El disparo resonó como un trueno en la madrugada. Padre Esteban cayó de

rodillas frente al altar, la sangre manchando su sotana blanca, mientras sus

labios murmuraban una última oración. Dios, perdónalos porque no saben lo que

hacen. Los cascos de caballos se alejaban al galope, dejando atrás el eco

de risas crueles y el humo acre de la pólvora. En la iglesia el silencio

volvió a reinar, pero ahora cargado de una promesa terrible. La justicia divina

vendría de las manos de un hombre al cual muchos llamaban [ __ ] Pero para entender cómo llegó la muerte a esa

iglesia humilde, hay que retroceder 6 meses cuando el sol del desierto era

testigo de un conflicto que dividiría para siempre el alma de México. Tú estás

escuchando el canal Legendarios del Norte. Dime desde qué ciudad nos estás oyendo. Dale like al video y ahora sí,

vamos a comenzar. Sebastián Mendoza se erguía en la terraza de su hacienda como

un emperador contemplando su reino. Sus ojos grises, fríos como el acero de sus

pistolas, recorrían las miles de hectares que se extendían hasta el horizonte, donde los mezquites y

uizaches se perdían en la inmensidad del desierto norteño. A los 52 años, alto y

delgado como un ocotillo, irradiaba esa autoridad cruel que solo poseen los

hombres que han convertido el poder en religión. La revolución había sido generosa con él. Mientras otros

hacendados huían a Estados Unidos o perdían todo en las batallas, Sebastián

supo navegar entre las facciones, comprando lealtades, vendiendo información y aprovechando cada gota de

sangre derramada para expandir sus dominios. Compró tierras de viudas

desesperadas por centavos de peso, se apropió de ranchos abandonados y

convirtió la desgracia ajena en su fortuna personal. ¿Quién manda en la

vida y en la muerte?”, murmuró para sí mismo mientras encendía un puro cubano,

uno de los pocos lujos que se permitía. “El dinero.” La respuesta brotó de sus

labios como un credo personal. “Es el dinero que compra la bala del revólver.

Es el dinero que me da el poder de tener estos hombres armados.” Y vaya que tenía hombres. Su hacienda parecía más un

fortín militar que una casa de campo. Torres de vigía se alzaban en las

esquinas, armados con rifles Winchester que brillaban bajo el sol. Muros de

adobe de 2 m de altura rodeaban la construcción principal y en cada puerta

montaban guardia pistoleros curtidos que habían sobrevivido a más balaceras que

batallas tuvo la revolución. Tomás, el jabalí, su capataz, se acercó con ese

caminar pesado que caracterizaba a los hombres acostumbrados a la violencia. Bajo su sombrero de ala ancha, una

cicatriz le cruzaba la mejilla izquierda, recuerdo de un duelo en Torreón. Patrón, el padre ese de Piedra

Blanca volvió a predicar contra usted en la misa de ayer. Sebastián aspiró

profundamente el humo aromático. Padre Esteban, ese jovencito regordete que

había llegado del seminario de Guadalajara 3 años atrás, lleno de ideas románticas sobre la caridad y la

justicia social. un idealistilla que no entendía las reglas del juego. ¿Y qué

dijo exactamente mi querido padre Esteban? La voz de Sebastián sonaba

peligrosamente tranquila, como el silvido del viento antes de la tormenta.

Que los poderosos chupan la sangre del pueblo, que cobrar por el agua en tiempo

de seca es pecado mortal y que Dios castigará a quien oprime a los pobres.

Tomás escupió al suelo con desprecio. Los peones lo oyeron todo, patrón.

Algunos hasta aplaudieron cuando terminó. Una sonrisa fría se dibujó en los labios de Sebastián. Durante años

había construido su imperio sobre una filosofía simple pero efectiva. Dios era

un invento para controlar a los débiles y el dinero era la única fuerza real en

el universo. Había visto morir a hombres buenos rezando y había visto prosperar a

canayas sin escrúpulos. La lección era clara. Dios es para los pobres que no

tienen nada”, dijo en voz alta como si estuviera dando una lección. “Yo tengo

oro y el oro es más poderoso que cualquier oración.” Se volvió hacia su

capataz con esos ojos que habían visto demasiada muerte. “Es hora de que el

padre Esteban aprenda quién manda realmente en piedra blanca.” En la

distancia, las campanas de la iglesia comenzaron a sonar. llamando a los

fieles a la misa vespertina. El sonido llegaba hasta la hacienda como un

desafío, como si el mismo bronce estuviera gritando verdades incómodas

que Sebastián prefería silenciar. Tomás esperaba órdenes, su mano descansando

instintivamente en la culata de su pistola. Conocía esa mirada de su patrón. Había visto esos ojos antes de

que cayeran otros hombres que habían osado desafiar el poder de Sebastián Mendoza. Empieza con pequeñas molestias.

Ordenó el asendado aplastando el puro bajo la bota. Suelta el ganado en su

huerta, corta el suministro de agua a la iglesia y esparce el rumor de que el

padrecito está desviando dinero de las ofrendas. Su sonrisa se amplió, pero no

llegó a sus ojos. Veamos. ¿Qué tan fuerte es su fe cuando empiece a sentir

presión? El sol comenzaba a ocultarse tras las montañas lejanas, tiñiendo el

cielo de rojo sangre. En algún lugar del desierto, un coyote aulló y el sonido se

extendió por las llanuras como una advertencia. Los vientos nocturnos empezaron a soplar, arrastrando consigo

el aroma seco de la tierra y algo más, el presentimiento de que se acercaban tiempos oscuros para piedra blanca.

Sebastián entró en su casa, donde lo esperaba una cena servida en vajilla de

plata importada de España. Mientras cortaba la carne con precisión quirúrgica, pensaba en el padre Esteban

y en todas las formas creativas de quebrar la voluntad de un hombre que