Gerente humilla a mesero lento, sin saber que el ANCIANO de la mesa 18 era el Dueño…
El bastón de madera golpeó el piso de
mármol del restaurante La Fuente con
ritmo desigual. Paso, bastón, paso,

bastón. Roberto Méndez caminaba entre
las mesas llevando una bandeja con
cuatro platos de pasta. Su pierna
derecha se arrastraba ligeramente con
cada paso, producto de un accidente de
motocicleta hace 8 años que le destrozó
la rodilla y parte del fémur. Tres
cirugías después, los doctores le
dijeron que había salvado la pierna,
pero que siempre caminaría con
dificultad, que necesitaría bastón
permanentemente, que el dolor sería su
compañero constante. Pero Roberto no se
rindió. A sus 35 años había trabajado en
este restaurante elegante durante 5
años. Comenzó lavando platos en la
cocina, luego avanzó a preparador de
ensaladas y finalmente hace dos años
logró el puesto de camarero. Era más
lento que sus compañeros. Le tomaba el
doble de tiempo cruzar el comedor, pero
compensaba con dedicación absoluta, con
atención meticulosa a cada detalle, con
sonrisa genuina que hacía que los
clientes lo recordaran. con memoria
impecable que nunca confundía un pedido.
Mesa siete, pasta boloñesa para el
señor, fetuchine Alfredo para la señora,
lasaña para el joven y ravioles para la
niña. Recitaba Roberto mientras servía
con movimientos precisos.
Su mano no temblaba, aunque su pierna
pulsaba con dolor.
¿Desean queso parmesano recién rallado?
Los clientes aceptaron con sonrisas
apreciativas. Roberto sabía que algunos
clientes lo miraban con lástima. Veían
el bastón, veían la cojera, veían la
dificultad, pero él nunca pidió
compasión. Solo quería respeto por su
trabajo bien hecho, por su esfuerzo
constante, por su negativa a dejar que
una discapacidad definiera su valor.
“Roberto, Mesa 12 está esperando su
orden.” Llamó Daniela, su compañera
camarera, mientras pasaba
apresuradamente. “Llevas 15 minutos de
retraso.” “Ya voy”, respondió Roberto,
comenzando su camino lento, pero firme
hacia la cocina. Paso, bastón, paso
bastón. cada movimiento calculado, cada
traslado de peso medido. Había aprendido
a manejar el dolor, a trabajar a pesar
de él, a nunca usarlo como excusa. Pero
hoy era diferente. Hoy había tensión en
el aire porque hoy era el primer día
completo de Mauricio Salazar como
gerente general del restaurante.
Mauricio tenía 32 años, egresado de
escuela de administración hotelera,
ambicioso,
eficiente y completamente intolerante a
cualquier cosa que considerara
impedimento para la excelencia del