La familia envió a su hija estéril a casarse con el ranchero para burlarse de él. Señor Halden, esta es mi carta de

compromiso matrimonial. Sin embargo, ella regresó con un hijo.
Colorado, 1885. El sol caía lento sobre las colinas
resecas y la llanura parecía teñirse de cobre cuando en la casa de los Drumones talló la discusión.
Samira permanecía en el centro de la sala de pie con las manos rígidas a los costados de su falda. La tela de su
vestido antaño ajustado, ahora le quedaba floja en la cintura y la palidez de su rostro hacía resaltar aún más la
tensión de sus labios apretados. Su madre fue la primera en alzar la voz.
La mujer, de carácter áspero y mirada dura, la señaló como si dictara sentencia. Dos años casada y ni un hijo
que mostrar. Para esto te criamos, para que te devuelvan como leche cortada.
Samira bajó la mirada. Había escuchado esas palabras muchas veces, pero pronunciadas en ese salón, en su propio
hogar, dolían más. En la silla de la esquina, su padre, Henry Roman observaba en silencio con
los brazos cruzados sobre el pecho. No necesitaba gritar. Su mirada bastaba para clavarle a su hija el peso de la
vergüenza. Volviste con las manos vacías”, dijo al fin con la voz grave. Ni dote, ni niet
nietos, ni futuro, solo deshonra. Samira respiró hondo, pero las lágrimas
que pugnaban por salir le nublaron la vista. Había intentado defenderse el día en que
la familia tras que la dejó en la carretera como un paquete indeseado, pero su madre la había silenciado.
No querían sus explicaciones, solo resultados, y esos no habían llegado.
La señora Drumón se giró de espaldas, murmurando reproches, para luego enfrentarse de nuevo a su hija. “¿Sabes
cuántas lenguas se soltaron en la iglesia el domingo? Dicen que Marland Trusk ya tiene a otra mujer, joven y
fuerte, de las que sí saben dar hijos. ¿Qué crees que pensarán ahora de ti?
Samira intentó hablar apenas un murmullo. Madre, yo no. Silencio. Tronó la voz de su padre
cortante como un hacha. No queremos excusas. Lo único que la gente recordará
es que tu vientre falló. Ningún hombre quiere a una esposa que no pueda llevar su apellido al futuro.
Entonces, como quien saca unas bajo la manga, la madre tomó un papel doblado del estante de la chimenea y se lo puso
en la mano. Jonas Alden, ranchero, tierras propias, sin familia ni hijos.
Necesita ayuda en sus cercas y nosotros necesitamos librarnos de tu carga.
Samira miró el papel. No era una carta de afecto ni un contrato matrimonial escrito con
ternura. Era un acuerdo frío, casi mercantil. “Me envían como si fuera
ganado,”, susurró. “¿Acaso podemos darte de comer gratis?”,
gruñó su padre. “Eres nuestra hija, sí, pero también un peso muerto en esta
casa.” El silencio cayó como una losa. Afuera, el sonido de un carruaje acercándose
anunció que el trato estaba cerrado. No hubo despedidas cariñosas ni consuelo,
solo la urgencia de quitarla del medio. Samira miró alrededor.
Las paredes de la casa en que había crecido parecían más estrechas, hostiles. Tomó la pequeña maleta que aún
tenía sin deshacer desde su retorno, un vestido extra, ropa interior gastada y una biblia de tapas dobladas.
Eso era todo lo que le quedaba. ¿Lo veré en la iglesia?, preguntó la voz
casi hueca. Su madre se encogió de hombros con desprecio. Él no viene. Envió la
carreta. Eso debería decirte bastante. Samira se quedó inmóvil por un instante,
como si esperara que alguien, su madre, su padre, algún hermano, le pidiera que no se fuera.
Nadie lo hizo. Cuando cruzó la puerta, su padre lanzó la última palabra, seca, con un dejo de
autoridad irrevocable. No vuelvas. Samira subió al carro.
El conductor no preguntó nada ni le ofreció la mano. Se limitó a esperar hasta que ella se sentó con el equipaje
en el regazo. Con un chasquido de riendas, los caballos avanzaron y la casa paterna se hizo pequeña tras una
nube de polvo. El viaje fue largo y silencioso. El paisaje se extendía árido a ambos
lados del camino. Praderas secas, colinas erosionadas cercas de madera que parecían doblarse con el viento.
Mira sentía las manos frías a pesar del calor de la tarde. El rechazo de sus padres le pesaba más que el traqueteo
del carruaje. Mientras el sol se hundía tras los cerros, divisó al fin la silueta de unas
construcciones sencillas, establos, corrales, una casa rectangular con techos bajos.
Samira tragó saliva. Ese sería su nuevo destino, no como invitada ni como esposa
elegida, sino como parte de un acuerdo en el que su voz jamás había contado.
El carro se detuvo frente a la casa al caer la tarde. Samira descendió despacio
con la maleta en la mano. El ranchero estaba en el umbral, un hombre alto de hombros anchos, la piel curtida por el
sol y la mirada seria de esas que parecen medirlo todo sin pronunciar palabra.
Jonas Hoden no ofreció saludo ni sonrisa, apenas asintió con la cabeza antes de hacerse a un lado para dejarla
pasar. Habitación al fondo, primera puerta a la izquierda dijo con voz grave y breve.
Eso fue todo. Samira cruzó el umbral. La casa olía a madera seca y café rancio. No había
adornos, ni cortinas bordadas, ni el bullicio de una familia, solo mesas de trabajo, utensilios alineados, botas
gastadas junto a la puerta. El silencio era tan espeso que hasta sus pasos parecían indebidos.
Subió al cuarto asignado y dejó la maleta sobre la cama.
La habitación era simple: un catre, un baúl vacío y una ventana sin cortinas por donde se colaba el viento de la
pradera. Esa noche no hubo cena de bienvenida ni palabras de cortesía. Jonas se sentó en
la mesa de la cocina, comió pan duro con estofado y se levantó sin más para encerrarse en otra habitación.
Samira, con las manos temblorosas tomó un plato, probó dos bocados y lo dejó a medio acabar. El silencio pesaba más que
el hambre. Los días siguientes se deslizaron con la rutina de un reloj sin manecillas.
Samira se levantaba antes del amanecer, encendía el fogón, cocinaba huevos o avena, lavaba la ropa en el arroyo
helado hasta que los nudillos se le abrían en grietas, barría, fregaba, reparaba costuras.
No había órdenes explícitas. Ella trabajaba porque era lo único que sabía hacer para merecer un sitio.
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