No me toques más, ya no sirves para nada ni para lavar bien la ropa. Ana sintió

cómo se le rompía el alma mientras recogía la última prenda de su esposo. Óscar la acababa de echar de la casa que

ella misma había sostenido por años. Tú prometías ser mi reina, pero solo fuiste

una carga. Lárgate antes que llegue mi nueva mujer. Lo que Óscar no sabía es

que esa mujer que creía una carga estaba a punto de convertirse en lo que él siempre quiso y él se convertiría en lo

que siempre odio. Suscríbete antes de empezar. Esta historia te va a romper y

reconstruir al mismo tiempo. Ana llevaba dos horas lavando ropa a mano. El jabón

áspero le había resecado las manos y el agua fría no ayudaba con los dolores de sus articulaciones. Se inclinaba una y

otra vez sobre la pila con los brazos ya adoloridos. Afuera, el sol rajaba el

cemento del patio. Adentro, Óscar roncaba en el sofá como si nada pasara.

Desde que se casaron, Ana había asumido todo. Ella cocinaba, limpiaba, trabajaba

como ayudante en una casa vecina y además soportaba los desprecios de un hombre que ya no la miraba con cariño,

solo con impaciencia. A veces pensaba que estaba con un extraño, un hombre que alguna vez prometió levantar un hogar a

su lado, pero que ahora ni siquiera la veía a los ojos cuando le hablaba. ¿Ya

está lista la comida o vas a seguir perdiendo el tiempo con la ropa? gritó Óscar desde la sala sin

levantarse. Ana tragó en seco, cerró el grifo, se secó las manos con un trapo

sucio colgado en la ventana y caminó hacia la cocina. Abrió la olla,

frijoles, otra vez, no había para más. Había estirado los pocos billetes que le

quedaban comprando arroz, huevos y jabón. Estoy calentando los frijoles. En

5 minutos está listo”, dijo ella sin mirarlo. Óscar bufó. “Otra vez frijoles.

¿Hasta cuándo, Ana? Ya me tienes harto con tu menú de pobre.” Esa frase le cayó

como un ladrillo al pecho, no porque no la esperara. Ya se había acostumbrado a ese tipo de comentarios, sino porque

cada vez dolía más oír como el hombre que una vez le decía, “Mi reina”. Ahora

solo la llamaba inútil Oscarga. Ana tenía sueños, muchos. Quiso estudiar

contabilidad, abrir una pequeña tienda, incluso aprendió a hacer jabones

artesanales para vender. Pero Óscar siempre encontraba la manera de sabotear sus ideas.

¿Y si empiezo a vender los jabones? Vi que a Doña Teresa le va bien con eso. Le

había dicho semanas atrás. ¿Y ahora qué? ¿Te crees empresaria? ¿No ves que no

sirves para eso? Ocúpate mejor de lavar mi ropa. Las ilusiones de Ana se deshacían una tras otra, como la espuma

que se llevaba el agua por el desagüe. Ella se repetía a sí misma que lo hacía por amor, que el matrimonio era para

siempre, que todas las parejas tenían altibajos, pero con el tiempo se dio cuenta de que no era un bache, era una

caída en picada. Una vez, mientras recogía los platos sucios después de la cena, escuchó a

Óscar hablando por teléfono en el cuarto. No pudo evitar poner atención.

No, amor, esa mujer no significa nada. Solo estoy esperando el momento.

Tranquila, pronto estaré libre, decía con una voz suave, una voz que ella no

había oído dirigida a ella en años. Ana no lloró. No en ese momento, simplemente

apagó la luz, se fue al patio y se quedó mirando el cielo oscuro. No había

estrellas, solo una negrura profunda que parecía tragarlo todo. Cuando regresó a

la cocina, encontró a Óscar sentado a la mesa. “¿Qué miras?”, le dijo con

desprecio. “¿Te crees víctima ahora?” “No, respondió Ana en voz baja.

Entonces, apúrate con el café. La rutina era siempre la misma. trabajar, servir,

callar. Lo único que había cambiado eran los insultos, cada vez más frecuentes y

más directos. Ana ya no era su esposa, era su sirvienta. Un día, mientras

barría el piso, se le cayó la escoba. Se agachó para recogerla y en ese instante

se mareó. Le temblaron las piernas, se apoyó contra la pared. No era la escoba, era

el peso de todo lo que cargaba, el cansancio acumulado, la frustración contenida, el hambre de ser vista,

amada, respetada, y aún no sabía lo peor. Óscar ya estaba preparando su

salida. Ana despertó antes de que saliera el sol. Tenía que preparar el desayuno de Óscar antes de que él

abriera los ojos. Si no vendrían los gritos, los reproches, el mal humor,

todo lo que ya formaba parte de su rutina diaria. Caminó descalza hasta la cocina para no despertarlo.

Encendió la estufa con cuidado, tratando de que el fósforo no hiciera demasiado ruido. Hacía calor. El ventilador apenas

giraba y el olor a humedad impregnaba las paredes. Mientras el agua hervía, pensó en su vida. ¿Cómo había llegado

hasta ahí? ¿En qué momento dejó de importar lo que ella sentía?

Volteó a ver su reflejo en la pequeña ventana de la cocina. Su rostro parecía cansado, como si tuviera 10 años más. La

piel pálida, los ojos sin brillo, no se reconocía. En ese momento, la voz de

Óscar rompió el silencio como un latigazo. Otra vez pan duro con café aguado. Eso es lo mejor que puedes

darme. Ana se giró de golpe, sorprendida de que ya estuviera de pie. Es lo que

hay, Óscar. Tú sabes que el dinero no alcanzó esta semana. Claro, porque tú no

sabes administrar ni una alcancía. ¿Y para qué te matas trabajando si seguimos

viviendo como animales? Ana no contestó porque ya lo había hecho antes y nunca

servía de nada porque cualquier palabra suya era tomada como una excusa.

Eres una mujer sin aspiraciones, ni siquiera sabes arreglarte.

¿No te das cuenta de lo que te has convertido? Dijo él mientras la miraba de arriba a abajo con asco. Ana bajó la mirada.

Llevaba una camiseta vieja con manchas de cloro, un pantalón gastado y el cabello recogido en un moño desordenado.

No era su mejor versión, lo sabía, pero tampoco era una mujer sin valor, solo

que él ya no podía verlo. O peor aún, no quería. Yo no me casé con esto. Me casé

con una mujer que me prometió que íbamos a tener algo grande. Me vendiste sueños y mira dónde estamos. Lo intenté todo,