
Me duele el hombro y estoy agotado. Llevo ya varios dÃas sin dormir, pero el
frÃo del rÃo me mantiene despierto. Ella ya no parece la bestia rabiosa de
la arena. Su rostro tiene una calma extraña.
Tengo que saberlo. Me giro hacia ella. ¿Qué eres?, le pregunto. El emperador
tiene leones, tigres y osos. Pero contigo, contigo estaba
obsesionado. ¿Por qué? Ella me mira con esos ojos dorados y
empieza a contarme la verdad. Mientras habla, mi mente viaja a ese
palacio maldito. No es una historia de animales, es una historia de codicia.
me habla de hace 8 meses. Veo las sombras del salón del trono iluminado
por antorchas. Veo a brujos del desierto, ratas de
biblioteca con capuchas negras presentándose ante él.
Le trajeron papeles podridos, dibujos de hace 1 años que mostraban a su raza. Le
dijeron que no eran cuentos de viejas, que los demonios dorados del sur
existÃan. El emperador vio los pergaminos y no sintió miedo. Sus ojos brillaron de
envidia. Quiso ser el único dueño del mito.
Me cuenta que llevó a 500,000 hombres a las tierras [música] muertas. 500,000 soldados de élite bajo el sol
abrasador solo para cazarla a ella.
No fue una batalla, fue una carnicerÃa. Ella sola contra un ejército. No la
vencieron con espadas, la vencieron con carne. Ella mató a 50, a 100. Los cadáveres se
apilaban a su alrededor, pero el emperador seguÃa enviando
hombres a morir. La sepultaron. Bajo el peso de los muertos. [música]
La asfixiaron tirándole red tras red, clavándole dardos, ahogándola en veneno,
hasta que sus rugidos se apagaron. No fue una victoria militar, fue una
compra. Pagó su captura con la sangre de su propio ejército.
Y cuando ella cayó paralizada e inmóvil a sus pies, [música] él sonrió con esa frialdad suya.
La trajo encadenada, la obligó a ser su monstruo. [música] Se hace el silencio en el rÃo.
De repente ella se levanta. Su nariz [música] se contrae olfateando el aire
nocturno. Señala hacia la oscuridad del horizonte.
Los mercaderes, dice, y su voz suena afilada como un cuchillo. Huelo su
rastro en el viento. Van al sur, a los puertos de sal. [música]
Amanece en el palacio. El emperador mira el horizonte desde su balcón. Detrás de
él, el silencio [música] toma forma. Aparece el sabueso, un hombre con máscara que no habla, solo
encuentra. El emperador se gira y le entrega el hierro que rompà en la arena. Tráemelos
vivos, [música] ordena. A los tres. Quiero que la niña vea como despellejo a su padre. El encapuchado levanta el
eslabón roto, lo acerca a la nariz de su máscara. Aspira profundo. El cazador ya
tiene nuestro olor.
Nosotros tenemos un largo camino por delante. El desierto de sal no perdona.
El sol no es nuestro aliado, es otro enemigo. Cada paso bajo este fuego hace
que mi herida del hombro grite de agonÃa. Camino arrastrando los pies,
sujetándome el vendaje, empapado en sudor. Ella aguanta mejor, es piedra y
músculo. Yo soy solo carne. Pero no podemos parar. De pronto ella se detiene
en seco. No mira, huele. El viento trae algo peor que el calor. Nos salimos del
camino entre las rocas y lo encontramos. Un bulto de trapos y huesos, un cadáver
tirado en la cuneta, alguien que ya no servÃa, lo dejaron atrás como basura.
Aparto la tela sucia de su brazo y veo la piel quemada, la [música] marca, la
serpiente negra. Son ellos. Mi sangre se hiela bajo el sol abrasador.
Mi hija está con estos carniceros. Si ella tropieza, si ella se cansa, le
harán lo mismo. La dejarán tirada para que se la coman los buitres.
El dolor del hombro desaparece. Ya [música] no siento el cansancio, solo siento miedo y el miedo me hace correr.
El suelo cambia, la tierra [música] roja desaparece y entramos en el infierno
blanco, el desierto de sal. No hay agua, no hay sombra, solo un espejo infinito
[música] que me quema los ojos y me agrieta la piel. Cada paso [música] es
caminar sobre cristales rotos. Yo empiezo a fallar. Mi herida palpita con
[música] el calor y la salujas.
Me cuesta respirar este aire seco, me raspa la garganta, pero ella, ella no se
detiene. Sus pies hechos para la casa, apenas dejan huella.
Es ella quien marca el ritmo. Es ella quien impide que me desplome de cara al suelo. De repente se detiene, no mira
hacia adelante, se gira [música] en seco. Sus orejas se mueven buscando un
sonido que yo no puedo oÃr. Su nariz se contrae. ¿Qué pasa? Le pregunto con la
voz rota por la sed. Algo viene, dice ella. Miro hacia atrás, hacia el
horizonte vacÃo. Al principio no veo nada, solo el temblor del calor sobre la
sal blanca distorsionando el mundo. Pero entonces lo veo un punto negro,
minúsculo, como una mancha de tinta en una sábana limpia. Es una patrulla.
Digo, [música] intentando engañarme a mà mismo, buscando una mentira que me calme. Están a dÃas de distancia, tienen
[música] que descansar. Ella niega con la cabeza. Sus ojos dorados se estrechan con miedo real.
[música] No es una patrulla. Una patrulla se detiene a beber. Una patrulla duerme. Esa cosa no ha parado
desde que salimos del rÃo. Avanza demasiado rápido.
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