“EL PERRO QUE USABA GAFAS SIN CRISTALES PARA HACER REÍR A SU DUEÑO”

Se llamaba Bobby.
Un labrador dorado, grandote, con mirada traviesa y corazón enorme.
No sabía dar la patita, ni hacerse el muerto, ni brincar aros como los perros de circo.
Pero Bobby sabía algo mucho más importante:
Cómo hacer reír a su dueño cuando más lo necesitaba.
Don Ernesto Álvarez tenía 74 años.
Vivía en una casa sencilla, con ventanas grandes y muchos marcos de fotos.
Un año atrás, había perdido a su esposa, Doña Matilde.
Desde entonces, la casa ya no era la misma.
Las risas se habían ido con ella.
Y los días se le hacían eternos.
Don Ernesto ya no ponía música.
Ya no salía al parque.
Pasaba las tardes sentado en su sillón favorito, con la mirada apagada y los ojos húmedos, viendo cómo se le escurría la vida.
Hasta que una tarde, Bobby hizo algo que cambiaría todo.
Apareció en el pasillo arrastrando entre los dientes unas gafas viejas.
Eran las gafas de leer de Don Ernesto.
Estaban rotas desde hacía meses, sin cristales… olvidadas en un cajón.
Bobby se las acomodó como pudo en el hocico.
Las sostenía con el morro, ladeando la cabeza como si fuera un profesor confundido.
La imagen era tan absurda, tan tierna y ridícula al mismo tiempo, que Don Ernesto soltó una carcajada que le salió desde lo más profundo del pecho.
La primera en muchos, muchos meses.
—“¿Y tú qué haces con eso, bribón?” —le dijo, entre risas y lágrimas.
Bobby movió la cola. Misión cumplida.
Desde ese día, cada vez que Don Ernesto estaba triste o callado, Bobby repetía el truco.
Iba por las gafas.
Se las ponía.
Se paraba frente a su dueño y lo miraba con esa expresión seria… como de maestro de primaria.
Pero con orejas caídas y lengua de fuera.
Y Don Ernesto reía.
Reía como si los días pesados desaparecieran de pronto.
Le tomaba fotos con su celular y se las mandaba a sus nietos.
—“Hoy Bobby me volvió a hacer terapia”, escribía.
Con el tiempo, todo el barrio supo de Bobby, el perro de las gafas.
Los vecinos lo saludaban cuando pasaba con sus lentes puestos.
Algunos hasta se tomaban selfies con él.
Pero solo Don Ernesto sabía lo que eso significaba realmente.
Porque esas gafas, aunque no tenían cristales,
le devolvieron la claridad a su vida.
Y ese perro, aunque no sabía hablar,
le devolvió las ganas de seguir despertando cada mañana.
A veces, la tristeza no necesita medicinas.
Solo necesita compañía.
Y si esa compañía trae unas gafas viejas sin cristales… mejor.
Porque cuando la vida te arranca una sonrisa,
a veces un perro te la devuelve.
Con una mirada, una cola que se mueve…
Y un par de gafas chuecas entre el hocico.
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