contrataron al peleador más temido para matar a Villa. Santa Tomasa, tembló bajo

su terror hasta que llegó el día en que el rompehuesos fue destrozado.

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compadre. Déjanos tu like y agárrate, porque lo que viene te va a herizar

hasta los huesos. No todos creen, pero corre entre los viejos de Chihuahua que

en los años más duros de la revolución hubo un tiempo en que un solo hombre

concentró tanto odio y tanto miedo que parecía más grande que el mismo gobierno. Dicen que ese hombre era un

peleador de cantina conocido en toda la frontera como rompehuesos y que fue

contratado para matar a Pancho Villa. Y dicen también que en aquel mismo tiempo

en Santa Tomasa, un poblado seco y apretado entre las tierras de un ascendado y el cuartel de un coronel

federal, el pueblo aprendió que hasta el más temido de los brutos puede ser

quebrado por algo más grande que la fuerza, la justicia del pueblo, guiada

por un solo hombre arriba de un caballo. El sol pegaba duro sobre la tierra de

Santa Tomás en aquellos días, como queriendo castigar a quien se atreviera

a levantar la cabeza. Las casas de adobe parecían derretirse bajo el calor del

mediodía con las paredes agrietadas que contaban historias de sequías pasadas y

presentes. El polvo cubría todo, las piedras del camino, los sombreros

viejos, las esperanzas que alguna vez crecieron en ese suelo. Los árboles

secos extendían sus ramas como brazos suplicantes hacia un cielo que no daba

lluvia, solo sol y más sol. Las gallinas escarvaban en la tierra dura buscando

algo que comer, igual que la gente escarvaba en su propia dignidad, buscando algo que defender. Don

Prudencio Aranda, dueño de casi todo lo que daba sombra alrededor del pueblo,

venía perdiendo ganado, maíz y autoridad ante los hombres de villa que tomaban de

los ricos para alimentar a los pobres. El coronel federal Hilario Salcedo veía

sus reportes llenarse de derrotas y humillaciones. Cada telegrama que mandaba a la capital

era como una confesión de su propia incapacidad.

Los dos tenían motivos diferentes, pero la misma herida sangrante Villa les

quitaba poder y orgullo. Les recordaba cada día que el mundo estaba cambiando y

ellos quedaban del lado equivocado de ese cambio. Don Prudencio era un hombre de bigote

recortado con tijeras de plata y botas siempre limpias que mandaba lustrar cada

mañana. de esos que jamás ponían las manos en la tierra, pero se decían dueños de ella como si Dios mismo les

hubiera entregado el título. Desde el portal de su hacienda, con su silla de cuero labrado traída de Guadalajara,

miraba pasar a los campesinos con el mismo desdén, con que miraba las moscas

que se paraban en su comida. Para él la gente era ganado con voz, útil solo

mientras obedecía y producía. Cada campesino era un número en su libro de

cuentas. Cada familia era una línea que podía borrarse sin remordimiento si

dejaba de ser rentable. Y ahora ese ganado empezaba a levantar los ojos, a murmurar el nombre de Villa

como si fuera santo o redentor, a esconder comida para cuando pasaran los

revolucionarios, a mirar hacia los cerros con esperanza en lugar de

resignación. Eso lo enfurecía más que cualquier pérdida de cosecha, más que los animales

robados o el maíz confiscado. Lo que verdaderamente lo sacaba de sus casillas

era ver que la gente ya no lo miraba con el mismo miedo de antes, que algunos

hasta se atrevían a sostenerle la mirada por un segundo antes de bajarla. El

coronel Salcedo, por su parte, era un militar formado en cuarteles donde se

aprendía más a obedecer que a pensar. Tenía la cara curtida de quien ha visto

demasiadas batallas y el corazón endurecido de quien ya no pregunta por

qué mata, solo mata. Cada vez que recibía noticias de otra

victoria villista, sentía el uniforme apretarle el cuello. Sus superiores en

la capital le exigían resultados, pero villa era como el viento. Aparecía donde

menos lo esperaban, golpeaba duro y se esfumaba entre los cerros. Los soldados

bajo su mando ya no lo respetaban como antes. Algunos desertaban, otros se

dejaban desarmar sin pelear. Cansados de morir por generales que no conocían,

cansados de ver tropas enteras fallar contra el caudillo, don Prudencio y el

coronel decidieron buscar un tipo de arma que el ejército no daba. Un hombre

capaz de matar con las manos y aterrorizar al pueblo para que nadie tuviera valor de ayudar a los

revolucionarios. Fue así que el nombre de rompehuesos apareció en la conversación, como

aparecen las tormentas en el horizonte, oscuro y pesado. Rompehuesos era

conocido en las cantinas de la frontera por cobrar deudas en nombre de agiotistas y dueños de juego, dejando

hombres marcados para siempre. No era alto como los gigantes de los cuentos,

pero era ancho como puerta de granero, con manos que parecían martillos y ojos

sin luz. En Santa Tomasa, años atrás, había sido contratado para dar un susto

a un campesino que debía a don Prudencio. Ese campesino se llamaba Esteban, un hombre callado que trabajaba

de sol a sol para mantener a su mujer Lucía y a su hijo pequeño Carlitos.

Esteban nunca volvió a ser el mismo después de aquel día. rompehuesos lo

encontró en el camino, lejos de testigos, y lo dejó tendido entre las piedras con las costillas rotas y el

alma más rota todavía. El susto se volvió vergüenza. El hombre nunca más

trabajó derecho. Enfermó poco después y dejó una viuda con un niño chico y una