteban no gritó. No golpeó la puerta. Solo caminó lentamente por la habitación cubierta de polvo mientras su esposa temblaba de rabia y miedo.

—Nos dejó aquí… —susurró Marta—. Esteban, ¿qué vamos a hacer?

Él metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó un teléfono pequeño.

Marcó un número.

Cuando la llamada fue contestada, habló con una calma que contrastaba con todo lo que estaba ocurriendo.

—Javier… creo que llegó el momento.

Del otro lado de la línea hubo silencio unos segundos.

Luego una respuesta firme.

—Entiendo, don Esteban. Voy para allá.

Mientras tanto, en la casa familiar, Daniel se despertó horas después.

El silencio en la cocina le pareció extraño.

Ni su padre ni su madre estaban allí.

Lorena apareció detrás de él con una sonrisa incómoda.

—Salieron temprano —dijo.

Daniel la miró con desconfianza.

—¿A dónde?

—A ver un terreno.

Algo en la respuesta no encajaba.