
arena quemaba bajo mis pies descalzos. No era fuego lo que sentÃa, sino ceniza.
Ceniza de todo lo que habÃa sido mi vida hasta ese momento. Cuando los cazadores de ceniza
arrastraron mi cuerpo por la selva de Carsun, encadenado como un animal, no sabÃa que no era un prisionero, era un
regalo. Y los regalos en ese lugar nunca sobrevivÃan más de una luna. Me llamo
Kyel Arvandor. Hace apenas tr dÃas era el hijo de un
curandero en Redm, una aldea olvidada en los lÃmites del mundo civilizado.
Mi padre me enseñó a leer las hierbas, a calmar fiebres, a suturar heridas. Mi
madre murió cuando yo tenÃa 7 años y nadie me dijo cómo, solo que habÃa sido
necesario. Crecà entre silencios y miradas extrañas. Los ancianos me observaban como si fuera
un error que aún no habÃa explotado. Yo tenÃa marcas,
sÃmbolos naturales en mi piel, como cicatrices que nunca se hicieron con cuchillo, lÃneas que parecÃan garras
dibujadas por algo que no era humano. Mi padre las llamaba Señales del error
antiguo y me obligaba a mantenerlas ocultas bajo ropas largas incluso en verano. Nunca me explicó por qué. Solo
me miraba con una mezcla de amor y terror, como si amara a su hijo, pero temiera lo que podÃa despertar dentro de
él. La noche del ataque, yo estaba en el bosque recolectando raÃz de luna para
una infusión. El aire olÃa diferente, metálico, como si la tierra misma supiera que algo iba a romperse. Cuando
regresé corriendo, Redm ya no existÃa. Las casas ardÃan con un fuego que no era
natural. No hacÃa ruido, solo consumÃa en silencio, como si la oscuridad misma
devorara la luz. Vi a mi padre en el suelo. No estaba muerto, estaba arrodillado.
Y frente a él, un hombre con la mitad del rostro cubierto por quemaduras rituales sostenÃa una antorcha negra.
“Es él”, dijo mi padre. Su voz temblaba, pero no era miedo, era alivio, como si
hubiera estado esperando ese momento durante toda mi vida. El hombre quemado se giró hacia mÃ. Sus
ojos eran grises, sin brillo, como piedras bajo agua sucia. Cae Larvandor
pronunció mi nombre como si fuera una sentencia. Has vivido 27 años más de lo que
deberÃas. Eso termina ahora. Intenté correr, intenté luchar, pero
cuando sus hombres me atraparon, mi cuerpo se paralizó. No por miedo. Algo
dentro de mà reconoció esas cadenas de obsidiana que me colocaron como si mi sangre las conociera. El hombre quemado
se acercó, tocó una de las marcas en mi brazo y sonrió. No con alegrÃa, con
confirmación. No fuiste capturado, susurró contra mi oÃdo. Fuiste devuelto.
Esa frase me persiguió durante todo el viaje. Tres dÃas y tres noches arrastrado por la selva.
Los cazadores de ceniza no hablaban, solo marchaban con una precisión militar
que me helaba más que el frÃo. SabÃan exactamente a dónde iban. Esto no era un
secuestro, era una entrega. La selva de Carsun no se parece a nada
que hayas visto. Los árboles son tan altos que sus copas se pierden en una
oscuridad perpetua. La luz del sol no toca el suelo, solo hay una luz verde y enferma que parece
brotar de las raÃces mismas, como si la selva respirara.
El aire es denso, húmedo y cada respiración sabe a tierra antigua y secretos enterrados.
En el tercer dÃa llegamos. Talcora, la ciudad de las mujeres leopardo. No era
una ciudad, era una declaración de poder. Templos de piedra negra surgÃan entre árboles colosales conectados por
puentes de hueso y madera tallada con sÃmbolos que dolÃan al mirarlos. Plataformas suspendidas se balanceaban
en las alturas y desde ellas figuras felinas observaban con ojos que brillaban en la penumbra.
