El viejo Rogelio Arrieta creyó, por un instante, que aquel sonido era solo el viento reventándose contra los pinos de la sierra.

En invierno, la montaña de Chihuahua lloraba así. Aullaba. Gemía entre las piedras como si debajo de la nieve hubiera almas enterradas pidiendo que alguien las oyera. Pero aquella tarde, mientras guiaba a su mula por un sendero casi borrado por la tormenta, Rogelio vio algo que el viento nunca dejaba sobre la tierra.

Sangre.

Una mancha roja, viva, brutal, regada sobre la nieve nueva.

Se detuvo de golpe.

La mula también.

El silencio que vino después fue peor que el ruido del aire. Rogelio no era un hombre nervioso. A sus cincuenta y tantos, con media vida gastada en la sierra y la otra mitad rota por guerras que nunca contaba, ya había visto de todo: mineros degollados por una bolsa de polvo de plata, muchachos congelados con la botella todavía en la mano, mujeres huyendo de hombres peores que el hambre. Pero aquella sangre no estaba donde debía estar. No venía de un venado. No venía de un puma. Venía de pasos humanos, pequeños, torcidos, arrastrados.

Alguien había venido caminando por ahí… y había llegado casi sin vida.

Rogelio bajó de la mula, acomodó el rifle sobre el hombro y siguió el rastro. Las huellas entraban entre unos cedros negros, luego bajaban hacia una hondonada llena de troncos caídos y roca húmeda. El viento pegaba con más fuerza allí abajo. Era un sitio maldito para quedarse atrapado después del anochecer.

La encontró debajo de un árbol reventado por un rayo antiguo.

Al principio pensó que estaba muerta.

Era apenas un bulto de trapos empapados, barro seco y huesos. Estaba hecha un ovillo, como si hubiera querido meterse dentro de sí misma para escapar del frío. Los pies, envueltos en jirones, dejaban asomar carne abierta. Las manos temblaban todavía, aunque no parecía consciente de ello. Rogelio se acuclilló junto a ella y, con la punta del guante, le apartó un mechón de cabello pegado a la cara.

Era joven.

Muy joven.

No más de veinticuatro, veinticinco años.

Tenía la boca partida, un pómulo morado y la piel tan pálida que casi parecía azul bajo la luz opaca de la tarde. Pero lo que hizo que Rogelio sintiera una furia fría, lenta, de esas que nacen en el estómago y suben como navaja, no fueron sus heridas.

Fue el aro de cuero grueso reforzado con hierro que le apretaba el cuello.

No era una gargantilla.

No era un adorno.

Era un collar.

Un collar de animal.

Ancho, pesado, asegurado atrás con un candado de bronce ennegrecido por el uso. La piel del cuello se le había podrido alrededor. Tenía una llaga inflamada, húmeda, infectada, como si hubiera llevado aquella cosa demasiado tiempo.

Rogelio cerró la mandíbula.

—Quién te hizo esto, hija de la chingada desgracia…

La mujer se estremeció al escuchar la voz. No abrió los ojos del todo, pero alzó las manos de inmediato para cubrirse la cabeza, como quien espera un golpe antes de ver quién viene a dárselo.

Ese gesto le dijo a Rogelio más que cualquier palabra.

—Tranquila —murmuró, bajando la voz—. No vine a rematarte.

Ella soltó un jadeo ronco, casi animal, y trató de arrastrarse más atrás entre las raíces. No pudo. El cuerpo ya no le respondía. Rogelio maldijo en silencio. El sol se estaba hundiendo. El viento venía peor. Si la dejaba ahí, no llegaba viva ni a la noche cerrada.

No lo pensó más.

La envolvió en su jorongo, la levantó con cuidado y la subió sobre la mula. Pesaba casi nada. Eso le dolió de una forma rara. Nadie debía pesar tan poco salvo un niño o alguien a quien la vida ya había mordido demasiado.

El regreso a la cabaña fue lento y feroz.

