
La piedra le arrancó dos dientes. Lupita escupió sangre sobre el polvo mientras
los hombres reían como llenas. Y don Severiano Ochoa aplaudía desde su silla
como si estuviera en el teatro. Otra vez, ordenó el ascendado y sus guardias
agarraron la silla de ruedas de la niña para hacerla girar mientras le tiraban más piedras. Lupita no gritó. Ya había
aprendido que gritar solo los hacía reír más fuerte. Lo que ninguno de esos hombres sabía es
que el tío de esa niña de 12 años era Rodolfo Fierro y que esa risa les iba a
costar la vida. Tú estás escuchando el canal Legendarios del Norte. Dime desde
qué ciudad nos estás oyendo. Dale like al video y ahora sí, vamos a comenzar.
En ese momento, en el patio de la hacienda la Providencia, bajo el sol que convertía el desierto de Chihuahua en un
horno de Dios, Lupita Fierro solo era una niña rota intentando sobrevivir un
día más. Don Severiano se levantó de su silla con esfuerzo, la panza enorme
temblando bajo la camisa de lino fino empapada en sudor y caminó hasta donde
la niña estaba sangrando. Se agachó, le agarró la cara con una mano gorda llena
de anillos de oro y la obligó a mirarlo. ¿Sabes por qué hago esto, Escuincla?,
preguntó con voz suave, casi tierna, como si le estuviera enseñando una
lección importante. Porque puedo, porque en estas tierras yo soy la ley, yo soy
Dios y tú no eres nada más que una limosnerita tullida que come mis sobras.
escupió en el suelo junto a la rueda de la silla. Y porque tu tío, ese perro de
Rodolfo Fierro, necesita aprender que no puede andar haciendo su revolución de muertos de hambre sin que haya
consecuencias. ¿Crees que no sé quién eres? Llevo tres semanas esperando que ese cobarde venga
por ti, pero parece que no le importas tanto como pensaba. Lupita cerró los
ojos. Las lágrimas le quemaban las mejillas donde la piedra había abierto
la piel, mezclándose con la sangre que le salía de la boca. Don Severiano tenía
razón en una cosa. Llevaba tres semanas ahí. Tres semanas desde que las guardias
blancas del hacendado habían llegado al rancho donde vivía con sus padres, buscando información sobre los
movimientos villistas. Su padre, un hombre callado que nunca se metía en
política, había intentado protegerla cuando los guardias empezaron a registrar la casa. “Déjenla, es solo una
niña”, había dicho poniéndose delante de la silla de ruedas. Don Severiano, que
comandaba personalmente esa expedición, había sacado su pistola y le había
disparado en la cara, sin decir una palabra, como quien mata a un perro que
ladra demasiado. El cuerpo de su padre cayó sobre ella, todavía caliente, la
sangre empapándole el vestido. Su madre, la hermana menor de Rodolfo Fierro,
había gritado y se había lanzado contra el asendado con las manos desnudas.
Don Severiano la golpeó con la cacha de la pistola una, dos, tres veces, hasta
que ella dejó de moverse y quedó tirada en el suelo de tierra, respirando de
forma irregular, la cara convertida en una máscara de sangre. Llévense a la
tullida”, había ordenado el ascendado limpiándose las manos en un pañuelo
bordado. “Su tío va a querer recuperarla y cuando venga vamos a estar
esperándolo.” Pero Fierro no había venido. Lupita lo entendía en cierta
forma. Su tío era lugar teniente de Pancho Villa. Tenía responsabilidades,
una guerra que pelear. cientos de hombres bajo su mando. ¿Cómo iba a
abandonar todo eso por una sobrina que apenas conocía? La madre de Lupita se
había alejado de la familia años atrás cuando se casó con un hombre que no quería saber nada de revoluciones ni
violencia. Rodolfo Fierro solo había visto a Lupita dos veces en su vida, la
última cuando ella tenía 6 años. ¿Por qué vendría ahora? Don Severiano soltó
la cara de la niña con desprecio y se enderezó, las rodillas tronando con el
esfuerzo. “Mañana vas a bailar para nosotros otra vez”, dijo. Y los hombres
que lo rodeaban volvieron a reír. Esa risa que Lupita había aprendido a odiar
más que el dolor, más que el hambre, más que todo. “Y si tu tío no aparece pronto, a lo mejor te mando con él en
pedazos, una pierna por semana. Total, ya no te sirven para nada. Los guardias
arrastraron la silla de ruedas hacia el cobertizo, donde la mantenían encerrada,
un cuartucho de adobe sin ventanas que olía a orines y a desesperanza. La noche
cayó sobre la providencia, como cae siempre sobre el desierto del norte,
rápida, fría, sin piedad. Lupita estaba acostada en el jergón de paja podrida
que le servía de cama, mirando las vigas del techo donde las arañas tejían sus trampas.
Podía escuchar a los guardias afuera, emborrachándose con sotol barato,
contando historias de las cosas que le habían hecho a revolucionarios capturados, a mujeres, a niños. Se reían
igual que se habían reído de ella. Lupita tocó con la lengua el hueco donde habían estado sus dientes. Le dolía,
pero ya no le importaba el dolor. El dolor era lo único constante en su vida
desde hacía tres semanas. Lo que la mantenía despierta no era el dolor, sino
algo más oscuro, algo que crecía en su pecho como planta venenosa, la certeza
de que iba a morir ahí, de que su tío nunca vendría, de que su madre, si es
que seguía viva, moriría sola sin saber qué había pasado con su hija. De que don
Severiano Ochoa, ese hombre que había matado a su padre como se mata a un insecto, iba a salirse con la suya. otra
vez, como siempre, porque los ricos siempre se salían con la suya, porque en
el mundo no había justicia para la gente como ella. Pero a 120 km al norte, en
ese mismo momento, un arriero llamado don Esteban Salas cabalgaba como si lo
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