El olor a pólvora llegó antes del grito y cuando la raza miró, ya era tarde. En

el patio de la hacienda San Rafael, bajo el sol implacable de Chihuahua, una

mujer colgaba del mezquite con las manos amarradas arriba de la cabeza. No lloraba, no suplicaba. Sus ojos negros

como obsidiana [música] miraban fijo al coronel Esteban Villareal, el federal

más despiadado que la revolución había conocido. Isabela. La fiera Montoya,

[música] 28 años, comandante de caballería de la división [música] del norte, la mujer

que había cabalgado con Villa en Columbus, la estratega que diseñó la toma de Torreón, la guerrera que nunca

jamás había [música] retrocedido un paso en batalla. Morena clara con el rostro

marcado por el sol del desierto, las [música] trenzas largas, antes amarradas

con fita roja, ahora deshechas y sucias de polvo. Las cartucheras cruzadas, que

siempre cargaba con orgullo, [música] habían sido arrancadas de su pecho. Su Winchester 3030, el rifle que había

matado a 17 federales en Zacatecas, ahora estaba en manos del coronel como

trofeo de guerra. Pero sus ojos, órale compadres, presten atención a esto. Sus

ojos aún ardían con el fuego que hace que los hombres tiemblen [música] y que los cobardes huyan. Su único

crimen, creer que México podía ser libre. Villareal, con la casaca federal

perfectamente planchada y las botas relucientes de sangre ajena, fumaba un puro cubano mientras observaba su

trofeo. Había mandado imprimir 500 cartaces que [música] ahora cubrían cada

cantina, cada plaza, cada iglesia, desde Chihuahua hasta Durango. Vengan a ver la

caída de la revolución. [música] La fiera Montoya será ejecutada. Hoy

muere el sueño de Pancho Villa. El coronel levantó su copa de coñac francés

y sonró. Había ganado. Villa había huído como rata a las montañas. [música]

La revolución estaba muerta y él, Esteban Villareal, sería recordado como

el hombre que quebró el espíritu del centauro del norte. Lo que el coronel no

sabía, lo que ni sus informantes, ni sus espías, [música] ni sus 300 rurales pudieron descubrir,

era que a 200 km, [música] en las cuevas más oscuras de la Sierra Madre, donde ni

las águilas se atreven a volar, Pancho Villa no huía. Villa esperaba. Y en el

norte, compadres, [música] cuando villa espera no es cobardía, es estrategia, es

paciencia del Jaguar que observa desde las sombras. Es silencio de la serpiente

antes de morder. Agárrense, compadres, que [música] esta historia les va a hervir la sangre. Pero antes de empezar

a hacer un trato. Va. Dale like a este video para ayudar a este contador [música] de historias a seguir trayendo

las leyendas verdaderas de la Revolución Mexicana. Es rapidito, no cuesta nada y

hace toda la diferencia para que más raza conozca estas historias de nuestro norte bravo. Y la suscripción, órale,

dale al botoncito rojo, activa la campanita, [música] que todos los días hay historia nueva

con sangre, coraje y justicia [música] del modo que solo México sabe hacer. El

norte no olvida, compadres, y nosotros tampoco olvidamos [música] a quien acompaña estas pláticas. Ahora

acomódense ahí que les voy a contar derechito cómo fue que todo empezó. Pero

para entender esta historia hay que volver al principio. Hay que conocer quién era Isabela Montoya antes de que

el [música] norte la llamara la fiera. Isabela nació en un rancho pequeño cerca de Parral, Durango. Su padre, don

Ricardo Montoya, [música] era vaquero que conocía cada palmo del desierto de Chihuahua. Su madre, doña

Elena, era curandera respetada que sabía curar [música] desde el mal de ojo hasta

heridas de bala. Desde niña, Isabela no quería jugar con muñecas, quería montar

caballos, quería aprender a lazo, quería disparar rifles como su padre. “Las

niñas no hacen esas cosas”, decían las vecinas escandalizadas. Mi hija hace lo

que su corazón le pide”, respondía don Ricardo y le enseñó todo. Montar,

disparar, rastrear, sobrevivir en el desierto. A los 15 años Isabela podía

domar potros que tres vaqueros adultos no podían controlar. A los 17 su

puntería con rifle [música] era mejor que la de cualquier hombre del rancho. A los 20 conocía la sierra como las líneas

[música] de su propia mano. Y entonces llegó la revolución. Un día de noviembre

de 1910, los federales de Porfirio Díaz llegaron al rancho de los Montoya.

[música] Buscaban rebeldes. No encontraron rebeldes, pero encontraron un rancho con

tierras fértiles que el ascendado vecino quería comprar. Don Ricardo se negó a

vender. [música] Era tierra de su abuelo, tierra que su familia había trabajado durante 60 años. Los federales

no negocian, [música] con padres. Los federales toman. Le dieron 24 horas para

abandonar el rancho o morir en él. Don Ricardo [música] escogió la muerte.

Isabela, escondida en el granero con su madre vio todo. Vio cómo amarraron a su

padre al poste del corral. Vio como el capitán federal le preguntó una última vez. Vio como don Ricardo escupió en la

cara del militar. [música] Vio la descarga de fusilamiento que convirtió a su padre en memoria. Algo dentro de

Isabela murió ese día. O tal vez no murió. Tal vez se transformó, se

endureció, se volvió acero templado en el fuego de la injusticia. “Voy a cobrar

esta deuda”, juró Isabela sobre el cuerpo de su padre. “Por ti, por México,

por cada campesino [música] que murió por defender lo que es suyo. Su madre intentó detenerla. Eres mujer, hija. Los

federales no perdonan. Ser mujer no me hace débil”, respondió Isabela. me hace

subestimada y eso es mi ventaja. Se cortó el pelo, se vistió [música] como

hombre, tomó el Winchester de su padre y la Colt [música] P 45 que él guardaba

para ocasiones especiales. Tomó el caballo más rápido del rancho y cabalgó

hacia la sierra buscando a Pancho [música] Villa. Órale, pero ahora escuchen cómo fue el primer encuentro

entre Villa y la Fiera, que esta [música] parte no está en ningún libro de historia oficial. Isabela tardó tres