Una mujer que destruye matrimonios por todos los lugares donde pasa. Nació con

ese destino trazado en su propia sangre y por esa razón ningún esposo está

seguro cerca de ella. Durante años dejó un rastro, corazones rotos, esposas

sedientas de venganza, hogares vacíos. Pero en los desiertos de México hay

criaturas que se alimentan de pecadoras como ella. Criaturas que caminan entre los vivos, pero pertenecen a los

muertos. Y esta noche, bajo el cielo estrellado, el precio final de su

naturaleza peligrosa será cobrado. Tú estás escuchando el canal Legendarios

del Norte. Dime desde qué ciudad nos estás oyendo. Dale like al video y ahora

sí, vamos a comenzar. La historia de Estela comenzó 20 años

antes, en una noche que ella misma habría envidiado. El eclipse lunar de

1895 tiñó de sangre las tierras de Chihuahua.

Rosa la partera llegó al jacal de don Aurelio con las manos temblorosas y el

corazón galopando como caballo espantado. La mujer de don Aurelio,

Esperanza María, llevaba tres días de labor sin poder parir. La niña venía

atravesada con el cordón enredado en el cuello, como si ya desde el vientre

peleara contra su destino. “Ayúdame, Rosa!”, gritó don Aurelio desde la

puerta. El sombrero estrujado entre las manos callosas. Mi mujer se me muere y

la niña también. Rosa entró al jacal iluminado por velas de cebo que

parpadeaban como almas en pena. El aire olía a sangre fresca, copal quemado y

sudor de muerte. Esperanza María yacía sobre un petate extendido en el suelo de

tierra apisonada, los ojos vidriosos fijos en las vigas del techo, respirando

como animal herido. Está mal la cosa murmuró Rosa palpando el vientre

hinchado de la mujer. Esta chamaca no quiere nacer o algo no lo deja. Afuera,

la luna comenzaba a oscurecerse. Una sombra extraña se extendía sobre el astro como tinta derramada en agua

clara. Los coyotes aullaron desde los cerros lejanos, un coro de lamentos que

heló la sangre de quienes lo escucharon. Rosa trabajó con las manos expertas de

quien había traído al mundo a medio pueblo. Masó el vientre, murmuró oraciones en español y otras más

antiguas en Nahwatl que su abuela le había enseñado. Pero la niña seguía sin

venir, como si algo invisible la retuviera en las entrañas de su madre.

Mira la luna”, gritó don Aurelio desde afuera. Rosa alzó la vista hacia la

ventana. El eclipse había comenzado en serio. La luna llena se veía como un ojo

ensangrentado en el cielo negro, roja como la tierra después de la lluvia, pulsando con una luz que no era de este

mundo. En ese preciso instante, como si hubiera estado esperando esa señal, la

niña decidió nacer. Vino de golpe, resbalando entre las manos de Rosa como

pez mojado, pero no lloró. Se quedó allí silenciosa, con los ojos abiertos,

mirando directamente hacia la ventana, donde la luna roja brillaba como brasa

encendida. Rosa había visto nacer a cientos de niños, pero nunca una que

viniera al mundo con los ojos abiertos, como si ya supiera lo que la esperaba.

¿Está bien? preguntó don Aurelio acercándose. Rosa cortó el cordón

umbilical con manos temblorosas. Al limpiar a la recién nacida con un trapo

de manta, descubrió algo que la hizo persignarse tres veces seguidas. En el

cuello de la niña, justo donde el cordón había estado enredado, había una marca

rojiza con la forma perfecta de una luna creciente. “Está marcada”, susurró Rosa,

más para sí misma que para don Aurelio, marcada como Rosa envolvió a la niña en

un rebozo de lana y se la entregó al padre. La pequeña seguía sin llorar,

solo miraba con esos ojos demasiado viejos para una recién nacida, como si ya conociera secretos que los demás

tardarían años en aprender. “Esta chamaca va a traer problemas”, murmuró

Rosa recogiendo sus trastes. “Los que nacen en eclipse lunar, marcados por la

sangre del cielo, no viven vidas corrientes. Van a ser mujeres de pasión y desgracia.” Don Aurelio meció a su

hija contra el pecho. ¿Qué clase de problemas? Rosa miró una vez más hacia

la ventana. La luna seguía roja, pero la sombra comenzaba a retirarse lentamente.

De los que rompen juramentos, don Aurelio, de los que despiertan lo que

debe estar dormido. Esta niña va a ser mujer de hombres ajenos. No digas eso.

No lo digo yo, lo dice la marca que trae. Mire bien, jefe. Esa luna en el

cuello va a brillar cada vez que un hombre casado se le acerque y ellos van

a venir a ella como polillas a la lumbre, aunque tengan que quemar sus propias alas. Don Aurelio acarició la

frente de su hija. La niña había cerrado los ojos finalmente, pero la marca en su

cuello parecía pulsar con luz propia. Y no hay nada que se pueda hacer. Los

destinos que se escriben con sangre lunar no se borran con oraciones, don Aurelio, solo se cumplen. Esa misma

noche, Esperanza María murió en sus brazos, sonriendo como si hubiera visto

algo hermoso al otro lado de la muerte. Sus últimas palabras fueron para la

niña. Se va a llamar Estela. Estela, luna creciente. Don Aurelio enterró a su

esposa al amanecer cuando la luna había vuelto a su color natural y los gallos

cantaban desde los corrales. Pero algo había cambiado en el mundo esa noche.

Rosa lo supo cuando vio que las flores del patio habían florecido fuera de

temporada, como si el eclipse hubiera trastornado el orden natural de las

cosas. La niña creció fuerte como mezquite del