El sol despunta en el horizonte, tiñiendo de naranja el vasto océano

Pacífico. Un avión P47 Thunderbolt surca los cielos, su silueta recortada contra

el amanecer. En el fuselaje, la insignia tricolor de México ondea orgullosa junto

a un nombre escrito con letras audaces, Pancho Pistolas. Dentro de la cabina, un

joven teniente mexicano ajusta su máscara de oxígeno mientras contempla la

inmensidad azul bajo sus alas. Sus ojos, cansados, pero determinados,

escanean el horizonte en busca de cualquier movimiento enemigo. Es junio de 1945

y este hombre es uno de los 30 valientes pilotos del escuadrón 2011, las águilas

aztecas, que llevan el orgullo de México hasta los lejanos cielos de Filipinas.

Comienza música épica instrumental con toques de mariachi mientras la cámara

sobrevuela las islas de Filipinas, mostrando la belleza del paisaje

contrastada con las cicatrices de la guerra. Nadie hubiera imaginado que México, un país con una larga tradición

de neutralidad diplomática, terminaría enviando a sus mejores hombres a

combatir en el teatro de operaciones más mortífero de la Segunda Guerra Mundial.

Pero la historia a veces toma giros inesperados y el destino de nuestra nación quedó sellado aquella fatídica

mañana del 13 de mayo de 1942, cuando el submarino alemán U564

hundió al petrolero mexicano Potrero del Llano en aguas del Golfo de México. Se

muestran imágenes de archivo en blanco y negro del buque petrolero, seguidas de

titulares de periódicos de la época anunciando el hundimiento. El ataque

sacudió la conciencia nacional. Éramos un país en paz, sin intenciones hostiles

hacia nadie. Y aún así, nuestros marinos habían sido asesinados en aguas

internacionales. La indignación creció entre la población. Manifestaciones espontáneas

llenaron el zócalo capitalino exigiendo una respuesta firme. Cuando apenas una

semana después, el 20 de mayo, otro buque mexicano, el Faja de Oro, corrió

la misma suerte. La decisión ya era inevitable. El presidente Manuel Ávila

Camacho, con la dignidad de una nación ultrajada, se dirigió al Congreso. Se

muestra un fragmento del discurso original de Ávila Camacho. Los hechos

han venido a colocarnos en una situación en que la dignidad nacional y la buena

fe de nuestro gobierno resultan afectadas. México no puede permanecer indiferente

después del hundimiento de nuestros barcos y la muerte de nacionales mexicanos.

El 22 de mayo de 1942, México declaraba oficialmente la guerra

a las potencias del eje: Alemania, Italia y Japón. Un país tradicionalmente

pacifista se veía arrastrado al conflicto más sangriento de la historia moderna. Pero una cosa era declarar la

guerra. y otra muy distinta participar activamente en ella. ¿Cómo podría

México, con recursos limitados y un ejército modesto, hacer una contribución

significativa al esfuerzo bélico aliado? La respuesta llegaría 2 años después,

cuando el presidente Ávila Camacho anunció la creación de la Fuerza Aérea

Mexicana como rama independiente de las fuerzas armadas. el 10 de febrero de

1944 y con ella la formación de una unidad

especial, la Fuerza Aérea Expedicionaria Mexicana, cuya punta de lanza sería el

Escuadrón Aéreo de Pelea 2011. La música se intensifica mientras se muestran

imágenes de los primeros aviones de la Fuerza Aérea Mexicana y los documentos oficiales que dieron vida al escuadrón

Se trataba de una decisión histórica. Por primera vez en su

historia, México enviaría tropas a combatir fuera del continente americano.

No serían muchos, apenas 300 hombres entre pilotos, mecánicos, armeros y

personal de apoyo, pero representarían el honor y la dignidad de todo un país.

La misión era clara, demostrarle al mundo que México estaba dispuesto a pagar el precio de la sangre en la lucha

contra el fascismo. transición a imágenes de un pequeño pueblo del centro de México. Entre los

miles de voluntarios que respondieron al llamado de la patria se encontraba Miguel Moreno Arreola, un joven oriundo

de León, Guanajuato, con apenas 24 años de edad, pero con un corazón

inquebrantable y ojos que soñaban con surcar los cielos. Como tantos otros,

creció escuchando historias sobre los valientes pilotos de la Primera Guerra Mundial.

Esos caballeros del aire que se enfrentaban en duelos de honor sobre las trincheras europeas.

Miguel había ingresado a la Escuela Militar de Aviación en 1940,

destacándose como uno de los alumnos más prometedores de su generación. Cuando se

anunció la formación del escuadrón 2011, no dudó ni un segundo en presentar su

solicitud. La competencia era feroz. Más de 500 pilotos aspiraban a uno de los 30

puestos disponibles. Solo los mejores, los más disciplinados, los más valientes

serían seleccionados. Se muestran fotografías de los exámenes

físicos y pruebas de vuelo a los que fueron sometidos los aspirantes.

Recuerdo el día que nos anunciaron los resultados. Comentaría años después en

una entrevista. Me temblaban las manos. Cuando escuché mi nombre entre los seleccionados, sentí

una mezcla de orgullo y terror. Orgullo por representar a mi país,

terror por lo que nos esperaba. Ninguno de nosotros había estado jamás en combate real. Miguel y sus compañeros

partieron hacia Estados Unidos en julio de 1944 para recibir entrenamiento avanzado.

Primero en la base aérea de Randolfeld en San Antonio, Texas, y luego en

Pocatelo, Idajo y Greenville, Texas. El adiestramiento fue brutal, mucho más