El viento comenzó como un susurro, una

caricia fría que recorría las hojas de
los árboles alrededor de la pequeña casa
de madera. Doña Isabel, una mujer
anciana de manos arrugadas y mirada
cansada, estaba sentada junto a la
ventana observando el cielo oscurecerse
lentamente.
Vivía sola desde hacía muchos años, en
un terreno humilde al borde del pueblo,
donde el tiempo parecía haberse detenido
solo para ella. Aquella casa no era
grande ni moderna, pero guardaba dentro
recuerdos de toda una vida. Cuando el
viento empezó a rugir, Isabel sintió un
nudo en el pecho. Las paredes crujieron,
el techo vibró y las ventanas temblaron
como si fueran a romperse en cualquier
momento. Nunca había sentido una
tormenta así. El sonido del aire
golpeando la casa era como un grito
interminable. intentó rezar aferrándose
a la vieja mesa de madera mientras el
miedo recorría su cuerpo lentamente.
De repente, un estruendo sacudió todo.
Una parte del techo salió volando y la
lluvia comenzó a caer dentro de la casa.
Isabel gritó, pero su voz se perdió
entre el ruido del viento. En cuestión
de minutos, la casa, que había sido su
refugio durante décadas, empezó a
desmoronarse. Las tablas se desprendían,
los muebles caían y el frío se volvía
insoportable. Con lágrimas en los ojos,
la anciana salió como pudo, cubriéndose
con un viejo chal, sin saber a dónde ir.
La tormenta duró horas. Cuando el
amanecer finalmente llegó, el silencio
fue aún más doloroso. Donde antes estaba
su hogar, ahora solo quedaban restos de
madera rota y recuerdos empapados.
Isabel cayó de rodillas frente a los
escombros. No lloró. El cansancio era
tan profundo que ya no quedaban
lágrimas. Su mundo se había derrumbado
en una sola noche. Los vecinos
comenzaron a acercarse poco a poco.
Algunos la mian tristeza, otros con
lástima. Pero nadie sabía qué decir. El
pueblo era pequeño y humilde. Todos
luchaban con sus propios problemas. Le
ofrecieron ropa, un poco de comida,
palabras vacías que no podían devolverle
su hogar. Isabel agradeció en silencio,
pero dentro de su corazón solo había
vacío. Entre la gente que observaba
desde la distancia estaba Mateo, un
hombre joven que había regresado
recientemente al pueblo después de
muchos años. No era rico ni famoso, pero
tenía algo que muchos habían perdido, la
capacidad de ver más allá de sí mismo.
Al ver a la anciana sola entre los
restos de su casa, sintió una punzada en
el pecho. Esa imagen se quedó grabada en
su mente. Esa noche Mateo no pudo
dormir. Pensaba en Isabel, en su mirada
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