La batalla de Puebla, donde Lorencez un general Frances casi invencible, aprendió a perder y retroceder…

La batalla de Puebla

La mañana del 5 de mayo de 1862 amaneció gris sobre Puebla.
No era solo el cielo: era un presagio.

Frente a los fuertes de Loreto y Guadalupe, los soldados mexicanos esperaban en silencio. No eran un ejército poderoso. Vestían ropa gastada, cargaban fusiles viejos, y algunos apenas sabían escribir su nombre. Venían de pueblos, de campos y de montañas: campesinos, artesanos, indígenas, jóvenes sin experiencia. Hombres que no soñaban con gloria, sino con defender lo poco que tenían: su tierra y su dignidad.

Del otro lado avanzaba el ejército francés, considerado el más poderoso del mundo. Marchaban con disciplina impecable y una seguridad casi arrogante. Su general, Charles Ferdinand Latrille, conde de Lorencez, estaba convencido de la victoria. Había escrito que con seis mil soldados ya era dueño de México.

Pero no entendió algo esencial:
México no se mide en armas, se mide en memoria y en dolor.

Cuando comenzó el ataque, la lluvia cayó como si la tierra misma llorara. El lodo frenaba el avance francés, mientras desde lo alto los mexicanos resistían. Cada disparo era un acto de fe. Cada caída, un sacrificio silencioso. No luchaban por un emperador, ni por fama, ni por conquista.

Luchaban por sus casas, por sus madres, por no volver a ser humillados por potencias extranjeras.

El general Ignacio Zaragoza, enfermo y agotado, observaba el combate con el peso de la historia sobre los hombros. Sabía que si caían ese día, México perdería algo más que una batalla: perdería el derecho a creer en sí mismo.

Y entonces ocurrió lo impensable.

El ejército francés retrocedió.
No por falta de armas, sino por falta de alma.

El empuje final vino del coraje inesperado de un joven general llamado Porfirio Díaz, quien —desobedeciendo órdenes— se lanzó al ataque, cambiando el rumbo del combate.

Cuando la derrota fue inevitable, Lorencez se retiró en silencio. Su fracaso no fue solo militar: fue moral. Aquella tarde, el ejército más poderoso del mundo fue vencido por un pueblo cansado de arrodillarse.

Los mexicanos no celebraron con euforia.
Celebraron con cansancio, con lágrimas, con incredulidad. Muchos no volverían a casa. Otros morirían años después sin reconocimiento.

Zaragoza mismo moriría meses más tarde, sin saber que su victoria sería eterna.

Pero ese día, Puebla demostró algo que aún duele recordar:

que México ha ganado sus batallas no porque tenga todo,
sino porque cuando ya no tiene nada,
aún le queda el coraje.