eligió no soltar la cuerda, aunque eso significara que podían arrojarlo por el

barranco junto con el desconocido. Sabía que si obedecía a los hombres armados,

conservaría el dinero para el tratamiento de su madre. Pero si dejaba caer a ese hombre al vacío, su

conciencia jamás lo dejaría en paz. Y algo dentro de él le susurraba que si lo

traicionaba perdería algo más que dinero. La lluvia caía en diagonal

cortante, empapando la ropa de Tomás hasta pegarle la camisa al pecho. El

sendero de la garganta era una línea de roca húmeda al borde de un abismo que

rugía con el río desbordado allá abajo. La noche parecía haberse adelantado

horas. El cielo era una sola nube negra y el viento empujaba hacia el vacío como

si quisiera arrancar a cualquiera que se atreviera a cruzar. Tomás tenía las

manos sangrando, aferradas a una cuerda gruesa que se perdía hacia abajo. Al

final de esa cuerda, colgando sobre el precipicio, iba un hombre delgado, con

la mochila pegada a la espalda y los pies buscando desesperados alguna roca

invisible detrás de Tomás. A unos pasos se escuchaban las voces de varios

hombres. Uno de ellos, el único que hablaba con tono de orden, gritó, “Te lo

digo por última vez, Tomás. Suelta a ese tipo o te vas con él.” Era el zurdo.

Nadie en Santa Cruz del Cañón se atrevía a pronunciar su nombre real. El zurdo

llevaba años controlando los pasos clandestinos de la montaña. No necesitaba levantar la voz para dar

miedo. Esa noche, sin embargo, su amenaza era un rugido más en medio de la

tormenta. “Si lo ayudas, tu madre se queda sin tratamientos”, añadió. Y no

solo eso, tú ya sabes cómo termino con los que me desobedecen. Tomás apretó más

la cuerda, los dedos se le resbalaban y la roca bajo sus botas rechinaba con

cada movimiento. El desconocido allá abajo, en vez de gritar, habló con una

calma que no tenía sentido en aquel lugar. Tomás, dijo, mira hacia mí. Tomás

se inclinó lo justo para verlo. El rostro del hombre estaba empapado, pero

sus ojos no eran de pánico. Lo miraban como si se conocieran desde siempre.

¿Recuerdas lo que tu padre te decía cuando tenías miedo de asomarte a la barranca? Preguntó el hombre colgando al

borde. Tomás sintió que el pecho se le encogía. Aquella frase era un secreto

enterrado en su niñez, en las caminatas de la mano de su padre. Nadie más la

conocía. Nadie. Si te caes, susurró el desconocido con voz firme. No te caes

solo. Yo no te suelto. La garganta de Tomás se cerró. El viento golpeó más

fuerte, empujándolo hacia delante. Si daba un paso de más, caería con él

detrás. El zurdo dio un paso adelante y lo apuntó con la mirada helada de quien

está acostumbrado a decidir quién se salva y quién no. Última oportunidad.

Escupió. O este tipo o tu madre. Tomás entendió en un solo segundo que lo que

eligiera en ese borde no se podría deshacer jamás. Si soltaba la cuerda,

conservaría el trato, el dinero, la posibilidad de que su madre siguiera

recibiendo tratamiento. Si se aferraba a ese desconocido, podía perderlo todo,

salvo algo que no sabía nombrar, pero que estaba despertando en lo más hondo de su alma. La escena se quedó

suspendida en su memoria, como una fotografía empapada por la lluvia. Y

para entender cómo llegó hasta ese borde, había que regresar a unos días atrás, cuando el sendero de la garganta

era para él solo una ruta peligrosa y no el lugar donde la voz de su pasado

volvería a hablarle. Santa Cruz del Cañón era un pueblo aferrado a la

montaña, como un nido a un acantilado, casas de madera y lámina, techos

parchados con plásticos de colores, calles de tierra donde el polvo se convertía en lodo con la primera lluvia.

El pueblo tenía dos caminos. El oficial que serpenteaba pacientemente por la

ladera hasta llegar a la carretera principal y el sendero que todos nombraban en voz baja, la garganta. Ese

paso era un atajo peligroso, un filo de piedra sobre el abismo, famoso por

derrumbes, asaltos y desapariciones. En los murmuros al anochecer se decía que

la montaña cobraba peaje con vidas cada cierto tiempo. Tomás había crecido allí.

Desde niño había conocido esos caminos de la mano de su padre, un hombre de

risa fácil y pies firmes, que le enseñó a escuchar la montaña más que a verla.

le mostraba donde la roca sonaba hueca, donde el viento cambiaba de tono, donde

las nubes anunciaban un derrumbe inminente. “No mires solo al frente, hijo”, le repetía, “Escucha por debajo,

la tierra siempre avisa.” Una tarde, el padre de Tomás salió a guiar a un grupo

de comerciantes por la garganta. Cuando el sol se escondió detrás de los picos,

el grupo regresó al pueblo. Sin él, nadie pudo explicar bien qué pasó. Se

habló de un derrumbe, de una roca que no avisó, de un ruido seco y un grito. Lo

buscaron por días, pero la montaña nunca lo devolvió. Desde entonces, Tomás

evitaba ese sendero con una mezcla de rabia y miedo. Años después se había

convertido en guía de montaña como su padre. No tenía título, ni uniforme, ni

contrato, solo los pies curtidos, los caminos memorizados y una reputación. Si

ibas con Tomás, llegabas. Pero llegar no siempre significaba vivir bien. En una

casa pequeña de tablas, al final de una calle empinada, vivía con su madre, doña

Carmen. Ella cargaba sobre los hombros una enfermedad renal silenciosa que con

los años dejó de ser solo cansancio y se volvió hinchazón en las piernas,

dificultad para respirar. visitas frecuentes a la ciudad para tratamientos