La tormenta empezó a caer de verdad cuando iban a medio camino. Nieve dura. Viento de cuchillo. Rogelio avanzó guiando a la mula por memoria, porque el sendero desapareció bajo el blanco. Dos veces creyó oír cascos lejanos, pero pudo haber sido la sierra jugando con los ecos. No volteó. No aflojó el paso. Solo siguió hasta que al fin vio, entre la neblina helada, la silueta baja de su casa de madera y piedra.

La metió cargando.

Encendió el fogón.

Calentó agua.

Le quitó la ropa congelada con la urgencia seca de un hombre que ya había salvado cuerpos antes, aunque hubiera jurado no volver a hacerlo. Le cubrió los pies, le frotó los brazos, le puso mantas encima y dejó piedras calientes envueltas en tela junto a sus piernas. Cuando quiso tocar el collar, la mujer volvió en sí con un sobresalto violento.

Abrió los ojos.

Eran claros. No bonitos, no dulces. Claros como el hielo quebrado.

Y llenos de terror.

—No —dijo ella con la voz rota apenas él acercó la mano a su cuello—. No… no lo toque.

Rogelio se quedó quieto.

—Está infectado.

Ella negó con desesperación.

—Si se rompe… él va a saberlo.

—¿Quién?

Tardó en responder. Los labios le temblaban.

—Severiano Beltrán.

Rogelio no conocía el nombre, pero lo guardó en la memoria.

—No me importa quién sea.

—A usted debería importarle —susurró ella, y por primera vez lo miró de frente—. Si me encontró, él me va a encontrar también.

El viejo no contestó. Fue hasta la mesa de herramientas, tomó una lámpara y volvió a su lado. Observó el candado, el hierro remachado, la costra de sangre vieja. Quien había hecho aquello sabía exactamente lo que estaba haciendo. Era una pieza pensada para humillar, para marcar, para convertir a una persona en propiedad visible.

—Te va a matar la infección antes que ese hombre —dijo al fin.

Los ojos de ella se llenaron de lágrimas, pero no lloró como lloran los débiles. Lloró en silencio, tiesa, como si le diera vergüenza desmoronarse frente a un desconocido.

—No tengo llave —continuó Rogelio—. Va a doler.

Ella cerró los ojos.

Asintió una sola vez.

Rogelio buscó el cincel, el martillo, unas pinzas viejas del herrero del pueblo que una vez cambió por pieles. Trabajó con paciencia brutal, con el pulso firme de quien sabe que un error de medio centímetro puede abrirle la garganta a alguien. El primer golpe contra el candado retumbó en la cabaña como disparo. Ella se sacudió entera. El segundo deformó el metal. El tercero lo partió.

Pero el collar no cayó.

El cuero se había pegado a la piel con sudor, sangre y tiempo.

Rogelio tuvo que usar su cuchillo.

Metió la hoja entre el cuello y la tira endurecida, avanzando milímetro por milímetro. Ella dejó escapar un sonido bajo, entre dolor y memoria, como si no le estuvieran cortando cuero sino años enteros de miedo.

Y cuando por fin el collar cedió y cayó sobre la mesa con un golpe sordo, la mujer soltó un grito ahogado y llevó ambas manos a su garganta desnuda.

Respiró.

Volvió a respirar.

Luego se dobló sobre sí misma y lloró como si se le estuviera saliendo el alma por los ojos.

Rogelio agarró aquella porquería de hierro y cuero con una rabia que ya no cabía en el pecho. Abrió la puerta, salió a la tormenta y caminó hasta el pino más viejo detrás de la cabaña. Cavó en la tierra congelada hasta que los dedos se le entumieron y enterró el collar allí, hondo, como si estuviera sepultando algo vivo.

Cuando regresó, la mujer dormía rendida, con una mano en el pecho y la garganta al fin libre.

La fiebre empezó dos días después.

Y en medio del delirio, entre palabras quebradas y recuerdos que se le escapaban como sangre tibia, ella dijo algo que hizo que Rogelio se quedara inmóvil junto al fogón:

—No me busca por mí… me busca por el libro.