
Don Arnulfo le apretó la muñeca frente a todos y le dijo que al amanecer le
quitaba el puesto si no pagaba. Yaret vio al forastero descalso a punto de
desplomarse, se quitó sus haaraches y se los puso sin pensarlo. Si hacía ese
camino así, llegaría tarde, perdería el trabajo y su hijo se quedaría sin
medicina. Y si no lo hacía, ese hombre no alcanzaría a recuperar a su niña. La
lona del puesto temblaba con el viento de la sierra y el polvo se metía hasta
en la garganta. Sobre la mesa, Yaretsi tenía un puñito de monedas que no
alcanzaban ni para el orgullo, y una bolsa arrugada con un frasco casi vacío
que decía el nombre de Gael. Ese frasco era su reloj. Cada vez que lo veía,
sentía que el tiempo se le acababa. Don Arnulfo no necesitaba gritar para
humillar. Hablaba bajito, como quien no pide permiso. Hoy se corta Yaretsi. Hoy
ya no es de a poquito. Ella tragó saliva y apretó el borde de la mesa. Deme
chance. Mañana, mañana, sonró él. Y esa sonrisa no tenía nada de alegría. Mañana
ya no hay puesto, mañana ya no hay permiso, mañana vas a vender aire. Yeti
miró alrededor buscando una cara amiga, pero en ese tramo de carretera la gente
aprende a voltear hacia otro lado. Nadie quería que don Arnulfo lo volteara a ver
a él. En ese instante, del otro lado de la carretera apareció el forastero. No
llegó caminando, llegó arrastrando el cuerpo. Traía la camisa pegada a la
espalda por el sudor y por la tierra y los pies. Los pies eran una promesa
rota. Se le veía la piel abierta, la sangre seca, la planta marcada por
piedras. iba sin zapatos, como si el camino se los hubiera tragado. Se acercó
al puesto y no pidió comida. Primero pidió agua, “Por favor”, dijo, y su voz
era de alguien que había pedido demasiado en un solo día. Yareti, vio el vaso, vio el garrafón, vio las monedas.
Cada cosa tenía peso, cada cosa era un sí a una cosa y un no a otra. Don
Arnulfo chasqueó la lengua. Mira nás, hasta adoptas. Yaretsi sintió la
vergüenza subiéndole a la cara, pero lo que la movió no fue la vergüenza, fue
otra cosa. Fue ver que el forastero no estaba actuando, no estaba fingiendo.
Ese cansancio no se puede inventar. Le sirvió agua. El forastero la tomó con
dos manos, como si fuera un regalo demasiado grande. Gracias, dijo.
Necesito llegar a San Miguel de las Piedras antes de que cierren el portón del albergue. Yaretsi frunció el ceño.
No hay camiones. Con el derrumbe nadie sube. Lo sé, respondió él. Por eso, por
eso, por eso necesito caminar por el tramo viejo. Si no llego hoy, se llevan
a mi niña. Esa última frase le quedó colgando en el aire como un golpe. Se
llevan a mi niña, no dijo, me la quitan. No, dijo, la pierdo. Dijo, se la llevan.
Como si ya lo hubiera visto pasar y como si todavía no lo aceptara. Don Arnulfo
dio un paso hacia él. Y yo, ¿qué? También me vas a pedir agua porque aquí
nada es gratis. El forastero bajó la mirada. No quiero problemas. Problemas
ya tienes, dijo don Arnulfo señalándolo con el dedo. Y tú, apuntó a Yaretsi. Ya
tienes deuda. Yaretsi sintió que se le cerraba el pecho como cuando a Gael le
falta el aire. Solo que ahora no era asma, era miedo. El forastero miró los
pies de Yaretsi, miró sus huaraches, miró sus propias plantas abiertas y no
pidió, no se atrevió a pedir. Yaretó aire, se agachó y con manos rápidas se
desatóraches. ¿Qué haces?, soltó don Arnulfo como si el control se le escapara por un
segundo. Yaretsi no respondió. le puso los haraches al forastero, ajustó las
tiras y cuando se enderezó, el frío de la piedra le mordió la planta del pie
como un castigo inmediato. “Camina”, le dijo al forastero, y su voz le salió más
firme de lo que se sentía. “Si te caes aquí, te levantan como costal.” El
forastero la miró con un susto limpio. “No, no puedo aceptar.” Sí puedes,
respondió ella, y se señaló su propio pecho, como si ahí guardara un secreto.
Porque yo ya acepté perder algo y no me gusta repetir decisiones. Ahí quedó
marcada la consecuencia. Yaretsi se quedó descalsa frente a don Arnulfo, frente a la carretera, frente a
los ojos que iban a juzgar sin preguntar y frente a la deuda que ya no iba a
poder pagar. Como prometió don Arnulfo, dio una carcajada seca. Ah, mira la
santa, te vas a arrepentir y cuando te arrepientas yo no voy a estar. Yaretsi
apretó los dientes. Usted siempre está claro dijo él inclinándose para que ella
lo oyera bien, porque los que deben siempre vuelven. Se fue caminando lento,
como quien deja la amenaza sembrada para cosecharla después. Y Yaretsi sintió que
el piso se hundía, aunque era piedra dura. El forastero dio un paso, luego
otro. Se detuvo. Me llamo Elías, dijo. No tengo con qué pagarte. Yo no hice
esto por pago contestó Yaretsi y se arrepintió de sonar noble. Lo hice
porque me urgía que no te cayeras aquí mismo. Elías miró hacia el camino. Si no
llego, se la llevan. No sé a dónde, solo sé que hoy es el último día. Yaretsi
pensó en Gael y en su respiración nocturna, en esa forma de dormir con la
boca abierta, buscando aire como si el aire fuera prestado, y sintió que una
cosa se le juntaba con la otra y ya no podía separar con pasión de miedo. “Te
acompaño un tramo”, dijo. Y al decirlo, supo que estaba metiéndose en un
problema más grande. No por ti, por mí. Si te pasa algo y me lo cuentan, no me
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