El silencio de San Bartolo se rompió cuando don Mateo levantó la marreta y frente a mujeres, niños y ancianos

destrozó la imagen de la Virgen de Guadalupe con un golpe brutal que hizo

temblar la plaza entera. Las velas cayeron, las oraciones se ahogaron en el

aire y un grito desgarrado escapó del corazón del pueblo. ¿Qué clase de hombre

se atreve a humillar la fe de toda una comunidad? Lo que el ascendado no sabía

es que ese acto oscuro despertaría algo mucho más poderoso que su crueldad, la

unión, el coraje y la justicia verdadera.

El amanecer llegó a San Bartolo, cubierto por una bruma color cobre. El

aire estaba espeso, casi inmóvil, como si el pueblo entero contuviera la

respiración. Los primeros rayos del sol apenas alcanzaban a iluminar la plaza

principal, donde la vida solía despertar lentamente.

Mujeres con rebozos oscuros, vendedores acomodando sus cestas, gallos cantando

desde los tejados. Pero esa mañana algo estaba diferente. Se sentía un nudo

invisible en el ambiente, una inquietud que hacía que hasta los perros ladrasen sin motivo. En el centro de la plaza,

sobre un pedestal de piedra gastada por los años, se alzaba la imagen de la Virgen de Guadalupe, protectora

silenciosa del pueblo. Su manto verde y rosa, siempre brillante al amanecer,

parecía más opaco que de costumbre. como si presintiera lo que estaba por ocurrir.

Cerca de la imagen estaba Rosaura, una joven de trenzas negras y mirada

profunda. Había ido temprano para dejar una vela nueva, como lo hacía cada lunes. Sus dedos acariciaban el rosario

que perteneció a su madre y murmuraba una oración suave. Madrecita,

cuida de nosotros hoy. Mientras rezaba, escuchó el sonido que rompió la calma.

Casco de caballo contra piedra, un ruido seco, marcado, poderoso. Rosaura levantó

la cabeza. Los murmullos comenzaron alrededor. Los vendedores guardaron sus

cosas. Las mujeres se apartaron del camino. Entrando por el arco de la plaza, montado en un caballo oscuro y

reluciente, apareció don Mateo Barragán, el ascendado más temido de la región.

Su porte era imponente, cinturón ancho, botas limpias, bigote perfectamente

recortado y un sombrero que proyectaba sombra sobre unos ojos fríos como metal.

Detrás de él venían sus capataces. Sus risas eran ruidosas, pero tensas,

como si quisieran demostrar una seguridad que no sentían. Don Mateo detuvo el caballo justo frente a la

imagen de la Virgen. La plaza entera quedó en silencio. Rosaura sintió un

escalofrío recorrer su espalda. Una abuela que estaba junto a ella murmuró,

“Ay, Dios mío, esto no me gusta.” El acendado observó la escultura con una

expresión de desprecio. Bajó del caballo, se quitó las guantes con lentitud y caminó hacia la imagen. Cada

paso resonaba contra el suelo como un golpe de tambor. “Gente de San Bartolo!”

gritó sin necesidad de levantar demasiado la voz. Su tono ya era suficiente para imponer miedo. Estoy

cansado de encontrar a todos reunidos aquí, rezando, murmurando, hablando a

mis espaldas. Varios bajaron la mirada, otros cerraron

los puños. Rosaura sintió que el corazón se le aceleraba. Don Mateo continuó.

No voy a permitir que esta hizo un gesto con la mano hacia la imagen. Figura sea

usada para desafiar mi autoridad. Un suspiro colectivo recorrió la plaza.

Una niña comenzó a llorar, pero su madre la abrazó rápido para que guardara silencio. Se acaba aquí, dijo el

ascendado con una calma que helaba la sangre. Hoy mismo uno de los capataces le

entregó una marreta pesada con el metal brillando bajo el sol recién nacido. Las

mujeres dieron un paso atrás, los hombres tragaron saliva, los niños se

escondieron detrás de las faldas de sus madres. Rosaura, en cambio, quedó paralizada. Sentía las piernas firmes

como clavadas en la tierra. Su corazón golpeaba fuerte en el pecho, pero ella

no podía moverse. Don Mateo levantó la marreta. Por un instante, el tiempo

pareció detenerse. Los pájaros dejaron de cantar. El viento se apagó. Luego el

golpe cayó. Cra. Un sonido seco, violento, desgarrador.

La base de la imagen se partió. Los fragmentos de piedra volaron por el aire y golpearon el suelo. Una mujer gritó,

“¡No por favor!”, pero don Mateo ya preparaba el segundo golpe. Rosaura

sintió las lágrimas asomar a sus ojos. Extendió una mano hacia la imagen, como

si pudiera detener la destrucción desde donde estaba. El segundo golpe cayó. El

tercero, el cuarto. Pedazos del manto colorido rodaron por la plaza chocando

contra las piedras. La figura sagrada comenzó a inclinarse como si luchara por mantenerse de pie. La anciana junto a

Rosaura cayó de rodillas y murmuró entre soyozos: “Perdónanos, Virgencita,

perdónanos.” Cuando la imagen finalmente cayó al suelo y se partió casi por completo, un

silencio terrible dominó la plaza. Silencio de duelo, silencio de

humillación. Don Mateo limpió el sudor de su frente, dejó caer la marreta y

miró al pueblo con una sonrisa torcida. A ver si ahora aprendemos quién manda

aquí. Se montó en su caballo, dio media vuelta y salió de la plaza dejando una estela

de polvo. Pero el silencio que dejó atrás ya no era de miedo solamente,

era un silencio que ardía, un silencio que temblaba, un silencio que empezaba a

transformarse, porque algo en los corazones de los habitantes de San Bartolo se había quebrado también y ya

no podía ser reparado con silencio. La plaza quedó en silencio mucho después de

que don Mateo se marchara. No era un silencio natural, era uno espeso,

doloroso, como un velo oscuro que cubría cada rincón del pueblo. El polvo