Te voy a romper todos los huesos del cuerpo.

El peleador más brutal de México aplastaba campesinos sin piedad. Cuando
quiso humillar a Villa en público, desató un juicio devastador. Sus
víctimas hablaron. La fuerza de sus puños no pudo contra el peso de la
verdad. Bienvenido al canal Cuentos de Villa. Dinos desde dónde nos estás
escuchando, compadre. Déjanos tu like y agárrate, porque lo que viene te va a
herizar hasta los huesos. dicen los viejos allá en las cantinas, donde
todavía se guarda memoria de aquellos tiempos bravos, que hubo un hombre en las cercanías de Chihuahua, cuyo nombre
se pronunciaba en voz baja, con el mismo temor con que se nombra al
Rufino Castañeda le decían, aunque el apodo que le pegaron fue el toro y no
por noble ni por trabajador, sino porque embestía sin aviso y no soltaba hasta
dejar el cuerpo tirado en el polvo. No siempre había sido así. Rufino nació en
tierras donde la sequía llega temprano y se queda hasta matar todo lo que respira. Trabajó la milpa con su padre.
Conoció el peso de las adondes de niño. Supo lo que es sembrar con esperanza y
cosechar hambre. Cuando la gran seca del 17 llegó como castigo del cielo, se
llevó todo. El maizal se volvió paja seca. El ganado cayó de rodillas con la
lengua negra y su familia se fue apagando uno por uno como velas que
nadie puede volver a encender. Su madre murió tosiendo sangre. Su hermana menor
se la llevó la fiebre. Su padre se sentó una tarde bajo el mezquite y ya no se
volvió a levantar. Rufino quedó solo, con las manos vacías y el corazón lleno
de rabia. Fue entonces cuando don Hilario Montalbán, el hacendado de la
región, le ofreció trabajo, no como peón de campo, sino como algo peor, perro
guardián. Rufino aceptó porque tenía hambre y porque descubrió en medio de su
rabia que podía golpear sin sentir nada. Descubrió que su fuerza, en lugar de
servir para arar la tierra, servía para sembrar miedo. Y el miedo, aprendió
rápido, era moneda que todos pagaban. Don Hilario era de esos hombres que
nunca sudan, que mandan desde la sombra y disfrutan viendo a otros arrodillarse.
Tenía tierras que no alcanzaba a recorrer ni en tres días y las trabajaban familias que debían todo, la
semilla, el agua, hasta el aire que respiraban. Cuando alguien no pagaba lo
que debía o lo que Don Hilario decía que debía, mandaba llamar a Rufino. Y Rufino
llegaba con los puños cerrados, con la mirada vacía y cumplía. golpeaba a
viejos, arrastraba a mujeres, quebraba dedos y costillas, todo sin decir
palabra, porque las palabras ya no le salían del pecho como antes, solo
quedaba la violencia cruda y directa. Al lado de Don Hilario estaba el coronel
Sebastián Argüello, militar federal que cuidaba la región como si fuera su
rancho personal. Argüello vestía uniforme impecable, hablaba con palabras
elegantes, pero sus órdenes eran sucias. Necesitaba que el pueblo se mantuviera
callado, que nadie mencionara el nombre de Pancho Villa con cariño, que nadie se
atreviera a murmurar revolución ni en sueños. Para eso, Rufino era perfecto.
No necesitaba balas ni papel firmado. Bastaba con mandarlo a un pueblo y al
día siguiente todos caminaban con la cabeza gacha. Rufino se fue convenciendo
poco a poco de que el mundo era así. O pegabas o te pegaban. Mejor ser el que
pega, mejor ser el temido que el pisoteado. Y así con cada golpe que
daba, con cada hombre que dejaba sangrando en la tierra, con cada mujer que empujaba contra la pared, solo para
que dijera, “Sí, patrón.” Rufino se iba volviendo más duro por fuera y más vacío
por dentro. Ya no pensaba en su padre bajo el mezquite, ni en su hermana que
murió pidiendo agua. pensaba solo en el siguiente día, en la siguiente orden, en
el siguiente cuerpo que caería. La gente lo maldecía en silencio. Las madres
escondían a sus hijos cuando lo veían venir. Los viejos se apretaban el
sombrero contra el pecho y rezaban para que pasara de largo. Y Rufino, en lugar
de sentir vergüenza, sentía orgullo. se decía a sí mismo que era el más fuerte,
que nadie podía con él, que mientras tuviera esos puños nadie lo volvería a
dejar solo y hambriento como cuando era niño. Pero ni modo, Dios aprieta, pero
no ahorca y siempre llega el momento en que las cuentas se cobran. El cambio
empezó en una plaza pequeña, de esas donde solo hay una iglesia vieja, un par
de tendajones y mucho polvo. El pueblo se llamaba San Jerónimo, cerca de
Parral, y vivía ahí un viejo llamado Don Tristán. Don Tristán no era hombre de
muchas palabras, pero era de esos que aunque tuviera poco, siempre guardaba un
puño de maíz para el vecino que tenía menos. Trabajaba una parcela que ya ni
era suya. Porque don Hilario se la había quitado con papel de por medio, pero le
dejaban sembrar a cambio de entregar casi toda la cosecha. Lo que sobraba,
casi nada. Don Tristán lo repartía entre las familias más pobres. Los capataces
de Don Hilario se dieron cuenta. Uno de ellos, un tal Jacinto, de bigote ralo y
mirada mañosa, fue con el chisme directo al patrón. Le dijo que don Tristán
estaba escondiendo sacos de maíz que pertenecían a la hacienda, que los estaba dando a la gente y que
seguramente era simpatizante de los rebeldes. Don Hilario, que no necesitaba
mucho para enfurecerse, ordenó que trajeran al viejo. Pero no solo traerlo, quería que todos vieran.
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