Daniela abrió su bolso con movimientos lentos, como si cada gesto estuviera cuidadosamente medido.

Sacó una carpeta delgada, muy distinta a los montones de documentos legales que Rodrigo llevaba consigo.

La colocó sobre la mesa.

—Estos son los archivos que Duarte preparó para convencer al consejo de inversionistas —dijo con voz baja—.
Pero después de revisarlos con más detalle… encontré algo que él no esperaba que alguien notara.

Rodrigo se inclinó hacia adelante.

—¿Qué cosa?

Daniela abrió la carpeta y deslizó una hoja hacia ellos.

—Las fechas.

Valentina frunció el ceño.

—¿Qué tienen de extraño?

Daniela señaló una línea en particular.

—Los registros que muestran que las acciones del hotel estaban “sin propietario activo” fueron modificados tres meses antes de que su padre falleciera.

El corazón de Valentina dio un golpe seco.

—Eso significa…

—Que alguien sabía que el señor Esteban estaba muriendo —terminó Rodrigo con gravedad—.
Y estaba preparando el terreno para quedarse con el hotel.

El café sobre la mesa se había enfriado.

Nadie lo tocó.

Daniela continuó:

—Cuando empecé a investigar más a fondo, descubrí algo peor. Duarte no solo manipuló los registros del hotel. También creó una empresa fantasma para recibir las acciones una vez que “desaparecieran” del registro.

Rodrigo tomó la hoja.

—¿El nombre de la empresa?

Daniela respondió sin titubear.

Inversiones Monteverde S.A.

Rodrigo dejó escapar un suspiro corto.

—Es una empresa pantalla.

Valentina miró de uno a otro.

—¿De quién?

Rodrigo levantó la vista.

—De Gerardo Montes.

El silencio volvió a caer.

Pero esta vez era distinto.

Ya no era el silencio de la incertidumbre.

Era el silencio antes de una guerra.