Abandonada, frágil y debilitada, tras dar a luz sola en el camino polvoriento,

Isabela apretó a su hijo recién nacido contra su pecho cuando vio a la Pache

acercarse. Tacoda miró a aquella mujer entre la vida y la muerte, y tomó la

decisión que revelaría el pasado olvidado de ella y uniría sus destinos para siempre. Hola, mi querido amigo.

Soy Ricardo Rodríguez, el narrador de sueños y destinos. Antes de comenzar, te

invito a suscribirte a nuestro canal y cuéntame desde qué ciudad nos estás

viendo. Un fuerte abrazo y disfruta la historia. El polvo se alzaba en nubes

secas sobre el camino que conectaba Chihuahua con el territorio de Nuevo México. Era 1873

y Isabela caminaba despacio con los pies hinchados dentro de unas botas que ya no le quedaban bien. El sol del mediodía

caía como plomo derretido sobre su cabeza y el único alivio era la sombra

escasa de los mesquites que bordeaban el sendero. Llevaba una mano sobre el vientre abultado, como si quisiera

proteger al hijo que crecía dentro de ella de todo lo que había pasado. No

pensaba en el destino, solo en el siguiente paso. Había salido de la

hacienda de don Ramiro tres días atrás, cuando el patrón la echó frente a todos

los trabajadores. No le dio tiempo de recoger nada, solo le gritó que era una mentirosa, una mujer sin honor y que el

hijo que esperaba no era de él. Isabela todavía recordaba las caras de las otras

criadas, mirándola con lástima o con desprecio, pero ninguna se atrevió a

defender a la joven mestiza que había llegado sin nada y que se iba de la

misma forma. Si vuelves por aquí”, le había dicho don Ramiro con esa voz fría que usaba cuando

daba órdenes. “Haré que te encierren por ladrona.” Isabela no había robado nada,

solo había creído en promesas que nunca estuvieron escritas.

El patrón le había dicho que se casaría con ella cuando muriera su esposa enferma. le había prometido que

reconocería al hijo. Pero cuando ella le mostró el vientre crecido, don Ramiro la

miró como si fuera una desconocida, como si jamás la hubiera tocado. Ahora, tres

días después, Isabela sentía que el cuerpo no le respondía. Había comido

poco, bebido menos, el calor le nublaba la vista y las piernas le temblaban cada

vez que intentaba avanzar. se detuvo bajo un álamo seco buscando aire fresco

que no llegó. Solo había viento caliente y el canto agudo de las cigarras. Se

sentó sobre una piedra plana, sintiendo como el polvo se le metía en la garganta. El bebé se movió dentro de

ella, un empujón leve pero insistente. Isabela cerró los ojos y trató de

recordar el rostro de su madre, muerta cuando ella era niña. No lo consiguió.

Solo vio sombras. No sé qué hacer contigo murmuró pasándose la mano por el

vientre. No sé cómo vamos a sobrevivir. El dolor llegó de repente, como una mano

que le apretaba el cuerpo desde adentro. Isabela jadeó agarrándose de la roca.

Esperó a que pasara, pero el dolor volvió más fuerte. Se puso de pie temblando y miró a su alrededor. El

camino estaba vacío. No había casas. ni carretas ni personas, solo el desierto

seco y el cielo que empezaba a teñirse de rojo. El bebé iba a nacer y no había

nadie para ayudarla. Isabela se arrastró hasta un lugar menos expuesto, entre

unas rocas que ofrecían algo de sombra. Se quitó el rebozo y lo extendió en el

suelo. Las contracciones llegaban cada vez más seguido, partiéndola en dos.

Respiraba con dificultad tratando de recordar lo que había visto cuando las

parteras ayudaban en la hacienda, pero su mente estaba nublada de dolor y

miedo. El sol bajó lentamente. Isabela gritó una vez, luego otra. No había

nadie que la escuchara, solo el viento. Cuando el bebé finalmente salió, era de

noche. Isabela temblaba de frío y fiebre. Cortó el cordón con un pedazo de

vidrio roto que encontró entre las piedras y envolvió al niño en lo que

quedaba de su reboso. El bebé lloraba débilmente, un sonido pequeño que

parecía perderse en el vacío del desierto. Isabela lo acercó a su pecho

sintiendo su calor diminuto contra su piel. Lloró sin lágrimas porque su

cuerpo ya no tenía agua que dar. Perdóname”, le susurró al niño. “no sé

cómo cuidarte.” Se recostó sobre la piedra fría con el bebé en brazos y miró

las estrellas que empezaban a aparecer. Pensó en dejarlo junto al camino para

que alguien lo encontrara. Alguien con casa, con comida, con una vida que

ofrecerle. Ella no tenía nada de eso. El bebé dejó de llorar. Isabela sintió

pánico, lo movió suavemente y el niño volvió a quejarse hambriento. Isabela

trató de darle el pecho, pero no salió nada. Su cuerpo estaba seco, exhausto.

El bebé buscaba con desesperación y ella solo podía mirarlo sintiendo que lo

estaba fallando desde el primer momento. “No puedo”, murmuró con la voz rota. “No

puedo darte nada en la oscuridad. Escuchó el sonido de

cascos. Se incorporó apenas asustada. Había oído historias de bandidos que

recorrían estos caminos, de hombres que tomaban lo poco que uno tenía y dejaban

solo cuerpos en el polvo. Apretó al bebé contra su pecho tratando de hacerse

invisible, pero los caballos se detuvieron cerca. Isabela vio sombras moviéndose en la penumbra. Una voz habló

en una lengua que no entendía del todo, pero reconoció el tono apache. Su

corazón se aceleró. Los apaches eran temidos en toda la región. Se decía que mataban sin piedad

a los mexicanos, que tomaban lo que querían y desaparecían en las montañas.

Isabela pensó que tal vez había llegado su fin. cerró los ojos apretando al

bebé, esperando lo peor. Pero lo que llegó fue una voz grave hablando en

español con acento marcado. “¿Estás herida?”, Isabela abrió los

ojos. Frente a ella había un hombre alto con el cabello largo y oscuro, vestido