
Si no completas la cuota antes de que bajen las lonas, mañana este puesto
amanece con otro nombre.” dijo Braulio y le arrancó a Mariela la libreta donde
llevaba apuntadas sus ventas. Mariela miró la última torta sobre el comal y
supo que si la regalaba, Tomás se dormiría con el estómago vacío y su
madre volvería a partir la pastilla para que rindiera dos días más. Cuando el
viejito alzó la mano temblorosa y pidió solo un bocado, ella tomó una decisión
que ya no tenía regreso. El humo del comal ya salía triste, cansado, como si
también supiera que aquella tarde estaba perdiendo la pelea. El tianguis de la
colonia San Gabriel llevaba horas desinflándose. Los puestos de ropa ya
bajaban maniquíes. de frutas remataban mangos golpeados y los del pasillo de
películas pirata estaban enrollando las lonas con esa prisa resignada de quien
ya entendió que el día salió malo. A Mariela le quedaban dos panes tostados,
un poco de frijol embarrado al fondo de la olla, media lata de chiles, queso
rallado medido con cuidado y una sola torta armada envuelta a medias en papel
blanco, esperando cliente como quien espera un milagro. Tenía 19 años, pero
esa tarde parecía cargar el doble. Traía el delantal manchado de frijoles, una
liga reventada, sujetándole el cabello y los ojos rojos de no haber dormido bien.
En la madrugada, su madre había vuelto a doblarse del dolor. Nada escandaloso,
nada que armara ruido, solo ese tipo de dolor que vive callado en las casas
pobres y que por eso mismo se vuelve costumbre para todos, menos para el que
lo padece. Tomás, su hermano de 9 años, había salido de la primaria con la
promesa de que esa noche sí habría torta completa. Se lo había prometido ella al
mediodía, cuando todavía creía que la venta levantaría. Ahora la última torta
estaba sobre el comal y la promesa de una hermana pesaba más que cualquier moneda. Del otro lado del puesto, don
Braulio Serrano esperaba con la libreta en una mano y la paciencia podrida.
Tenía 53 años, barriga corta, cuello grueso y esa cara de hombre que aprendió
a endurecerse tanto que ya no sabía cómo volver atrás. Era el encargado de cobrar
cuotas en el tianguis, repartir espacios, mover favores, decidir quién
se quedaba y quién desaparecía del pasillo. No era el dueño de nada, pero
actuaba como si la calle le perteneciera. Lo obedecían por miedo, por conveniencia o por cansancio. A
veces una de esas tres cosas basta para convertir a un hombre en tirano. Aquella
tarde llevaba más rabia que de costumbre. Su yerno había perdido dinero en un negocio torpe. Los prestamistas ya
le rondaban la casa. Su esposa le había dicho en la mañana que estaba harto de
verlo convertirse en alguien que ni su propia madre reconocería. Y Braulio, que
podía soportar la deuda, la amenaza y hasta el desprecio de la mujer con la
que llevaba media vida, no soportaba una cosa, parecer débil delante de los
demás. Por eso se plantó frente al puesto de Mariela, como si estuviera a
punto de dar una lección. Te faltan 38 pesos, dijo. Hoy estuvo flojo don
Braulio. Déjeme cerrar y mañana temprano se los completo. Mañana temprano ya me
ofrecieron esta esquina. Mariela tragó saliva. Esta esquina era de mi papá. Tu
papá se murió. La frase cayó seca, sin volumen, como una cachetada dada por
costumbre. Y las calles no guardan luto, añadió él.
Aquí paga el que vende, el que no paga se va. Mariela apretó la orilla del
mostrador. Solo deme chance hasta mañana. Le juro que no me escondo. Las
muchachas como tú siempre juran, luego lloran, luego desaparecen y uno queda
como tonto. No soy de esas. Entonces demuéstralo. Le devolvió la mirada por
un segundo, pero se la sostuvo con miedo, no con fuerza, porque la verdad
era simple. Si Braulio le quitaba ese lugar, no perdía solo un puesto. Perdía
la única forma inmediata de llevar comida a su casa. La única rutina que la
mantenía sintiendo que todavía tenía un suelo bajo los pies. Fue ahí cuando
apareció el viejito. Nadie lo vio llegar. No venía pidiendo escándalo ni
arrastrando tragedia, solo caminando despacio por el pasillo con la ropa
gastada, los zapatos vencidos de un lado y una chamarra vieja cerrada hasta el
cuello. Traía la barba desordenada, la piel llena de polvo y en la mirada ese
cansancio que ya no busca lástima porque aprendió que no siempre la encuentra. se
detuvo frente al puesto de Marila y miró la torta como quien mira un recuerdo.
“Hijita”, dijo con voz baja, “noc. ¿me venderías aunque sea media?” Mariela
no respondió de inmediato. Volteó a ver la torta, volteó a ver a Braulio, volteó
a ver el bote donde guardaba las monedas y pensó en su madre partiendo la
medicina. pensó en Tomás esperando en la casa con esa paciencia de niño bueno que
a veces duele más que el llanto. Pensó en el gas casi vacío. Pensó en el
cuaderno de la escuela. Pensó en todo lo que la pobreza obliga a contar antes de
decidir si uno puede seguir siendo humano. Braulio sonrió de lado, como si
ya hubiera adivinado la pelea dentro de ella. Véndesela”, dijo. “¿Pero me
completas?” El viejito bajó la mirada, quizá avergonzado. “Si no se puede, no
se preocupe”, murmuró. “Ya se me va pasando.” Esa frase fue la que le rompió
algo a Mariela. No la súplica, no el temblor, no la cara de hambre. Esa frase
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