La despidieron por llegar tarde después de salvar la vida de una anciana. Pero lo que nadie sabía era que esa mujer era

la madre del dueño millonario de la empresa. Esta es la historia de Laura

Méndez, una mujer cuyo corazón bondadoso la llevó a perderlo todo en un solo día,

sin imaginar que ese acto de compasión cambiaría su destino para siempre. Laura Méndez se miró en el espejo de su

pequeño apartamento aquella mañana de martes. Sus ojos reflejaban el cansancio de una madre soltera que trabajaba

incansablemente para darle lo mejor a su hija de 7 años, Sofía. Llevaba 5 años

trabajando en Corporación Vega, una empresa líder en tecnología y servicios corporativos y durante todo ese tiempo

jamás había llegado tarde ni un solo día. Su expediente era impecable, sus evaluaciones siempre sobresalientes y su

dedicación era reconocida por todos menos por una persona. Sergio Vega, el

gerente regional que desde hacía semanas la miraba con desprecio. Laura sabía exactamente por qué. Hacía tres semanas,

durante una cena de la empresa, Sergio se había acercado a ella con una copa de vino en la mano y una sonrisa que ella

encontró incómoda desde el primer momento. Le había propuesto salir a cenar a solas, dejando claro que ese

tipo de cercanía con el gerente podría ser muy beneficioso para su carrera. Laura había declinado educadamente,

explicándole que estaba enfocada en su trabajo y en su hija, sin tiempo para ese tipo de relaciones.

La sonrisa de Sergio se había transformado en una mueca de frialdad que Laura no olvidaría jamás. Desde

entonces, cada proyecto que presentaba era criticado con dureza, cada informe revisado con lupa buscando errores

inexistentes y cada logro minimizado frente al equipo. Pero Laura resistía con

dignidad, confiando en que su trabajo hablaría por sí mismo. Esa mañana Laura

salió de su apartamento a las 7:45 como siempre. tenía una reunión crucial a las

9 en Pines 90 en punto, donde presentaría los resultados del proyecto trimestral que había coordinado durante

meses. El autobús la dejó a tres cuadras de la oficina y caminaba por la cera con

paso firme, repasando mentalmente cada diapositiva de su presentación. El cielo

estaba gris, amenazando lluvia y las calles aún estaban desiertas en esa zona comercial que no despertaba hasta las 9

de la mañana. Todo parecía normal hasta que escuchó un gemido débil proveniente de un callejón lateral. Laura se detuvo

en seco. Su instinto maternal, alertándola de que algo no estaba bien.

Miró su reloj, 8:25. tenía tiempo suficiente, pero algo en su

interior le advirtió que esto podría complicarse. Cuando se asomó al callejón, su corazón se detuvo por un

segundo. Una anciana yacía en el suelo apoyada contra la pared con el rostro contraído por el dolor. Su ropa era

sencilla pero limpia y llevaba un bolso de mano aferrado contra su pecho. La mujer intentaba levantarse, pero cada

movimiento le arrancaba un gemido de agonía. Laura corrió hacia ella de inmediato, dejando su maletín a un lado.

La anciana levantó la vista con ojos llenos de lágrimas y dijo con voz temblorosa, “Por favor, ayúdame. Me caí

hace media hora y no puedo pararme. Mi tobillo creo que está roto.” Laura observó el tobillo hinchado de la mujer

y supo que necesitaba atención médica urgente. Miró nuevamente su reloj, 8:28.

Su mente se debatía entre la reunión crucial que determinaría su próximo ascenso y esta anciana desvalida que

sufría frente a ella. Laura sintió que se le apretaba el estómago. Sabía lo que

Sergio haría si llegaba tarde, especialmente después de haberlo

rechazado. Pero cuando miró los ojos suplicantes de aquella mujer, supo que no había elección real. No para alguien

como ella, que le había enseñado a su hija que la bondad siempre debe estar por encima de las ambiciones personales,

tomó su teléfono y marcó el número de emergencias, explicando la situación con voz firme pero urgente. El operador le

informó que la ambulancia tardaría entre 20 y 30 minutos debido al tráfico matutino. Laura asintió, aunque nadie la

veía, y se quitó su chaqueta para colocarla bajo la cabeza de la anciana. No te preocupes, señora. No te voy a

dejar sola. Todo va a estar bien”, le dijo con una sonrisa tranquilizadora que ocultaba su

propia ansiedad. La anciana, cuyo nombre era Teresa, aferró la mano de Laura con una fuerza sorprendente para alguien en

su estado. Mientras esperaban, Teresa le contó que salía de la casa de su hermana cuando tropezó con un desnivel en la

acera. Vivía sola desde que enviudó hace 10 años y su único hijo estaba siempre

tan ocupado con sus negocios que apenas la veía. Laura sintió una punzada de tristeza por aquella mujer, imaginándose

a su propia madre en una situación similar. Le habló con dulzura,

distréndola del dolor, contándole sobre Sofía y sus sueños de convertirse en doctor algún día. Teresa sonrió a través

de sus lágrimas y le dijo, “Eres un ángel, hija. Tu niña tiene mucha suerte

de tenerte como madre.” Esas palabras reconfortaron a Laura incluso mientras veía como el reloj

marcaba las 8:55, luego las 9 en punto y después las 9:15.

Cuando finalmente llegó la ambulancia eran las 9:20. Los paramédicos examinaron a Teresa y confirmaron que su

tobillo estaba fracturado y necesitaba atención hospitalaria inmediata. Laura subió con ella a la ambulancia,

ignorando las protestas de la anciana de que ya había hecho suficiente en el hospital. Mientras Teresa era llevada a

Rayos X, Laura intentó llamar a la oficina, pero nadie contestó en el departamento. Escribió un mensaje

urgente a su compañera Mónica explicando la situación, rogando que se lo hiciera saber a Sergio antes de la reunión, pero

el mensaje quedó sin leer. Mónica había dejado su teléfono en modo silencioso

durante la presentación que ahora lideraba Sergio en ausencia de Laura. En la sala de espera, Laura observaba el

reloj con desesperación creciente. Eran las 10:30 de la mañana. La reunión había

terminado hacía tiempo. Su carrera, por la que tanto había luchado, probablemente estaba destruida. Pero

cuando vio a Teresa salir en silla de ruedas con el tobillo enyesado y una sonrisa de gratitud en el rostro, supo

que había tomado la decisión correcta. El médico explicó que Teresa necesitaría muletas durante 6 semanas y que alguien

debía quedarse con ella las primeras 24 horas. Laura buscó en el bolso de Teresa

el teléfono para llamar a algún familiar, pero la anciana le confesó con tristeza que su hijo no contestaría.

Estaba en medio de una expansión internacional importante. Laura suspiró y decidió quedarse un poco más,

asegurándose de que Teresa pudiera contactar a alguien. Finalmente, después de múltiples llamadas, lograron

comunicarse con la hermana de Teresa, quien vivía en las afueras y llegaría en 2 horas. Laura no podía esperar tanto,

eran casi las 11 de la mañana y necesitaba llegar a la oficina, enfrentar las consecuencias de su

ausencia y explicar la situación. Antes de irse, Laura acompañó a Teresa a la farmacia del hospital para comprar los

medicamentos resetados. Con su tarjeta de crédito ya en números rojos, pagó los 200 € que costaban los analgésicos y