El sol del desierto de Chihuahua cae como plomo derretido sobre la tierra

seca. Estamos en 1915, compadre, y en el norte

de México la justicia no llegaba en carruaje del gobierno. Llegaba a caballo

y con Mauser en la mano. Esta es la historia de un monstruo que creyó ser Dios y del día que descubrió que hasta

los demonios tienen quien los juzgue. Hacienda la merced, 30.000 1000

hectáreas de tierra robada al pueblo, 127 campesinos trabajando de sol a sol

por migajas y un hombre que se creía dueño no solo de la tierra, sino de la

dignidad, del honor y del cuerpo de cada mujer que respiraba bajo su sombra

[ __ ] Su nombre era Esteban Carvajal, coronel del ejército federal, asendado y

el hijo de [ __ ] más despreciado en todo el estado de Chihuahua. Déjame pintarte

a este cabrón para que lo veas como lo vieron aquellos que sufrieron bajo su

bota. Alto, casi seis pies de estatura, barriga prominente de hombre que nunca

trabajó un día en su vida. Bigote engominado con cera francesa que mandaba

traer desde la Ciudad de México. Ojos pequeños, negros como carbón apagado,

siempre inyectados de coñaque español. Manos gordas llenas de anillos de oro

que robó a familias enteras cuando les quitó sus tierras. Vestía siempre de

negro. Saco militar con medallas que nunca ganó en batalla. Pantalón de

montar con botas de piel de avestruz que costaban más que lo que un campesino ganaba en 3 años. y al cinto una pistola

Colt 45 enchapada en oro que jamás disparó el mismo, porque para eso tenía

a sus perros federales. Pero lo peor de Esteban Carvajal no era su cara de cerdo bien alimentado, no era

su voz gruesa que retumbaba dando órdenes, no era siquiera su crueldad ordinaria de patrón abusivo. Lo peor era

su tradición, el derecho de pernada le llamaba. una costumbre del demonio que

dese haber heredado de los españoles. Toda mujer que se casara en su hacienda, toda campesina que trabajara su tierra y

decidiera unirse en matrimonio, le pertenecía a él la primera noche. La

noche de bodas no era del esposo, era del patrón. Y este hijo de la chingada

no solo lo exigía, lo disfrutaba, lo celebraba, lo presumía como quien

presume un derecho divino. 43 mujeres en 8 años con padre. 43. Sus nombres

corrían en susurros por los jacales de la merced como letanía de dolor. María

Concepción, Guadalupe, Esperanza, Josefina, Socorro. Nombres que las

madres lloraban en silencio, nombres que los esposos cargaban como cicatrices en

el alma, porque el coronel Carvajal no solo violaba, humillaba,

destruía, llegaba la noche de la boda con sus federales, 20 hombres armados rodeando

el jacal de los recién casados, golpeaba la puerta, exigía entrar y frente al

novio, frente a la familia, frente a Dios mismo, se llevaba a la novia. Es mi derecho decía con voz

pastosa de borracho. Tradición de la hacienda, el que no le guste que se vaya

a chingar a su madre a otra tierra. Y nadie podía hacer nada porque Carvajal

no era solo hacendado, era coronel federal. Tenía 30 soldados acuartelados

en la merced. tenía conexiones con el gobierno de Huerta primero y luego con

quien estuviera en el poder. Tenía influencia, dinero y la protección de la

ley corrupta, que en aquellos tiempos solo servía a los ricos. Los campesinos

apretaban los puños hasta hacerse sangrar las palmas. Las madres escondían

a sus hijas. Los novios consideraban huir antes de la boda, pero el hambre era cruel, compadre, y la merced era la

única fuente de trabajo en 100 km a la redonda. Entonces soportaban, tragaban

su rabia, enterraban su dignidad y dejaban que el monstruo siguiera

devorando. 8 años duró esta maldición. 8 años donde ningún matrimonio en la

merced comenzaba con bendición, comenzaba con violación, con lágrimas,

con vergüenza que envenenaba el amor más puro. 43 veces el demonio cobró su

tributo, 43 familias destruidas desde la raíz, 43 razones por las que los hombres

de la merced dejaron de mirarse a los ojos. Porque cuando ya no puedes defender a tu mujer, cuando ya no puedes

proteger lo más sagrado, ¿qué clase de hombre eres? El coronel Carvajal lo sabía y disfrutaba ese poder incluso más

que el acto mismo. Disfrutaba ver a los hombres quebrados. Disfrutaba el

silencio de odio que lo seguía por los campos. Disfrutaba sabse intocable.

Soy la ley aquí”, decía riéndose mientras bebía su coñac en el porche de la casa grande. Soy Dios y gobierno y el

que tenga huevos para decirme que no, que venga a ver cuánto le duran esos huevos. Nadie venía. El miedo era más

grande que el coraje y el monstruo seguía creciendo. Pero, compadre, en el

norte de México siempre hubo algo más grande que el miedo, algo más antiguo

que la ley de los gobiernos corruptos, algo que corría por las venas de los hombres del desierto, como el agua corre

bajo la tierra seca. el honor. Y cuando el honor es pisoteado durante suficiente

tiempo, cuando la injusticia se vuelve tan pesada que ya no se puede cargar.

Cuando un hombre llega al límite donde preferir morir de pie que vivir de

rodillas, ahí es donde nacen las leyendas, compadre. Ahí es donde aparecen los que no se arrodillan ante

nadie. Ahí es donde el desierto escupe a sus hijos más bravos para recordarle al

mundo que todavía existen hombres de verdad. Y esta historia, la que estás a

punto de escuchar, es sobre el día en que un muchacho campesino decidió que ya

fue suficiente. El día en que buscó al único padrino que ningún hacendado,

ningún coronel, ningún hijo de [ __ ] con medallas se atrevería a desafiar. El día

en que la tradición [ __ ] de Esteban Carvajal firmó su sentencia de muerte.