LA MADRASTRA LOS ABANDONÓ CON UNA VIÑA MUERTA… AÑOS DESPUÉS, SU BODEGA VALÍA MILLONES
Las plantas secas eran la herencia
perfecta para los hijos de una mujer a
la que todos llamaban soñadora y
fracasada.

Gabriela Ruiz de Álvarez sonrió con una
crueldad tranquila mientras el notario
aplaraba la garganta y comenzaba a leer
el testamento. Su sonrisa no era amplia
ni exagerada, era pequeña, precisa, como
la de alguien que sabe que ya ganó.
Diego Álvarez, de apenas 10 años, estaba
sentado derecho en una silla de madera
demasiado grande para su cuerpo. Su
padre siempre le había dicho que un
hombre debía sentarse así, incluso
cuando el mundo se derrumbara. A su
lado, Valentina, de 5 años, balanceaba
las piernas sin tocar el suelo,
abrazando con fuerza a su peluche de
orejas caídas, el señor conejo.
Tres días. Solo habían pasado tr días
desde que enterraron a papá. El
ventilador de techo del despacho del
notario giraba lentamente, emitiendo un
chirrido constante, como si también
estuviera cansado de presenciar
tragedias ajenas. El aire olía a sudor,
papel viejo y a algo más, incomodidad.
El notario Ruiz, un hombre de 52 años
con la camisa húmeda bajo los brazos y
la corbata mal anudada, evitaba mirar a
los niños. Sus manos temblaban mientras
sostenía el documento amarillento.
“Procederemos con la lectura del
testamento del señor Fernando Álvarez”,
dijo aclarando la garganta. Gabriela
cruzó las piernas lentamente. Llevaba
lentes de sol oscuros, a pesar de que
estaban en interiores. No necesitaba ver
a los demás. Necesitaba que la vieran a
ella. “A mi esposa Gabriela Ruiz de
Álvarez”, continuó el notario. “le dejo
la casa familiar. El viñedo principal de
7 haáreas en producción, los equipos de
vinificación, los vehículos y todas las
cuentas bancarias.
El mundo de Diego se inclinó apenas un
grado hacia la izquierda. Gabriela
sonrió detrás de los lentes. Valentina
levantó la cabeza. ¿Y nosotros? Preguntó
con una voz tan pequeña que casi no
existía. El notario tragó saliva. A mis
hijos Diego y Valentina Álvarez Moreno,
hizo una pausa, les dejo el cuchitril de
los trabajadores y las 5 hectáreas del
lindero este, anteriormente cultivadas
por mi difunta primera esposa, Elena. 5
hectáreas. Diego sintió como algo se
rompía dentro de su pecho y al mismo
tiempo algo más se endurecía.
Asimismo, añadió Ruiz un pago único de
100 pesos mexicanos.
100 pesos. El silencio cayó como una
losa. Gabriela se quitó lentamente los
lentes de sol. Sus ojos eran fríos,
calculadores.
Ah, el lindero este, dijo con una
sonrisa ladeada. La sección muerta. Qué
apropiado. Se inclinó hacia delante,
apoyando los codos en la mesa, mirando