¡Órale, sigue cabando, perracoja. Te voy a usar de ejemplo para que todo el que ayude bandidos en mi tierra

termine igual que tú.” Las manos sangraban tanto que ya no sentía los dedos. Marlén excavaba

desesperadamente, sus palmas destrozadas arañando la tierra reseca como garras rotas,

mientras el sol de Chihuahua le quemaba la espalda desnuda. Dos días llevaba

cabando su propia tumba, amarrada del cuello como un animal y los guardias

federales se burlaban de cada gemido que se le escapaba. “Mas hondo tuida!”, le

gritó Chema el coyote pateando tierra dentro del hoyo. Don Vanildo, quiere

tres palmos más o te enterraremos viva de una vez. Marlene no respondía. No

podía. Sus labios partidos por la sed apenas conseguían moverse y hacía 48

horas que no probaba una gota de agua. La humillación era tan profunda como la

fosa que cababa. Cada movimiento era una agonía. el esfuerzo sobrehumano de una

mujer sin piernas tratando de excavar tierra dura, usando solo las manos y la

fuerza de sus hombros. La sangre se mezclaba con el polvo, creando un barro

rojizo que manchaba la tierra seca del desierto chihuahuense. El crimen que la

había llevado a esta situación parecía ridículo para cualquier persona sensata.

Dos meses antes, en una noche fría del invierno de 1914,

cinco hombres habían invadido su jacal miserable en los márgenes de la

hacienda, el águila dorada. eran revolucionarios armados hasta los dientes. Y el último en entrar fue el

mismísimo Pancho Villa, el hombre más temido y respetado del norte de México.

Agua, había exigido Villa señalando la olla de barro que colgaba de una viga.

Marlen, sin dudar un segundo, les había servido toda el agua que tenía junto con

los últimos frijoles de su despensa. No pidió nada a cambio. En el desierto, la

hospitalidad no se niega a nadie, ni siquiera a revolucionarios fugitivos.

Los hombres habían bebido y comido en silencio mientras Villa observaba el humilde Jacal con ojos calculistas. No

había nada que robar en esa casa de adobe agrietado, donde solo vivía una mujer parapléjica que sobrevivía de la

caridad ajena. Pero antes de marcharse, Joseph, un joven villista de ojos

bondadosos, había dejado discretamente un saco de provisiones bajo el petate de

Marlí. “Dios se lo pague, señora”, le había susurrado y después había seguido

a villa hacia la noche nevada. Ese pequeño gesto de gratitud fue suficiente

para que semanas más tarde, cuando don Vanildo Vasconcelo se enteró de que la

tullida había ayudado a los rebeldes, decidiera hacer de ella un ejemplo que

recordarían en toda la región. El hacendado, aliado fiel de las fuerzas

federales y conocido por su crueldad hacia los peones, tenía fama de no

perdonar ni la más mínima traición. En mis tierras no se ayuda a bandidos”,

había declarado don Vanildo mientras sus guardias la arrastraban de la casa. vas

a acabar tu propia sepultura, desgraciada, y cuando termines te vamos a enterrar viva para que aprendas lo que

pasa cuando se protege a enemigos de la patria. habían amarrado del cuello a una

estaca como a una bestia. Y ahí llevaba dos días bajo el sol despiadado,

excavando con manos que ya no sentía, mientras el Capitán Rodríguez y sus federales vigilaban desde la sombra de

un mezquite cercano. La sed era la peor tortura. La garganta le raspaba, la

lengua parecía un pedazo de cuero seco y los pensamientos se volvían confusos,

turbios como el agua enlodada de los charcos después de la lluvia. Cada palada de tierra era un martirio. Pero

don Vanildo había sido muy claro. No pararía hasta que la tumba tuviera la

profundidad exacta. ¿Ya te cansaste, tuida?”, se burló Chema el coyote,

acercándose con una jarra de agua que balanceaba frente a los ojos de Marlín

sin permitirle beber. “Don Banildo dice que cuando termines esta obra de arte te

va a dar agua toda la que quieras desde arriba.” Los guardias se rieron con ganas de la

broma macabra, pero su risa se cortó de golpe cuando uno de los vigías federales

apareció corriendo desde la loma. Capitán Rodríguez, polvareda en el

horizonte, viene hacia acá. El capitán bajó los binoculares y palideció. En la

distancia, una nube de polvo se alzaba contra el cielo azul del desierto y al

frente de esa nube cabalgaba un jinete en un caballo que parecía volar

sobre la tierra. Era Pancho Villa montando a siete leguas, seguido por 30

de sus dorados, y venían a toda velocidad hacia la hacienda. Josef había

cumplido su palabra silenciosa. Villa detuvo a siete leguas en lo alto de la

loma, estudiando la escena con ojos de halcón. A sus espaldas, 30 jinetes

armados esperaban la orden de atacar, sus carabinas brillando bajo el sol del mediodía. Pero Villa no tenía prisa.

Primero quería ver exactamente lo que estaba pasando en el patio de la hacienda, el Águila Dorada. Joseph tenía

razón. murmuró Petra Herrera acercando su caballo al de Villa. Mira cómo tienen

a la pobre mujer. Desde esa distancia podían ver perfectamente a Marl,

amarrada como un animal, excavando desesperadamente mientras los federales

la vigilaban. Villa apretó la mandíbula, sintiendo esa furia fría que lo invadía

cuando veía abusos contra los indefensos. Era la misma rabia que había

sentido cuando los ascendados azotaban a los peones, cuando los federales

violaban a las muchachas del pueblo, cuando los ricos humillaban a los pobres

solo porque podían hacerlo. Rodolfo dijo sin apartar los ojos del

patio, quiero que rodees la casa por el lado oeste con 10 hombres. Tomás, tú te