La empleada encuentra al bebé del millonario abandonado. Nunca imaginé que
encontrar a un bebé moribundo en la basura cambiaría mi vida para siempre.

Esperanza Vázquez corrió bajo la lluvia torrencial que azotaba las calles de la Ciudad de México esa noche de octubre.
Eran las 11:30 pm y acababa de terminar su turno de doble jornada limpiando
oficinas en el centro financiero. Sus zapatos gastados chapoteaban en los
charcos mientras se dirigía a la parada del autobús, rezando que el último
camión no hubiera pasado ya. El viento helado le cortaba el rostro y la lluvia
traspasaba su delgada chamarra. Esperanza apretó el paso, pero algo la
hizo detenerse en seco frente al pequeño parque que quedaba a dos cuadras de la
avenida principal. Un sonido extraño se mezclaba con el rugido de la tormenta.
Un llanto débil, casi inaudible. “Debe ser un gato”, murmuró para sí misma,
pero algo en su pecho le decía que no. Había perdido a su propio bebé apenas tres meses atrás y ese sonido despertó
en ella un instinto maternal que creía muerto. Se acercó lentamente hacia los
arbustos de donde parecía provenir el llanto. Entre las ramas mojadas y las
hojas caídas vio algo que la hizo gritar de horror. una pequeña caja de cartón
empapada y dentro, envuelto en una manta sucia y mojada, un recién nacido lloraba
con una voz cada vez más débil. “¡Dios mío!”, gritó Esperanza corriendo hacia
la criatura. “¿Quién pudo hacer esto?” El bebé no podía tener más de unas
semanas de vida. Su piel estaba azulada por el frío y respiraba con dificultad.
Esperanza lo tomó inmediatamente en sus brazos, quitándose su propia chamarra para envolverlo. “Tranquilo, mi amor”,
le susurró mientras las lágrimas se mezclaban con la lluvia en su rostro. “Ya estás a salvo, mamá está aquí.” El
bebé era hermoso a pesar de su estado. Tenía rasgos delicados, piel clara y un
mechón de cabello oscuro que se asomaba bajo la manta mojada. En su muñequita
llevaba una pulsera dorada con una pequeña placa que decía SM, las únicas
pistas sobre su identidad. Esperanza miró alrededor desesperada.
El parque estaba completamente desierto y no había señales de quién había
abandonado al niño. ¿Cómo pudieron dejarte aquí para que murieras? susurró
acunándolo contra su pecho. Su mente trabajaba a toda velocidad. Sabía que
debía llevarlo al hospital o llamar a las autoridades, pero algo la detuvo.
Recordó las historias terribles que había escuchado sobre el sistema de orfanatos, los bebés perdidos en el
papeleo, las adopciones que nunca llegaban. Y este niño se estaba muriendo
de frío ahora mismo. Primero te voy a salvar, decidió firmemente. Después
pensamos en lo demás. Corrió hacia su pequeño departamento que quedaba a seis
cuadras de ahí. Durante todo el camino, el bebé lloró débilmente y cada sonido
que hacía despertaba en esperanza una desesperación maternal que no había
sentido desde que perdió a su propio hijo. Su departamento era humilde, una
sola habitación con una pequeña cocina y un baño compartido con los demás inquilinos del edificio, pero estaba
limpio y cálido, y eso era lo que el bebé necesitaba. Ahora lo primero que
hizo fue quitarle la ropa mojada. El niño estaba empapado y temblando con
manos expertas. Había cuidado a varios bebés en su trabajo anterior como niñera. Lo bañó con agua tibia, lo secó
cuidadosamente y lo envolvió en las únicas toallas limpias que tenía. “Ay,
mi niño hermoso”, murmuró mientras lo examinaba. Estás desnutrido y
deshidratado. ¿Cuánto tiempo llevabas ahí afuera? El bebé había dejado de
llorar y la miraba con unos ojos grandes y oscuros que parecían agradecerle por
salvarlo. Esperanza sintió que su corazón se derretía. Era como si hubiera encontrado
un pedazo de su alma que creía perdido para siempre. No tenía leche de fórmula, pero recordó
que su vecina, doña Carmen, había tenido un bebé el año anterior. Salió corriendo
al pasillo y tocó la puerta desesperadamente. Doña Carmen, doña Carmen, por favor. La
mujer abrió la puerta en bata, molesta por el alboroto. Esperanza, ¿qué
demonios pasa? Son casi las 12 de la noche. Doña Carmen. Necesito leche de
fórmula urgentemente. Le queda algo de cuando su bebé era pequeño. Carmen
frunció el seño. Leche de fórmula, para qué tú no tienes. Por favor. La
interrumpió Esperanza con lágrimas en los ojos. Es una emergencia. Se lo
explico después. Algo en la desesperación de esperanza convenció a Carmen. Fue a buscar a su
apartamento y regresó con un bote de fórmula casi lleno y algunos biberones.
Toma, pero me vas a explicar qué está pasando mañana. Se lo prometo. Gracias,
doña Carmen. Dios se lo va a pagar. De vuelta en su apartamento, Esperanza
preparó el biberón siguiendo las instrucciones al pie de la letra. El bebé tomó la leche con desesperación,
como si llevara horas sin comer. Mientras lo alimentaba, Esperanza le hablaba en voz baja. No sé quién eres,
mi amor, pero yo te voy a cuidar. Te voy a proteger como no pude proteger a mi
Miguelito. El recuerdo de su propio hijo la golpeó como una bofetada. Miguel
había nacido prematuro y luchó durante tres días en el hospital antes de que
sus pequeños pulmones no pudieran más. Los médicos dijeron que no había nada
que hacer, que a veces simplemente pasaba, pero Esperanza se culpó a sí
misma todos los días desde entonces. Tal vez Dios te puso en mi camino. Le
susurró al bebé que ahora se quedaba dormido en sus brazos. Tal vez esta es mi segunda oportunidad de ser madre. Esa
noche Esperanza no durmió ni un minuto. Se quedó sentada en la única silla de su
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