La mamá del jefe se quedó paralizada al ver el reloj de su hijo perdido en la muñeca del chóer.

La mansión Cervantes descansaba bajo un cielo gris de noviembre, como si el mismo clima cargara con el luto de la

familia. Las nubes pesadas amenazaban con lluvia, pero nunca llovía, como si

hasta el cielo hubiera olvidado cómo soltar lo que guardaba dentro. Teresa Cervantes cerró la puerta principal con

cuidado. Sus tacones resonando contra el mármol del recibidor. Acababa de regresar de la misa de las 11, la misma

a la que asistía cada domingo desde hacía 23 años. Sus manos todavía olían a

incienso y sus labios aún susurraban las oraciones que había memorizado tanto que ya no pensaba en sus significados. Solo

las repetía una y otra vez como un conjuro que nunca funcionaba. Tenía 53

años. Pero algunos días se sentía de 80, otros días se sentía de 30, congelada en

aquella tarde en el mercado de Tlalpan. Cuando todo cambió, cuando su mundo se partió en dos, subió las

escaleras despacio, agarrándose del barandal de Caoba, que había pulido tantas veces que conocía cada

imperfección de la madera. Al llegar al salón principal, lo primero que vio, lo

primero que siempre veía fueron los dos portarretratos sobre la repisa de cristal. Dos niños de 6 años, sonrisas

idénticas, ojos verdes brillantes, relojitos plateados en sus muñecas pequeñas, regalos del abuelo Cervantes,

que había insistido en que un hombre debe aprender desde niño el valor del tiempo. Qué ironía tan cruel. Teresa se

acercó al portarretrato de la derecha, el que estaba cubierto de una fina capa de polvo porque ya no soportaba

limpiarlo tan seguido. Dolía demasiado. Con la manga de su suéter negro, siempre

negro, siempre de luto, limpió el cristal con cuidado, como si fuera a despertar al niño de la foto. “Buenos

días, mi amor”, susurró. “Como cada mañana desde hacía 23 años. Hoy el padre

Agustín preguntó por ti. Le dije que sigues de viaje. Era mentira. El padre

Agustín sabía la verdad. Todo el mundo la sabía, pero Teresa necesitaba decirlo en voz alta. Necesitaba fingir que

Samuel estaba en algún lugar del mundo viviendo, respirando, creciendo, porque

la alternativa era insoportable. Sacó una veladora nueva de la cajita que guardaba en el cajón de la repisa. La

encendió con manos que ya no temblaban. ya había hecho esto miles de veces. La llama parpadeó proyectando sombras

danzantes sobre el rostro congelado de Samuel en la fotografía. Mamá Teresa no

se volteó. Conocía esa voz. Era la voz del hijo que se quedó, la que había

escuchado crecer, madurar, endurecerse. Rodrigo dijo suavemente, sin apartar la

mirada de la foto. Ya desayunaste, mamá. Ya son las 2 de la tarde. Ah. Había

perdido la noción del tiempo otra vez. Rodrigo entró al salón a sus 29 años.

Era la imagen viva de su padre, alto, de hombros anchos, con esa mandíbula

cuadrada que a las mujeres les parecía tan atractiva, pero sus ojos eran de Teresa, verdes como jade, profundos como

pozos. En ese momento, esos ojos la miraban con una mezcla de preocupación y

resignación que ella conocía demasiado bien. “No puedes seguir así”, dijo él,

pero sin convicción. “Ya habían tenido esta conversación cientos de veces.

Seguir como mi hijo. Ya sabes cómo.” Teresa finalmente se volteó para mirarlo. Su hijo, su único hijo, el que

le quedaba. Vestía un traje impecable color gris oscuro, corbata azul marino,

zapatos voleados hasta el espejo, empresario exitoso, heredero del Imperio

Cervantes, responsable, serio, distante, “tan distante. Hoy contraté a un nuevo

chóer”, dijo Rodrigo cambiando de tema como siempre hacía cuando la conversación se ponía difícil. “Empieza

mañana.” ¿Qué pasó con Esteban? Se jubiló. Ya sabes, tenía como 60 años. Le

dimos una buena liquidación. Teresa asintió distraídamente. Los empleados iban y venían. La vida seguía su curso

para todos los demás. Pero para ella el tiempo se había detenido 23 años atrás

en un mercado lleno de gente, cuando soltó la mano de Rodrigo por un segundo,

solo un segundo, para pagar las verduras. Y cuando volteó, Samuel había

desaparecido como si la tierra se lo hubiera tragado. Rodrigo se acercó y

puso una mano en su hombro. Era un gesto torpe. Nunca había sido bueno con las muestras de afecto. Teresa sabía por

qué. Lo había visto en sus ojos desde aquella tarde. La culpa. Rodrigo tenía 6

años cuando pasó. Él estaba a cargo de su hermano gemelo mientras ella pagaba. Él soltó la mano de Samuel para ver un

juguete en un puesto cercano. Solo fueron segundos, pero segundos suficientes. Teresa nunca se lo había

echado en cara. Nunca había dicho, “Fue tu culpa.” Pero tal vez eso era peor.

Tal vez el silencio era más pesado que cualquier acusación. “¿Comiste algo?”,

preguntó Rodrigo. “No tengo hambre.” Mamá, de verdad, hijo, estoy bien. Pero

no estaba bien. No había estado bien en 23 años. La puerta del salón se abrió de

golpe y entró Claudia Cervantes, la hermana menor de Teresa, con su eterna

expresión de eficiencia y control. A sus años, Claudia manejaba las finanzas de

la empresa familiar con mano de hierro. Ni un peso entraba o salía sin su conocimiento. Rodrigo, tenemos junta con

los inversionistas japoneses en una hora, dijo sin saludar. Ya revisaste los

números que te mandé. Buenos días para ti también, tía, respondió Rodrigo con

un toque de sarcasmo que Claudia ignoró completamente. No tengo tiempo para cortesías. ¿Revisaste los números o no?

Los revisé y son buenos. Proyecciones sólidas. Claudia asintió satisfecha y

finalmente notó a Teresa junto a la repisa con la veladora encendida. Su expresión se suavizó apenas, apenas.

Pero Teresa alcanzó a ver el destello de impaciencia en sus ojos. Teresa, deberías bajar a comer algo. Carmela

hizo tu pozole favorito. No tengo hambre, Claudia. Llevas 23 años sin

tener hambre. Soltó Claudia. Y Rodrigo le lanzó una mirada de advertencia que

ella ignoró. Perdón, pero es la verdad. La vida sigue, Teresa. La vida sigue

para ti tal vez. Pensó Teresa, pero no lo dijo. Claudia nunca había tenido

hijos. Nunca entendería ese agujero negro en el pecho que se tragaba todo.