La tomé.
Sí, la tomé.

La arranqué de su vida como un lobo arranca un cordero del rebaño. Y no me tiembla la voz al admitirlo. ¿Esperabas excusas? Eso es para humanos.

Yo ya no soy humano.

Pero ella… ella me obligó a recordar que alguna vez lo fui.


Las antorchas llenaron la cámara con luz temblorosa. Sombras gigantes bailaron sobre las paredes de roca, sobre el cuerpo inmóvil del oso, sobre mi figura encorvada y ensangrentada.

—¡Ahí! —rugió Bjorn—. ¡La bestia!

Eric levantó la ballesta. Thor el carnicero avanzó con el martillo listo. Los perros gruñían, inquietos ante el olor del oso muerto.

Astrid no retrocedió.

Se colocó delante de mí.

Delante.

—¡No! —escupió Bjorn—. ¡Ven aquí, muchacha!

—No soy tu propiedad —respondió ella, la voz firme pese al temblor en sus manos.

Mi visión se nublaba. El hombro colgaba inútil, la sangre oscureciendo el suelo. Podía matarlos. Tal vez. A dos. A tres. Pero no a quince. No herido. No con ella en medio.

—Apártate, Astrid —gruñí—. Gr… yo… peleo.

—Tu nombre es Thorin —me corrigió sin mirarme—. Y no pelearás solo.

Bjorn rió.

—Mírate, niña. Defendiendo a tu secuestrador.

Ella dio un paso al frente.

—Me salvaste —dijo señalándome—. Tú ibas a venderme como ganado. Él saltó al vacío conmigo en brazos.

El murmullo recorrió a los hombres. Algunos dudaron. Eric no.

—Es una bestia maldita —dijo—. Mirad sus runas. Mirad lo que es.

Las marcas en mi piel comenzaron a brillar, respondiendo a la tensión, al odio, al miedo. Ardían.

Siempre ardían cuando me llamaban monstruo.

Bjorn levantó el hacha.

—No me importa si sabe hablar. Es mío lo que me pertenece.

Propiedad.

La palabra volvió a golpear algo dentro de mí. Algo antiguo. Algo que todavía recordaba el calor de una fragua, el sonido del martillo sobre el hierro, la risa de un padre orgulloso.

No.

No más cadenas.

Intenté incorporarme. La cueva giró. Astrid me sostuvo con un brazo firme.

—Escúchame —susurró para mí, no para ellos—. ¿Confías en mí?

Nunca había confiado en nadie en diez años.

Asentí.

Ella levantó la voz.

—¡Si queréis matarlo, primero tendréis que matarme a mí!

Silencio.

Ni los perros ladraron.

Bjorn frunció el ceño. No esperaba resistencia. Mucho menos de alguien que consideraba suya.

—¿Te ha embrujado? —gruñó.

—No —respondió ella—. Me mostró su hogar. Sus libros. Sus recuerdos. Tiene más humanidad que tú.

Eso fue un error.

Bjorn rugió y avanzó.

Eric disparó.

No hacia mí.

Hacia Astrid.

El mundo se volvió rojo.

Me moví sin pensar. Más rápido de lo que jamás me había movido. La runas estallaron en luz blanca cuando intercepté el virote con el antebrazo. Se clavó profundo, pero no la tocó.

Algo cambió.

El dolor no fue como antes.

No fue solo maldición.

Fue elección.

Rugí. No como Grook.

Como Thorin.

La cueva tembló.

Las runas ardieron como hierro al rojo, pero no quemaban. Fluían. Desde mi piel hacia el suelo. Hacia la roca. Hacia el aire.

Morgana había cantado para encadenarme.

Pero la magia es un hilo de dos extremos.

Si podía atarme…

Podía romperse.

El recuerdo de su voz vino claro por primera vez en años. Las sílabas. El ritmo. La melodía.

La repetí.

No perfecta.

No pura.

Pero suficiente.

Las runas explotaron en un destello cegador. Los hombres gritaron. Las antorchas cayeron. Los perros huyeron aullando.

Sentí algo desgarrarse dentro de mí.

No carne.

No hueso.

La maldición.

Caí de rodillas. El cuerpo cambiando otra vez. No en violencia, sino en reversa. Huesos encajando. Colmillos retrayéndose. La piel endurecida suavizándose.

Dolía.

Pero era un dolor que llevaba a algún lugar.

Cuando la luz se apagó, el silencio fue total.

Bjorn estaba en el suelo, aturdido. Eric había retrocedido hasta la pared. Thor había dejado caer el martillo.

Yo respiraba.

Con pulmones humanos.

Miré mis manos.

Cinco dedos. Sin garras.

Astrid me miraba como si estuviera viendo un amanecer imposible.

—Thorin —susurró.

Mi voz salió ronca, quebrada, pero mía.

—Sí.

Bjorn intentó levantarse. Me miró. Ya no vio un monstruo de tres metros.

Vio a un hombre cubierto de sangre, con la mirada fija y sin miedo.

Eso lo inquietó más.

—Vámonos —murmuró Eric.

Bjorn dudó. Calculó. Sin bestia que cazar, sin historia que contar que no lo hiciera parecer débil.

Escupió al suelo.

—No vales el problema —le dijo a Astrid—. Quédate con tu monstruo.

Se retiraron.

Las antorchas se desvanecieron en el túnel.

Solo quedó el goteo de agua y el olor metálico de la sangre.

Me tambaleé.

Astrid me sostuvo antes de que cayera.

—Estás libre —dijo, y esta vez su voz no era hierro ni miel.

Era alivio.

La miré. De cerca. Sin tener que inclinar la cabeza monstruosa. Sin miedo a aplastarla con mis manos.

—Te tomé —dije, la culpa emergiendo por primera vez real, humana.

Ella negó suavemente.

—No. Me sacaste de una jaula diferente.

Nos quedamos así un momento, respirando el mismo aire frío de la montaña.

—¿Y ahora? —pregunté.

Sonrió, feroz como el norte.

—Ahora decidimos.

No como bestia.

No como propiedad.

Como dos personas que sobrevivieron a lo que quiso poseerlas.

Afuera, la luna seguía alta.

Y por primera vez en diez años, no temí al amanecer.