Grace Thompsen se quedó completamente
paralizada en medio del jardín, como si
sus pies hubieran echado raíces en la
tierra húmeda.

Estaba descalsa.
La hierba, empapada por el rocío de la
madrugada se le pegaba a la piel y le
helaba las plantas de los pies, pero no
lo sentía.
Su cuerpo estaba allí, pero su mente se
negaba a aceptar lo que sus ojos estaban
viendo. En el centro del césped bañera
metálica grande, la misma que los
jardineros usaban para mezclar agua y
fertilizantes.
De su superficie salía vapor espeso,
denso, como si el agua estuviera
hirviendo lentamente.
El aire alrededor parecía deformarse por
el calor, pero no era el vapor lo que
hizo que su corazón comenzara a latir
con violencia, golpeándole el pecho como
si quisiera escapar. Eran los cuerpos,
dos cuerpos pequeños,
demasiado pequeños. Noa y Liem, los
gemelos de apenas 6 meses, los niños que
Ges había cuidado desde el día en que
nacieron, a los que había sostenido en
brazos cuando lloraban por las noches, a
los que había calmado cuando tenían
fiebre, a los que había amado como si
fueran
suyos estaban sumergidos hasta el pecho
en el agua caliente. Sus cáritas estaban
enrojecidas, inflamadas, cubiertas de
lágrimas.
Sus ojos miraban hacia arriba, perdidos,
con una expresión que no correspondía a
bebés tan pequeños.
Era puro miedo,
desesperación absoluta.
Sus bocas se abrían y cerraban en un
llanto que ya no era fuerte.
Era débil,
quebrado,
exhausto,
como si ya no tuvieran fuerzas para
seguir pidiendo ayuda. Aún suyosaban.
Pero apenas sus ropitas de algodón
estaban completamente empapadas, pegadas
a sus diminutos cuerpos que temblaban
sin control.
Cada pequeño espasmo era una súplica
silenciosa. Ges dejó de respirar por un
segundo. Luego su cuerpo reaccionó antes
que su mente. Corrió. No pensó en el
frío del césped ni en las piedras que se
clavaban en sus pies.
No pensó en nada,
solo corrió.
Cuando llegó a la bañera, metió las
manos en el agua sin dudar. El dolor fue
inmediato. Un ardor brutal le recorrió
los dedos, subió por sus brazos, le hizo
soltar un grito ahogado.
El agua estaba demasiado caliente,
pero no retiró las manos. Primero sacó a
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