La noche de Navidad cae lentamente sobre
la Ciudad de México, envolviéndola en un
brillo artificial de luces doradas,

villancicos lejanos y sonrisas fingidas
que contrastan con el frío que se cuela
entre las calles. Y dentro de un
automóvil de lujo avanza un hombre que
lo tiene todo menos paz. Un padre
millonario vestido con un abrigo
elegante, reloj caro y mirada perdida,
que acaba de abandonar una cena navideña
en su enorme mansión, donde las mesas
estaban llenas, pero las conversaciones
vacías, donde los brindis sonaban huecos
y la risa no lograba ocultar el silencio
que desde hace años habita en su
corazón. Conduce sin prisa, dejando que
el semáforo en rojo dure más de lo
necesario, observando por la ventana
como familias humildes caminan juntas
cargando bolsas de pan, como niños ríen
con juguetes sencillos, como parejas
abrazan para protegerse del viento.
Escenas que inexplicablemente le
aprietan el pecho, porque aunque posee
empresas, cuentas bancarias y
reconocimiento, hace mucho que no siente
calor humano que esas personas comparten
con tan poco. Y mientras la ciudad sigue
su ritmo festivo se desvía sin darse
cuenta hacia una zona olvidada donde las
luces navideñas desaparecen y son
reemplazadas por farolas viejas que
parpadean como si también estuvieran
cansadas hasta que el auto se detiene
bruscamente al borde de un basurero
abandonado, un lugar donde el olor es
pesado y la Navidad parece no existir. Y
es ahí, entre montones de desechos,
cartones húmedos y restos de una ciudad
que tira lo que ya no quiere, donde su
mirada se fija en una figura inmóvil.
Una mujer sentada en el suelo, encogida,
temblando de frío, con la ropa
desgastada pegada al cuerpo y las manos,
apretando una pequeña cruz de madera
como si fuera lo único que aún la
mantiene viva. El hombre apaga el motor,
pero el silencio que invade el lugar no
se parece a de su mansión. Este es un
silencio crudo, real, que pesa más y
durante unos segundos duda porque nunca
ha bajado del coche en un lugar así,
porque su vida siempre ha estado
protegida por muros, guardias y
privilegios. Pero algo es la postura de
esa mujer, en la manera en que inclina
la cabeza como si cargara años de dolor,
rompe la barrera invisible que el mismo
construyó y abre la puerta del auto
sintiendo como el aire helado le golpea
el rostro, recordándole que sigue siendo
humano. Camina despacio, cuidando no
ensuciar sus zapatos caros, aunque en el
fondo sabe que eso ya no importa. Y
conforme se acerca, escucha la
respiración agitada de la mujer, ve sus
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