Natalia acariciaba su vientre de 7 meses como si fuera su boleto dorado hacia la fortuna eterna. Había logrado arrancar
al millonario de su esposa, destruido un matrimonio y asegurado su futuro brillante. Pero cuando Valentina entró
en aquella fiesta radiante con un sobre dorado en la mano, Natalia descubrió que algunas victorias pueden convertirse en
la mayor humillación pública de tu vida y que no todos los secretos permanecen enterrados para siempre. El teléfono de
Ricardo vibró sobre la mesa de noche exactamente a las 11 de la noche. Una vez, dos veces, tres veces seguidas.

Valentina estaba terminando de doblar la ropa limpia cuando el sonido insistente hizo que su corazón se acelerara sin
saber por qué. Algo en la forma en que ese aparato no dejaba de sonar le erizó
la piel. Era como si una voz invisible le gritara que mirara, que descubriera
lo que su instinto ya sabía, pero su mente se negaba a aceptar. Se acercó
despacio a la cama. El nombre en la pantalla brillaba con una insistencia casi burlona. Natalia. ¿Quién era
Natalia? En 12 años de matrimonio, Ricardo nunca había mencionado a ninguna Natalia, ni en la empresa, ni entre
amigos, ni en ninguna conversación casual. El corazón de Valentina comenzó a latir tan fuerte que podía escucharlo
en sus oídos. Sus manos temblaron cuando rozó el teléfono, sabiendo que lo que estaba a punto de descubrir cambiaría
todo para siempre. La pantalla se iluminó de nuevo. Otro mensaje y otro
más. Como si la tal Natalia no pudiera esperar ni un segundo más para hablar con el hombre que dormía en la ducha sin
saber que su mundo estaba a punto de explotar. Valentina miró hacia el baño,
escuchó el agua corriendo, la voz de Ricardo tarareando alguna canción que solía cantar cuando estaba feliz, más
feliz de lo que había estado en mucho tiempo. Ahora entendía por qué. Sus dedos se movieron solos, abriendo el
teléfono con la contraseña que conocía de memoria y entonces lo vio. Las palabras que destruirían todo lo que
había construido durante más de una década de su vida aparecieron frente a sus aparecieron ante ella como una
sentencia definitiva. Amor, ya no aguanto más esconder esto. Nuestro bebé
está creciendo dentro de mí y necesito que estés aquí. Te necesitamos.
Valentina repasó la frase una, dos, tres veces. Cada línea era como recibir una
bofetada. Bebé, nuestro bebé. ¿Cómo podía Ricardo estar esperando un hijo si
ellos llevaban años intentando tener uno sin éxito? ¿Cómo era posible que otra mujer estuviera viviendo el sueño que
ella había perseguido con tanta desesperación? Con las manos temblando tanto que apenas podía sostener el
teléfono, Valentina comenzó a subir por la conversación. Mensaje tras mensaje,
cada uno más devastador que el anterior. Había fotos, fotos de Natalia con ropa
íntima cara posando para Ricardo. Fotos de restaurantes lujosos, de hoteles que
Valentina reconocía porque Ricardo le había dicho que eran viajes de negocios. Mentiras. Todo había sido mentiras. Te
amo, mi esposo prestado. No puedo esperar a que te liberes de ella.
Nuestra hija va a nacer en el palacio que ella cree que es suyo, esposo prestado. Esas dos palabras atravesaron
el pecho de Valentina como una flecha envenenada. Así era como Natalia se refería a Ricardo, como si fuera un
objeto que eventualmente le pertenecería por completo. Y el palacio que ella creía suyo era la casa donde Valentina
había vivido, amado, llorado y soñado durante todos estos años. Las lágrimas
comenzaron a caer sin control. Valentina se sentó en el borde de la cama porque sus piernas ya no podían sostenerla.
Cuántas veces se había culpado por no poder darle un hijo a Ricardo. Cuántas
noches había llorado escondida en el baño, sintiéndose como una esposa incompleta, como una mujer que no
cumplía con lo que se esperaba de ella. Y ahora descubría que mientras ella sufría en silencio, él estaba creando
una familia nueva con otra mujer. Siguió leyendo. Los mensajes se volvían cada
vez más íntimos, más crueles. Natalia hablaba de los planes que tenían juntos,
de cómo Ricardo le había prometido divorciarse pronto, de cómo ya habían elegido el nombre de la bebé Sofía. Iban
a llamarla Sofía. El nombre que Valentina había guardado en su corazón durante años para la hija que nunca
llegó. ¿Cuándo le vas a decir, “Ya estoy de 7 meses, no puedo seguir escondiéndome.” 7 meses. Natalia estaba
embarazada de 7 meses. Eso significaba que Ricardo la había engañado durante casi todo ese tiempo. Todas esas noches
que llegaba tarde, todos esos fines de semana de trabajo, todas esas llamadas que atendía en el jardín. No eran
negocios, era Natalia. El sonido del agua se detuvo. Ricardo iba a salir del
baño en cualquier momento. Valentina colocó el teléfono exactamente donde estaba y trató de recomponerse, pero las
lágrimas no paraban. ¿Cómo iba a fingir que no sabía nada? ¿Cómo iba a mirarlo a la cara después de leer todo eso? La
puerta del baño se abrió. Ricardo salió con una toalla envuelta en la cintura, el cabello mojado cayendo sobre su
frente. Seguía tarareando esa canción. Se veía relajado, feliz. como un hombre
sin ninguna preocupación en el mundo, como un hombre que no acababa de destruir la vida de su esposa. ¿Qué
pasa, amor? La pregunta salió de su boca al ver el rostro destrozado de Valentina. ¿Por qué estás llorando?
Valentina lo miró. 12 años. 12 años compartiendo la vida con este hombre. 12
años construyendo sueños juntos. 12 años creyendo que eran un equipo y ahora lo
veía ahí parado, fingiendo inocencia, como si no estuviera viviendo una doble
vida. ¿Quién es Natalia? La pregunta cayó en el cuarto como una bomba.
Valentina vio como el rostro de Ricardo cambiaba completamente en una fracción de segundo. El color desapareció de sus
mejillas. Sus hombros se tensaron. La toalla casi se le cae de las manos. No
negó. No preguntó de qué Natalia estaba hablando, no fingió confusión,
simplemente supo que lo habían descubierto. ¿Cómo te enteraste? Su voz salió ronca, casi inaudible. Tu teléfono
no ha dejado de sonar. Ella te mandó mensajes diciéndote que vas a ser padre. Valentina trató de mantener la voz
firme, pero se estaba quebrando por dentro. que están esperando una hija que
ya no aguanta más esconderlo. Ricardo se dejó caer en la silla frente al tocador.
No la miraba a los ojos. Tenía la cabeza agachada como un niño que acaban de descubrir en una travesura. Pero esto no
era una travesura. Esto era la destrucción completa de todo lo que habían construido. Valentina, ¿puedo
explicarlo? ¿Explicar qué? La voz de ella subió de volumen. Todo el dolor
acumulado empezaba a transformarse en furia. que tienes una amante que está embarazada, que llevan planeando todo
esto a mis espaldas mientras yo me culpaba por no poder darte hijos. No fue planeado, simplemente sucedió.
Simplemente sucedió. Valentina repitió las palabras con incredulidad. Tropezaste y caíste sobre ella. Ella
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