Un loro implora a un policía. Lo que pide te va a impactar. El loro estaba solo. No había casas cerca, no había

autos, no había gente mirando. Solo una carretera de tierra, el sol cayendo sin

misericordia y un loro pequeño posado en el suelo con una ala ligeramente

levantada. Rómulo bajó la mirada. Era policía desde hacía años. Había visto accidentes,

peleas, injusticias, pero nunca había visto algo así. El loro no grasnaba, no aleteaba

nervioso, no intentaba volar de un lado a otro, solo estaba ahí mirándolo con

los ojitos cansados, con una lágrima resbalando por su plumaje sucio, con esa

ala levantada que no pedía [música] juego, pedía algo más. Rómulo pensó lo

primero que cualquiera pensaría, [música] que tenía hambre, que quería agua, que buscaba refugio. Se agachó un poco,

estiró la mano con cuidado. [música] Tranquilo, pequeño. El loro no se acercó, no dio un paso y eso fue lo

primero que no encajó, porque los loros hambrientos se acercan, los loros sedientos se acercan, los loros

asustados al menos retroceden o grasnan, pero este no. Este dio un pequeño salto

y luego miró hacia atrás. Rómulo siguió la mirada. Nada, solo polvo, silencio y

una línea larga de camino perdiéndose en el horizonte. El loro volvió a mirarlo,

[música] levantó otra vez el ala y ahora, con esfuerzo, dio unos saltitos en dirección contraria a Rómulo. Luego

se detuvo. Esperó como si dijera, “¿Vienes o no?” El policía [música]

sintió un nudo en el pecho. “Oye”, murmuró. “¿Qué haces?” El loro volvió.

No voló. [música] Caminó a saltitos lentos. Se notaba cansado. Llegó hasta Rómulo, le rozó la

bota con el [música] pico y volvió a girarse. Otra vez esa mirada hacia el camino. Rómulo se quedó inmóvil. Algo no

estaba bien. No era un loro perdido. No era un loro abandonado. Al menos no solo

eso. Había urgencia en sus ojos. El sol pegaba fuerte. El pico del loro estaba

seco. Su cuerpo demasiado delgado para ser tan joven. Rómulo miró el reloj. No

sabía por qué, pero sintió que el tiempo importaba. Pequeño, susurró. ¿Qué

quieres? El loro no respondió con un sonido, respondió moviéndose. Avanzó

unos metros a saltitos, se detuvo, volteó, esperó. Rómulo dio un paso. El

loro avanzó otro poco y entonces, por primera vez, Rómulo sintió algo que no había sentido en mucho tiempo. Miedo, no

por él, sino por lo que podía estar al final de ese camino. Porque los animales no piden que lo sigan, a menos que no

puedan volver solos. El loro se tambaleó. Casi cayó, pero se sostuvo

como si supiera que no podía darse el lujo de caer ahí. Rómulo respiró hondo,

miró a su alrededor. No había señal, no había nadie más, solo él. Y ese oro que

parecía cargar algo demasiado grande para su tamaño. Está bien, dijo

finalmente. Te sigo. El loro no aleteó de alegría, no celebró, simplemente

siguió avanzando a saltitos. Eso fue lo segundo que eló a Rómulo, porque los

loros entienden cuando alguien decide ayudarlos y este actuó como si supiera que aún no estaban a salvo. El camino se

volvió más estrecho, más seco, más silencioso. El loro iba unos metros

adelante, se detení. Esperaba. Rómulo empezó a notar detalles. Huellas en la

tierra, marcas arrastradas, un olor raro en el aire, algo viejo, algo que no

debía estar ahí. El loro bajó la cabeza, avanzaba más lento. Ahora Rómulo aceleró

el paso, ya casi murmuró sin saber por qué y entonces pasó. El oro se detuvo en

seco, no avanzó más. se quedó rígido con las plumas herizadas con el cuerpo

tenso. Rómulo sintió cómo se le erizaba la piel. Porque cuando un animal llega

hasta donde puede, no es porque haya terminado el camino, es porque ahí empieza lo peor. Rómulo lo dio un paso

más y en ese momento entendió que el loro nunca estuvo pidiendo ayuda para él. Estaba pidiendo ayuda para alguien

que no podía moverse y lo que Rómulo estaba a punto de encontrar iba a cambiarlo para siempre. Porque lo que

Rómulo escucha a continuación no debería existir en medio de la nada. Rómulo no

sabía en qué momento el silencio empezó a pesar tanto. Al principio el camino

era solo eso, un camino, tierra seca, piedras sueltas, el sol todavía alto

quemando la piel. Pero después de unos minutos algo cambió. No fue un sonido,

no fue una imagen clara, fue una sensación como si el lugar no quisiera que alguien estuviera ahí. El loro iba

delante de él a unos cuantos saltitos. No volaba, no grasnaba para jugar,

avanzaba con propósito. Cada cierto tramo se detenía, volteaba, esperaba a

Rómulo y cuando el policía se acercaba seguía. Rómulo empezó a notar lo lento que iba el animal, demasiado lento para

un loro joven. Sus patitas se hundían un poco en la tierra blanda. A veces tropezaba con piedras pequeñas. En una

ocasión casi cayó de lado. Rómulo estuvo a punto de cargarlo, pero algo lo

detuvo. El loro levantó la mirada justo en ese instante. No fue miedo, no fue

rechazo, fue insistencia, como si dijera, “Todavía no. Sigue. Rómulo

apretó la mandíbula. Está bien, susurró. Tú mandas.

El camino se volvió más angosto. La vegetación empezó a desaparecer. Ya no

había árboles grandes, solo matorrales secos y pasto amarillo. El viento

levantaba polvo. El aire se sentía pesado. Rómulo miró hacia atrás. La

carretera principal ya no se veía, solo una línea irregular que parecía no llevar a ningún lado. El loro se detuvo

otra vez. Esta vez tardó más en avanzar. Respiraba rápido, demasiado rápido.

Rómulo se agachó un poco. Oye, dijo en voz baja. ¿Estás bien? El loro no

respondió, simplemente siguió. Rómulo empezó a sentir una incomodidad que no

podía explicar. No era miedo a una emboscada. No era temor físico, era la certeza de

que ese no era un lugar al que alguien llegara por accidente. El silencio se volvió absoluto. Ni

pájaros, ni insectos, nada. Rómulo recordó algo que un veterano le había