La alarma del cementerio sonaba todas las mañanas, siempre a la misma hora.

Intrigado, el guardia fue a la sala de monitoreo y encendió las cámaras. Lo que apareció en la pantalla hizo que se le

helara la sangre. Augusto tenía 43 años y una vida entera

moldeada por horarios rígidos y silencios prolongados. Como guardia de seguridad del cementerio

municipal, conocía cada portón oxidado, cada árbol torcido y cada pasillo entre

tumbas mejor que cualquier calle de la ciudad. Siempre llegaba a la misma hora,

se acomodaba el abrigo, daba un sorbo al café ya frío y respiraba hondo antes de

comenzar la ronda. Solo una noche más pensaba, como si repetirlo todos los

días pudiera volverlas iguales. El viento de la madrugada se colaba

entre las lápidas, produciendo un sonido bajo, casi un susurro.

Augusto caminaba despacio, linterna firme en la mano, tratando de ignorar el

frío que parecía metérsele hasta los huesos. El cementerio municipal tenía

una atmósfera propia, un silencio que no era vacío, sino atento. A veces se

sorprendía hablándose a sí mismo. “Todo está en orden, como siempre”, murmuraba,

“mas para convencerse que por costumbre, hasta que sin previo aviso, la alarma

rompió la rutina. Un sonido agudo, insistente cortando la madrugada que ya

transitaba hacia el amanecer. Augusto miró el reloj en su muñeca y frunció el

ceño. 637. El cielo comenzaba a aclararse y el sol

intentaba salir detrás de los muros del cementerio. Otra vez, gruñó, sintiendo una

incomodidad extraña en el estómago. Era el tercer día seguido, siempre a la

misma hora, siempre en la misma zona del cementerio. Eso ya no parecía

coincidencia. fue hasta el panel, revisó los sensores,

pasó la mano por los cables. Todo parecía demasiado normal. Ninguna cerca

violada, ninguna señal de falla. “Esto ya me está sacando de quicio”, pensó

respirando hondo. El cementerio municipal era antiguo, sí, pero no al

punto de equivocarse con tanta precisión. La exactitud de ese horario empezaba a asustarlo. Esa noche algo

dentro de él le dijo que no bastaba con solo reparar. Augusto se sentó en la

sala de monitoreo y revisó las grabaciones. Las imágenes mostraban el cementerio

vacío, ahora bañado por una luz débil del amanecer con sombras largas entre

las tumbas. adelantó el video bostezando hasta que su cuerpo se quedó rígido en

la silla. “Espera, regresa eso”, susurró con la mano temblando sobre el mouse. En

la pantalla, un niño aparecía entre las tumbas. Un niño rubio, delgado,

demasiado pequeño para estar ahí solo a esa hora. Con el sol apenas comenzando a salir, Augusto sintió que el corazón se

le aceleraba. ¿Qué hace un niño aquí? preguntó en voz

alta como si alguien pudiera responderle. El niño caminaba despacio, mirando a su alrededor, como quien

conoce el camino, y no tiene prisa. El niño se detuvo frente a una lápida

específica, se arrodilló, tocó la piedra fría con cuidado y se quedó ahí unos

segundos inmóvil. Augusto se inclinó hacia adelante con los ojos bien abiertos.

No, no puede ser”, murmuró cuando vio al niño recostarse sobre la tierra

encogiendo el cuerpo como quien busca consuelo. Aquello no parecía un juego, parecía

rutina. Con el pecho oprimido, acercó la imagen.

El impacto llegó como un golpe. La fotografía grabada en la lápida era del mismo niño que estaba ahí respirando con

los ojos cerrados. El nombre en la piedra, Camilo. Debajo las fechas,

nacimiento, muerte. 6 meses atrás, Augusto sintió un escalofrío recorrerle

la espalda. “Murió hace 6 meses”, repitió en shock,

como si decirlo en voz alta pudiera cambiar lo absurdo. Las manos comenzaron

a sudarle. Parpadeó varias veces pensando que su mente le estaba jugando una mala pasada.

Esto no es real. Esto no es real, pensó. Pero los números no se movían. La imagen

no cambiaba. Ese niño estaba oficialmente muerto desde hacía medio año y aún así ahí estaba acostado sobre

su propia tumba en el cementerio municipal bajo la luz tenue del amanecer.

La alarma volvió a sonar en el video, marcando exactamente las 6:37

con el sol ya asomando en el horizonte. Augusto se llevó la mano a la boca,

sintiendo el corazón latir tan fuerte que parecía retumbar en la sala.

Dios mío se le escapó en un susurro áspero. Nunca había creído en nada más

allá de lo concreto, de lo visible, pero aquello desafiaba cualquier explicación

simple. Cuando la madrugada siguiente llegó a su fin y el amanecer tomó el

cielo, Augusto no pudo quedarse quieto. En cuanto la alarma se activó a las

6:37, corrió por los pasillos del cementerio, ahora iluminados por los primeros rayos

de sol, ignorando el cansancio y el miedo creciente. La linterna temblaba en

su mano, casi inútil con la claridad naciente, la respiración corta.

Tranquilo, tranquilo”, se decía, intentando no entrar en pánico antes de verlo con sus propios ojos. llegó a la

tumba de Camilo jadeando. Iluminó el suelo, la lápida, los alrededores. Nada,

ningún niño, ningún movimiento, ninguna sombra, solo la piedra fría con las

mismas fechas grabadas, confirmando que ese niño debía llevar 6 meses muerto.

Augusto tragó saliva sintiendo un vacío extraño en el pecho. Se agachó y pasó la

mano por la tierra lisa. Estuviste aquí. Yo te vi. pensó con la mente girando sin encontrar

respuestas. No había huellas ni señales de que alguien hubiera pasado por ahí.

Era como si el niño simplemente se hubiera desvanecido en el aire junto con la última neblina de la madrugada.

Augusto se levantó despacio mirando alrededor del cementerio municipal, ahora bañado por la luz del sol

naciente. El miedo comenzaba a mezclarse con algo más pesado, una sensación de que ese