Elige a una de mis hijas. Le ofreció el asendado a la Pache, que había salvado

su propiedad. La quiero ella, respondió el guerrero, señalando a Lucía, la hija

marcada que la propia familia despreciaba. Nadie imaginó que esa

elección imposible transformaría a dos sobrevivientes rechazados en una familia

improbable. Hola, mi querido amigo. Soy Ricardo Rodríguez, el narrador de sueños

y destinos. Antes de comenzar, te invito a suscribirte a nuestro canal y cuéntame

desde qué ciudad nos estás viendo. Un fuerte abrazo y disfruta la historia.

Nantá aprendido temprano que el luto no alimentaba a un niño. Viudo desde hacía

dos años, después de perder a su esposa en una matanza que nadie asumió

oficialmente, vivía como si cada amanecer fuera una deuda por pagar.

No era hombre movido por orgullo ni por gloria, lo movía la necesidad. Tenía un

hijo pequeño, Isa, y el niño cargaba un cuerpo frágil, sujeto a fiebres que

venían en oleadas y dejaban al Padre siempre al borde de la desesperación.

Cada noche, Nantán observaba al hijo respirar, contando los segundos entre

una exhalación y la siguiente, esperando que el ritmo no se quebrara. Había

noches en que el niño temblaba tanto que Nantán lo envolvía en todas las mantas

que tenía, acercándolo al fuego, rezando en silencio a espíritus que tal vez ya

no lo escuchaban. No podía darse el lujo de permanecer en un lugar fijo, sin trabajo y sin

suministros. Tampoco podía abandonar el territorio y convertirse en blanco fácil

para quienes buscaban cobrar venganzas antiguas o simplemente eliminar a un

pache más del mapa. Lo que le quedaba era usar lo que sabía hacer con

eficiencia brutal, combatir, rastrear, prever movimientos, sobrevivir cuando

otros caían. Nantan no presumía de estas habilidades. Las usaba como

herramientas, como quien usa un cuchillo para cortar carne o una cuerda para atar

un caballo. Eran medios, no fines. El fin era simple. Mantener a Isa vivo

hasta que el cuerpo del niño fuera lo suficientemente fuerte para enfrentar el

mundo sin que cada cambio de temperatura se convirtiera en amenaza mortal.

Aceptaba servicios que otros rechazaban. A veces escoltaba mercancías por rutas

donde los bandidos esperaban en cada recodo del camino. A veces defendía

comerciantes que necesitaban cruzar territorios en disputa entre mexicanos,

apaches y soldados estadounidenses que no distinguían entre amigos y enemigos.

A veces recuperaba ganado robado, siguiendo rastros que otros consideraban

imposibles de leer, moviéndose por la noche como sombra silenciosa que los ladrones nunca veían hasta que ya era

tarde. El pago variaba. Había veces que recibía monedas de plata, otras veces

solo un saco de maíz, algunas balas y la promesa de que nadie lo buscaría por un

tiempo. No importaba la forma del pago, el objetivo era siempre el mismo: comida

para mantener al niño nutrido, municiones para defenderse en el camino,

medicina cuando la conseguía y un poco de tiempo para que Isa respirara sin

empeorar. Con el tiempo, el nombre de Nantán se había esparcido por la

frontera como sinónimo de peligro controlado. Para unos era solo miedo

ancestral, el terror que despertaba cualquier apache armado en tierras, donde las masacres eran moneda

corriente. Para otros era utilidad pura. Un hombre

que cumplía lo que prometía, que no robaba más de lo acordado, que no mentía

sobre sus capacidades ni fallaba cuando la situación se ponía difícil. Nantán no

se preocupaba por la imagen que proyectaba, siempre que esa imagen lo mantuviera trabajando y por tanto

manteniendo a Isa con vida. Si alguien lo temía, bien. Si alguien lo contrataba

por ese mismo miedo, mejor. Lo importante era que el niño comiera cada

día y que las fiebres, cuando venían, tuvieran alguna medicina para ser

combatidas. Cuando Tomás Calderón apareció buscándolo en un poblado polvoriento de

la frontera, Nantan supo de inmediato que el hombre traía problemas más

complicados que los usuales. Tomás no parecía el tipo de hombre que

suplicaba ayuda. era ascendado, conocido en la región, dueño de tierras buenas

que se extendían por leguas, ganado fuerte que alimentaba a familias enteras

y fama de hombre severo que no toleraba debilidad en nadie, ni en sus empleados,

ni en su propia familia. Los rumores sobre Tomás circulaban con

frecuencia, que había quemado un rancho vecino para expandir su propiedad, que

había dejado morir a un peón herido porque no quería pagar por un médico, que trataba a sus hijas como mercancía,

que debía producir buen matrimonio o no valía nada. Nantán conocía estos

rumores, pero no le importaban. Los rumores no pagaban por medicina. Tomás

buscó a Nantán en un poblado de paso, uno de esos lugares donde comerciantes,

vaqueros y borrachos se mezclaban en cantinas de techo bajo y paredes de

adobe agrietado, donde las peleas eran frecuentes y la ley consistía en quien

tuviera más pistolas o más amigos. La presencia de un apache armado en estos

lugares hacía que la mayoría guardara distancia prudente, algunos por miedo

genuino, otros por desprecio que no se atrevían a expresar abiertamente.

Nantán estaba acostumbrado a ambas reacciones. Se sentaba siempre en las esquinas, con

la espalda contra la pared y vista clara de todas las entradas. Comía rápido,