Bienvenido al canal Cuentos de Villa. Dinos desde dónde nos estás escuchando,

compadre. Déjanos tu like y agárrate, porque lo que viene te va a herizar

hasta los huesos. Cuando Vergar acercó pueblos y arrancó familias, una anciana

de 75 años se metió al cuartel enemigo. Armó la trampa perfecta y se plantó con

villa y los dorados. La tierra cobró la cuenta. Dicen que en Parral, cuando el

coronel Vergara mandó cerrar los caminos vecinales y cercar los pueblitos en

nombre de la reapertura del ferrocarril de los ascendados, una mujer de 75 años

bajó del altiplano como si fuera solo una vecina más en busca de algún

consuelo. Se presentó como Tomasa García, vendedora de tortillas y la

bandera de uniformes, con la espalda encorbada y los ojos que parecían demasiado cansados para ocultar cosa

alguna. En verdad traía en los pasos el peso de dos pérdidas y una promesa,

impedir que se llevaran a sus nietas como garantía de orden y reparar la

memoria de los dos hijos que desaparecieron dentro de pelotones federales sin registro y sin cruz. El

cerco de Vergara tenía un motivo material y directo. El coronel debía favores a asendados de Chihuahua y

Durango, gente que quería ver el riel respirar otra vez para retomar el comercio de ganado y plata. El precio lo

pagaría el pueblo con casas cateadas, hombres amarrados y mujeres contadas en

listas. Era un plan limpio en el papel, sucio en el alma. Y fue en eso donde

Tomasa vio la rendija por donde meter la mano. La casa de campaña del coronel

quedaba cerca del río, donde el agua era desviada por diques bajos al servicio de

las huertas del cuartel. Tomasa se ofreció para lavar uniformes allí mismo

en el punto que los soldados preferían, porque la corriente era mansa y la

sombra caía a plomo por las tardes. La rutina abrió puertas invisibles. Al

recoger botones, anotar tallas y devolver camisas, aprendió las contraseñas que intercambiaban en los

portones, los apodos de los sargentos, el humor de los tenientes. Al vender

tortillas en los corredores, escuchó que la munición llegaría por lomo de mula y

que la guarnición planeaba barridos nocturnos por las veredas. Nada de eso

tendría valor si ella no conociera desde los tiempos de Arriera la geografía por

dentro, nacientes escondidos bajo enros, la garganta estrecha del cañón del gato,

el lodo traicionero donde el agua dormía bajo costra seca. El sol del norte le

había enseñado que la tierra habla si uno sabe escuchar, y que los arroyos

secos de verano se vuelven trampas cuando el agua decide volver sin aviso.

Como nadie desconfiaba de la abuela que sabía sonreír mientras tallaba manchas de grasa, Tomasa comenzó a mover lo que

parecía intocable. No hizo gestos bruscos. se limitó a humedecer poco a

poco la pólvora de una caja que quedaba bajo una banca, un hilillo de agua

derramado como accidente, un trapo empapado aquí y allá, lo suficiente para

retrasar disparos y encender irritaciones, nada que despertara la furia de un oficial atento. En dos

semanas logró medir el tiempo de las guardias, la distancia entre silvatos,

la calidad de la ración. percibió que la tropa confiaba demasiado en las rutas

seguras señaladas por informantes pagados por Vergara. Allí puso la

semilla de la vuelta. Sugirió, con inocencia estudiada que el tal camino

por el cañón del gato era corto, protegido y con salida a tres ranchos

amigos. No ofreció la información directamente al coronel, pues sabía que un general

desconfía del origen humilde. Dejó que llegara por intermediarios vanidosos que

adoraban descubrir verdades en conversaciones de cocina. Fue así que,

sin levantar Polvareda, Tomasa trazó el contorno del golpe principal y cuando

todo estuvo listo para madurar, regresó a los alrededores para buscar a Pancho

Villa. No buscaba aplausos ni respeto ceremonioso. Necesitaba caballos,

silencio y la palabra de que nadie tocaría a los rehenes. Villa escuchó

porque había en él una ley que siempre pesó más que banderas. escuchar al

pueblo y rechazar la humillación como método. Vio en aquella mujer el mismo

brillo duro que ya había visto en campesinos que se levantaron por el agua y el maíz y entendió que el plan pedía

riesgo y precisión, no fuegos artificiales. Al lado de Villa venía

Rodolfo Fierro y un puñado de dorados, acostumbrados a actuar como cuchilla y

sombra. Y con ellos el sobrino de Tomasa, Rosendo, peón de hacienda, y

bueno de paso en las veredas. Sería él la pieza visible de la trampa. La razón

para usar a Rosendo no fue capricho de sangre. En el campamento de Vergara ya

murmuraban que el muchacho tenía miedo y podía ser trabajado. Tomasa se dio

cuenta de que si el sobrino se entregaba como desertor arrepentido, el coronel lo usaría para legitimar la incursión por

el cañón, vendiéndole a sus superiores una operación apoyada por fuente humana.

Era lo que Vergara necesitaba para redimirse de dos fracasos recientes,

escoltas retrasadas. y un convoy de sal robado en la noche con la navaja de la

necesidad en el cuello, deudas con señoríos y una silla amenazada por

rivales, aceptaría una ruta corta cuando le fuera servida con el condimento de la

vanidad. Tomasa convenció a Rosendo explicándole el orden y el sentido. Él

sería el hombre que guía hacia el lazo, no la presa en el lazo, y salvaría a las

niñas y a los viejos que tenían nombre y casa. Él aceptó porque conocía el rumor

de la lista de rehenes y porque creció oyendo que la honra sin coraje es solo