No eran humanas, pero tampoco eran solo animales. Me arrastraron hasta el centro, una
plaza circular rodeada de columnas rotas y estatuas de mujeres con cabezas de leopardo. Al fondo, una escalinata de
obsidiana conducÃa a un trono tallado en un solo bloque de piedra lunar y en él,
esperando como si tuviera toda la eternidad, estaba ella, Rain Sharayya, la primera garra.
Su piel era oscura como la medianoche, pero con un brillo sutil, como si fuera
más densa que la carne humana. Sus ojos eran dorados con pupilas
verticales que se dilataban al observarme. No llevaba corona, no necesitaba una. El
poder irradiaba de ella como calor de brazas ocultas. VestÃa solo pieles y huesos, pero se
sentaba con una dignidad que harÃa arrodillarse a reyes. El hombre quemado me arrojó a sus pies. El tributo, mi
reina, como se acordó. Ella no respondió de inmediato, solo me miró y yo sentÃ
algo imposible. Mi sangre se calentó bajo mi piel como si reconociera su presencia.
Las marcas en mi cuerpo empezaron a arder, no con dolor, con memoria.
Levántalo”, ordenó. Su voz era suave, pero cortaba el aire como un cuchillo.
Dos guerreras me pusieron de pie. eran más altas que cualquier humano, con
músculos definidos y movimientos que fluÃan entre lo humano y lo felino. Me sostuvieron con fuerza, pero no con
brutalidad, como si yo fuera algo valioso o peligroso.
Sharray descendió lentamente del trono. Cada paso resonaba en el silencio absoluto.
La plaza entera contenÃa la respiración. Cuando llegó frente a mÃ, extendió una
mano y tocó una de las marcas en mi cuello. Su toque quemó, pero no con fuego, con reconocimiento.
Asora, susurró, y ese nombre cayó sobre mà como una losa de piedra. No sé cuánto
tiempo estuve de pie mientras ella me estudiaba. Sus dedos recorrieron cada marca, cada sÃmbolo en mi piel, como si
estuviera leyendo un texto escrito en un idioma que solo ella conocÃa. Los demás observaban en silencio.
PodÃa sentir la tensión creciendo. Algo estaba saliendo mal o demasiado bien.
¿Es él?, preguntó una voz ronca desde las sombras. Una figura masiva emergió
de entre las columnas. Era una mujer leopardo, pero más grande, más vieja,
News
Camarera Desapareció En Colorado 2 Meses Después La Hallaron Atada En Un Granero Abandonado
Dora Carter tenÃa dieciocho años y una sonrisa que todos en Canyon City conocÃan. Trabajaba en el Canyon Creek Diner,…
(1900, Zacatecas) La Macabra Hacienda de la Familia Herrera – Un Misterio Aún Sin Resolver
La Hacienda Herrera parecÃa un reino levantado sobre piedra rosa y secretos antiguos. Desde lejos, sus muros dominaban las colinas…
Mi HIJO DESAPARECIÓ frente a MIS OJOS en el Desierto de Arizona
Me llamo Socorro, y durante quince años el mundo me llamó criminal. DecÃan que era una mujer peligrosa, una asesina…
Banda de Rock Desapareció en 1981 en Jet Privado, 19 Años Después Marina Saca Esto del Océano…
Durante diecinueve años, Helen Hayes creyó que su hijo habÃa muerto en el fondo del océano. Sain Hayes tenÃa veinte…
Hombre Abducido Revela la Verdad Sobre los Aliens – El Relato Más Inquietante de la HistoriaHombre Abducido Revela la Verdad Sobre los Aliens – El Relato Más Inquietante de la Historia
Roberto Morales nunca creyó en extraterrestres. A sus cuarenta y dos años, era ingeniero civil en la Ciudad de México,…
La cueva no aparecÃa en ningún mapa, pero él estaba dentro.
Austin Griffin salió hacia las montañas convencido de que volverÃa al dÃa siguiente. TenÃa veintidós años, una camioneta azul, una…
End of content
No more pages to load






