
Había un veneno que corría por las venas de la sierra, pero no era arsénico, era
la codicia de un hermano maldito. Cuando Rosita la buenota le confesó a Pancho
Villa la verdad más oscura que guardaba su alma, todo cambió. Tres tazas de
café, tres hermanos muertos, un solo heredero viviendo como rey con sangre en
las manos. ¿Se acuerda de cómo les gustaba el café a sus hermanos?
En 1916, la justicia revolucionaria llegó a la hacienda Los tres hermanos con un
castigo que haría temblar a México entero. El general Villa y sus dorados
pos tenían preparada la purga más cabrona que fratricida alguno había sufrido. El fratricida purgado.
3 L. Tres hermanos, una sola sentencia.
La leyenda que convirtió la traición familiar. En corrido inmortal. Bienvenido, primo, a tu canal El
Centauro del Norte. Coméntame en cuál ciudad me escuchas. Mientras lo haces, yo te contaré relatos, historias y
leyendas épicas revolucionarias. Si son de tu agrado, te agradeceré que me obsequies un me gusta que mucho me
ayudará tu apoyo. ¿Estás listo? Comenzamos. En una cañada escondida
entre los pinos de la sierra chihuahüense, Post tenía Villa, su refugio secreto, donde se juntaba con
Rosita la Buenota. Era una cabaña de adobe rodeada de ensinos, donde el
general Pos se olvidaba de la guerra y de los federales para disfrutar del amor
de su querida más hermosa. “Órale, mi Rosita!”, le decía Villa acariciándole
el cabello negro como noche sin luna. Aquí pues nadie nos encuentra, ni
Carranza ni todos sus soldados. La mujer sonreía, pero postvilla veía tristeza en
esos ojos verdes que lo volvían loco. Era 1916
y la revolución seguía chingue y chingue, pero Villa siempre pos
encontraba tiempo para su rosita. Ella le contaba historias de su vida en la hacienda a los tres hermanos del valle
de Namiquipa, donde había vivido con su difunto esposo. “Mi general”, le decía
Rosita con voz melancólica, “a veces, pos me dan ganas de contarle cosas que
me duelen en el alma.” Villa la abrazaba fuerte contra su pecho, sintiendo que pos su querida
cargaba secretos pesados como plomo, pero nunca la presionaba porque sabía
que las mujeres buenas hablan cuando están listas. Una noche de lluvia y
viento helado, Rosita Pos ya no pudo guardar el secreto que la estaba matando
por dentro. Con lágrimas corriendo por sus mejillas de morena hermosa, le contó
a Villa la verdad sobre la muerte de su esposo, don Rutilio. “Mi general”, le
dijo temblando como hoja en tempestad. “A mi marido lo mataron con veneno y yo,
poserezó como resorte, porque las palabras de su
querida le helaron la sangre. ¿Cómo que veneno, Rosita? Cuéntame todo lo que
viste”, le dijo poniéndole las manos en los hombros. Pos era el café de las
mañanas, siguió contando Rosita entre soyosos que pos le partían el corazón a
Villa. Mi Rutilio siempre tomaba su café negro en el mismo jarro de barro y una
mañana PZ lo vi retorcerse de dolor después de bebérselo.
La mujer le describió como su esposo había muerto entre convulsiones horribles, con la boca llena de espuma y
los ojos salidos como de sapo. Y después pos murieron igual sus dos hermanos,
Eusebio y Aristeo, los tres en menos de un año. Villa apretó los puños, porque
pues ya se olía que ahí había gato encerrado. “¿Quién pues se quedó con todas las tierras después de que
murieron los tres?”, preguntó Villa, aunque ya pos se imaginaba la respuesta.
Rosita se secó las lágrimas con el rebozo y le contó la verdad que la estaba carcomiendo.
Evaristo, el hermano menor, se quedó con toda la hacienda.
Le explicó como ese cabrón flaco y pálido siempre había andado envidiando a
sus hermanos mayores por ser más exitosos. Cada vez que P moría uno,
Evaristo llegaba con documentos ya listos para heredar todo, murmuró Rosita
con voz llena de rencor. Villa se puso de pie y empezó a caminar por la cabaña
como león enjaulado, porque pues la sangre se le estaba calentando.
“Tu viste a ese hijo de la chingada echando veneno en el café”, le preguntó
directamente a su querida. Rosita asintió con la cabeza y le contó
cómo había visto a Evaristo en la cocina temprano, una mañana echando polvos
blancos en el jarro de café de su esposo Rutilio. Pues creí que era azúcar, mi
general, pero después que mi marido murió retorciéndose, ya pos me di cuenta
de que era otra cosa”, confesó la mujer llorando de coraje. Villap se quedó
Las Confesiones de Rosita
callado un buen rato fumando un cigarro y pensando si debía meterse en ese pedo
familiar. “Se me hace muy cabrón eso de matar, hermanos”, murmuró mirando el fuego de
la chimenea. Tenía razón el general, porque pues una cosa era pelear contra
federales y otra muy diferente era meterse en chingaderas de familia.
¿Estás segura, Rosita? A veces pos las muertes naturales llegan juntas”, le
dijo tratando de encontrar otra explicación que no fuera tan horrible como envenenar hermanos de
sangre. “Pues sí, estoy segura, mi general”, le contestó Rosita con firmeza, que pos dejaba lugar a dudas.
Los tres murieron igual, retorciéndose y echando espuma por la boca después del
café matutino. Ella siguió fumando y pensando porque P
tenía la guerra contra Carranza y no sabía si valía la pena desviarse por un
asunto personal, pero cada vez que veía llorar a su querida Rosita, pues se le
encabronaba el corazón pensando en ese cabrón de Evaristo, viviendo como rey
con las tierras manchadas de sangre de sus propios hermanos. Al día siguiente,
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