
¿Ustedes creen que soy cruel? Cruel es la maldición que esta criatura del
demonio trajo a nuestras vidas. Miren sus ojos rosados. ¿No ven la marca del Mi esposa murió por su culpa. El
ganado se enfermó por su culpa y la sequía llegó por su culpa. Dios me
ordena purificarla con fuego sagrado para salvar nuestro pueblo.
La gente alrededor miraba en silencio. Algunos creían en la maldición. Los que
no, simplemente no podían hacer nada contra el hombre que mandaba en toda la región. Las llamas empezaron a subir y
las lágrimas de la niñita comenzaron a caer mientras rezaba bajito. Tú estás
escuchando el canal Legendarios del Norte. Dime desde qué ciudad nos estás oyendo. Dale like al video. Y ahora sí,
vamos a comenzar. El norte de Chihuahua en 1913
era tierra donde Dios y el peleaban cada amanecer y nadie sabía
quién ganaría al final del día. En el rancho Las Tres Cruces, enclavado entre
cerros, pelones y arroyos secos, don Rutilio Talino era amo y señor de todo
lo que alcanzaba la vista. Sus tierras se extendían por leguas y leguas,
tragándose rancherías enteras como serpiente hambrienta del desierto. El
hacendado no era hombre de medias tintas. A los 52 años llevaba grabadas
en el cuerpo las cicatrices de una vida construida a punta de rifle y machete.
Una marca profunda le cruzaba la cara izquierda, recuerdo de una riña con
machetes contra un rival político que terminó enterrado en el monte. Los ojos
pequeños y astutos nunca parpadeaban cuando ordenaba un castigo, y las manos
gruesas como raíces de mezquite habían estrangulado más de una garganta rebelde. Don Rutilio controlaba más de
1000 cabezas de ganado, tres pozos de agua que valían su peso en oro durante
las secas y mantenía bajo su yugo a cerca de 400 familias de peones. El
pueblo de las tres cruces había crecido a la sombra de su casa grande como tumor
maligno. Jacales de adobe se amontonaban en calles de tierra donde el polvo
levantado por los caballos de sus guardias se mezclaba con el sudor de los
trabajadores, que vivían con miedo perpetuo. En aquellas tierras no había
ley federal que valiera un peso. La palabra del patrón era más sagrada que
la misa del domingo y más temida que la revolución que desangraba al país. Los
revolucionarios peleaban en otras partes, pero en las tres cruces solo mandaba un hombre y ese hombre tenía
pactos secretos con quien le conviniera según soplaran los vientos de la guerra.
Fue en ese infierno que una mañana de diciembre de 1905
nació Rosita. La partera, una india vieja llamada Soledad, casi deja caer a
la criatura cuando la vio por primera vez. La niña era blanca como la cal fresca, con cabellos finos del color de
la plata y ojos color de rosa, que parecían dos flores raras clavadas en
nieve. Virgen santísima,” murmuró Soledad, persignándose tres veces
seguidas. “¿Qué cosa es esta que Dios nuestro Señor mandó a la tierra?” La
madre Rosana, todavía exhausta del parto, extendió los brazos temblorosos
para recibir a su hija. Cuando vio a la criatura, un grito se le atoró en la
garganta como espina de nopal. El marido Tomás, un vaquero curtido y
supersticioso, retrocedió hasta pegar la espalda contra la pared de adobe. Eso no es hija mía,
dijo con voz ronca de espanto. Eso es cosa del chamuco. La noticia se regó por
el rancho como pólvora mojada que de repente prende. Antes de que se metiera
el sol, todo mundo en las tres cruces sabía del nacimiento de la niña
fantasma. Los viejos meneeaban la cabeza murmurando jaculatorias.
Las mujeres se persignaban al pasar cerca del jacal de Tomás. Los niños corrían a esconderse cuando alguien
mencionaba a la criatura Don Rutilio Talino recibió la información de
boca de Jacinto, su jefe de guardias blancas. Un hombre bajo y macizo,
conocido por su crueldad hasta entre los propios compañeros. Jacinto tenía la
boca chueca y un diente de oro que brillaba cuando sonreía como coyote.
“Patrón”, le dijo, “nació una criatura rara en el jacal del vaquero Tomás. La
gente dice que es cosa del demonio. El acendado estaba sentado en el corredor
de su casa grande, bebiendo café y planeando la compra de más tierras,
aprovechando que la revolución tenía a muchos rancheros quebrados y desesperados por vender. Interrumpió la
lectura de una carta llegada desde la capital del estado y clavó los ojos en su subordinado con interés que daba
miedo. ¿Qué tipo de rara? preguntó. Blanca como papel de china, patrón. Pelo
amarillo claro y los ojos, ay Dios santo, los ojos son color de rosa. La
gente anda muy asustada, dicen que es malagüero. Don Rutilio se quedó callado
un largo rato, los dedos gruesos tamborileando sobre la mesa de madera oscura como garras de zopilote. Era
hombre de muchas creencias y supersticiones, como la mayoría de la gente del norte. creía en nagualismo, en
aparecidos y en todas las maldiciones que poblaban las noches del desierto.
También creía que Dios castigaba a los pueblos mandándoles señales terribles cuando se portaban mal. “Manda traer al
Tomás aquí mañana temprano,” ordenó finalmente. “Quiero ver a esa criatura
con mis propios ojos.” En la madrugada siguiente, Tomás subió
la loma que llevaba a la casa grande con el corazón apretado como puño. Cargaba a
la hija envuelta en un rebozo desilachado, cuidando que nadie la viera. Rosana había llorado toda la
noche suplicándole que no llevara a la niña, pero desobedecer al patrón significaba muerte segura para toda la
familia. La casa grande de don Rutilio era un caserón de dos pisos con paredes
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