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aventura juntos. Hierro fundido, compadre. Estamos en 1914. Comencemos
esta aventura juntos. Hombres, mujeres y niños. La tierra misma parecía beber la
sangre de los caídos mientras el polvo en las calles absorbía. Los ecos de gritos desesperados. Pero dentro de este
caos había crímenes tan oscuros que ni la misma historia se atreve a recordarlos. Esta es la historia de don
Evaristo Salazar y Mendoza, un ascendado de Chihuahua que a sus 54 años ya había
cosechado más odio que años de vida. un hombre que vestía trajes franceses importados y gastaba fortunas en abanos,
mientras los niños de su hacienda morían de hambre bajo su sombra. Un hombre que
se decía protector del pueblo, pero en realidad solo tenía una jaula de hierro escondida en sus establos. una jaula que
no contenía animales, sino mujeres, mujeres valientes que luchaban por la libertad, pero que él cazaba como si
fueran trofies para su propio deleite. Las gradas de esa jaula, donde las mujeres eran exhibidas como objetos, no
estaban hechas de hierro común, estaban hechas del sufrimiento de las valientes, que con su valor desafiaban a los
hombres que comoaristo se sentían dueños de todo. Y en el corazón de este infierno de dolor y humillación había
una soldadera que decidió que no iba a morir en esa jaula. Y en una noche de desesperación, Mariana Río se escapó,
pero no fue una huida común. No, compadre. Ella dejó en su espalda un mensaje quemado con hierro al rojo vivo.
Devuélvanme a Beija. ¿Qué hizo Villa cuando recibió ese mensaje que le pasó
alado que creía tener todo bajo su control? El final de esta historia, compadre, te va a dejar sin palabras. La
justicia del desierto no es como la que imaginas. Es más cruel, más lenta y cuando llega es imparable. Te lo
prometo, compadre. Lo que viene después es algo que nadie cree que pudo haber pasado, pero cuando lo escuches te hará
ver la justicia de una forma que nunca imaginaste. No te vayas porque este final es tan brutal que cuando lo
descubras ni tú lo vas a creer. Dicen los viejos de Chihuahua que todavía se escuchan los gritos de Baristo Salazar
cuando el viento norte sopla caliente desde el desierto, que su alma sigue atrapada en la jaula que él mismo mandó
forjar. Pero para entender cómo un hombre termina desnudo, encadenado y suplicando muerte ante todo un pueblo,
tienes que conocer primero la maldad que sembró. La hacienda la esperanza perdida se alzaba como fortaleza de adobe y
piedra a 50 km de la ciudad de Chihuahua, rodeada de campos áridos donde los peones trabajaban de sol a sol
por unas. Cuántas monedas falsas. El sol abrasador siempre parecía dejar una
marca en el rostro de los hombres que allí laboraban. Sus cuerpos hinchados por la fatiga. Evaristo había construido
su imperio a base de la explotación, del sufrimiento ajeno y su fortuna. Crecía
mientras la pobreza se apoderaba de los corazones de su gente. No importaba cuántos se cayeran, cuántos se
desangraran o cuántos lloraran, él solo veía números, cifras, todo lo que tocaba
lo convertía en un objeto de su propiedad. Protegida por federales borrachos que Baristo mantenía bien
pagados con tequila y promesas, la hacienda parecía una isla flotante en medio del desierto. El viento siempre
soplaba fuerte, levantando polvareda, mientras el sol parecía derretirlo todo.
En su interior, el mismo aire apestaba a corrupción, a traición, a desesperación. Era un lugar donde se olvidaban los
nombres, los rostros y hasta los sueños de las personas. Para los peones era un infierno donde el tiempo pasaba
lentamente, sin esperanza, sin libertad, sin vida, en el corazón de los establos,
escondida entre pacas de alfalfa seca y el olor a estiércolde caballo estaba la jaula, 3 m de largo, 2 de ancho, 1 met y
medio de alto. barrotes de hierro grueso, sin techo, expuesta al sol abrasador del día y al frío cortante de
la noche, piso de tierra que se volvía lodo con lágrimas y sangre, cadenas cortas que apenas dejaban moverse.
Aquella jaula no era un refugio ni un lugar de descanso. Era la prisión del alma, el último vestigio de humanidad
arrebatado a aquellos que no habían hecho, más que luchar por su libertad. Y dentro, en ese momento tan oscuro de la
historia, había 12 soldaderas, 12 mujeres valientes, esposas, hermanas,
hijas de revolucionarios, mujeres que no solo llevaban munición bajo fuego enemigo, sino que también curaban a los
heridos, cantando corridos que hablaban de amor, sacrificio y resistencia. Mujeres que peleaban con el mismo valor
que cualquier dorado y que por su valentía Evaristo. Salazar las convirtió en trofeos, en símbolos de su poder y su
control sobre el pueblo. Evaristo las cazaba como alimañas, enviaba patrullas federales de noche a los campamentos.
Revolucionarios las traían amarradas, las encerraban y las mantenían bajo llave. Luego organizaba fiestas privadas
para coroneles federales de alto rango. Les mostraba su colección, les permitía
hacer lo que quisieran mientras él bebía coñac francés, fumaba puros y las observaba como un emperador romano
degenerado, disfrutando del dolor ajeno. Su control sobre ellas era absoluto,
pero nunca se dio cuenta de que estaba sembrando la semilla de su propia caída.
Los gritos se perdían en el desierto. El viento los tragaba y los diluía, haciendo imposible escuchar los lamentos
de las mujeres que compartían la misma jaula. La maldad parecía quedar impune.
El hacendado seguía siendo el rey de su pequeño reino, sin que nadie osara desafiarlo, sin que la justicia llegara
nunca a sus puertas. Pero la vida con padre tiene maneras misteriosas de cobrar cuentas. Y como todo monstruo,
Evaristo subestimó la fuerza de las mujeres que tenía cautivas. Una de ellas, Mariana Ríos, hija de un
revolucionario caído en Jiménez, decidió que prefería morir, libre a seguir viviendo en esa jaula del demonio. No
podía soportar más los gritos de sus compañeras, ni el constante abuso que sufrían. Su espíritu ya no podía ser
doblegado. Aunque su cuerpo estaba marcado por las cadenas y el hambre, su voluntad era tan fuerte como él. Acero,
la noche que decidió escapar, el viento soplaba fuerte como siempre, pero esa noche algo más en él. Aire parecía
cambiar. Era una noche sin luna. El cielo estaba oscuro y el desierto parecía esperar lo que estaba a punto de
suceder. Los tres coroneles federales, entre ellos el cruel Ramón Delgado, el sádico Luis Barragán y el elegante
Antonio Velasco llegaban a la hacienda. Ellos no sabían que esa noche, la jaula que creían segura, ya no podía contener
la rabia de una mujer que había visto demasiada injusticia. Evaristo, mientras tanto, estaba en su casa grande
disfrutando de la bebida y la compañía de los oficiales. Nadie sabía lo que estaba a punto de ocurrir. Mariana vio
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