En 1895, mató al hombre que violó a su bebé de 13 meses -Que aparece en la Foto -Te sorprenderá.

El día que Catalina Durán apretó el
gatillo, nadie en Sevilla imaginó que
esa mujer de mirada vacía llevaba 19
años cargando un infierno que ni el
fuego podría purificar. En el viejo
archivo provincial de Sevilla existe una
fotografía fechada en 1895.
En ella aparece una joven de apenas 13
años llamada Catalina Durán, de pie
junto a su tía Remedio Salcedo y su
esposo Julián Martínez. La niña viste un
austero vestido negro, aún de luto por
sus padres, fallecidos en un accidente
ferroviario meses atrás. Sus ojos
oscuros miran directamente a la cámara
con una intensidad perturbadora. Lo que
nadie sabía entonces era que esos ojos
ya habían comenzado a aprender el
lenguaje del terror. Catalina llegó a la
hacienda de los Salcedo, en las afueras
de Sevilla, siendo apenas una niña
huérfana. Su tía Remedios, una mujer
piadosa pero débil, la acogió con
genuino cariño. Pero su esposo, Julián
Martínez, un hombre respetado en la
comunidad, propietario de Olivares y
Viñedos, escondía tras su sonrisa afable
una oscuridad insondable. Los primeros
meses fueron sutiles, una mano que se
demoraba demasiado al ayudarla a bajar
del carruaje. Miradas que la recorrían
durante las comidas. roces accidentales
en los pasillos estrechos de la casa.
Catalina, con apenas 13 años, no
comprendía completamente lo que sucedía,
pero su instinto le gritaba que algo
estaba profundamente mal. Cuando cumplió
15 años, Julián se volvió más audaz.
Entraba a su habitación con excusas
banales. Le susurraba palabras que la
hacían sentir sucia, atrapada, remedios,
consumida por sus deberes religiosos y
la administración de la casa. No veía
nada o quizás no quería ver. Catalina
vivió 3 años en ese purgatorio
silencioso, soportando los avances cada
vez más descarados de Julián, quien la
acorralaba en los establos, en la
bodega, en cualquier rincón donde
pudiera encontrarla sola. Nunca consumó
su deprabación completamente, pero la
sometía a humillaciones que le
arrebataban pedazos de alma cada día.
Cuando Catalina cumplió 18 años,
apareció en su vida Vicente Romero, el
hijo del propietario de la finca vecina.
Era un hombre sencillo de 25 años que
trabajaba la tierra con sus propias
manos. Se enamoró de Catalina con la
devoción pura de quien jamás había
conocido la maldad. Le escribía cartas
torpes, pero sinceras. Le llevaba flores
del campo, la miraba como si fuera el
sol mismo. Catalina no amaba a Vicente,
pero veía en él su única escapatoria.
Aceptó su propuesta de matrimonio con
una desesperación que él confundió con
felicidad. Se casaron en la primavera de
1900 y Catalina creyó que finalmente
había dejado atrás su pesadilla, pero el